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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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Lucio se deslizó hasta el seto sin esperar la respuesta, volvió con dos cervezas y las destapó. El transistor crepitaba en su bolsillo.

– ¿Y la mujer? -preguntó ofreciendo una botella al comisario-. La que no había acabado su trabajo. ¿Le diste la pócima?

– Sí.

– ¿Y se la bebió?

– Sí.

– Está bien.

Lucio se tomó unos tragos antes de señalar el suelo con la punta de su bastón.

– ¿Qué transportas?

– Un diez puntas de Normandía.

– ¿Vivo o de desmogue?

– Vivo.

– Está bien -aprobó de nuevo Lucio-. Pero no las separes.

– Ya lo sé.

– También sabes otra cosa.

– Sí, Lucio. La Sombra ya se ha ido. Ha muerto, se ha acabado, ha desaparecido.

El viejo permaneció unos instantes sin decir nada, golpeándose los dientes con el cuello de la botella. Lanzó una mirada hacia la casa de Adamsberg y volvió al comisario.

– ¿Cómo?

– Piensa.

– Dicen que sólo un viejo podrá con ella.

– Eso es lo que ha pasado.

– Cuenta.

– Sucedió en Varsovia.

– ¿Anteayer al caer la noche?

– Sí, ¿por qué?

– Cuenta.

– Fue un viejo polaco de noventa y dos años. La aplastó con las ruedas delanteras.

Lucio reflexionó, haciendo girar el borde de la botella sobre sus labios.

– Así -dijo asestando un puñetazo al aire con su única mano.

– Así -confirmó Adamsberg.

– Como el curtidor con sus puños.

Adamsberg sonrió y recogió las cuernas.

– Exactamente -marcó.

Fred Vargas

***
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