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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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– Es la dosificación -dijo Danglard-. Tres pizcas de huesos molidos de santo y, por tanto, tres de hueso peneano, tres de madera de la Vera Cruz y tres del principio de la virgen.

– No lo creo, comandante. Ya tenemos dos vírgenes desenterradas. Sea lo que sea lo que la asesina haya querido extraerles, parece que una sola habría bastado ampliamente para obtener tres pizcas. Asimismo, habría bastado escribir en cantidades iguales. Pero la receta indica por tres.

– Tres pizcas, efectivamente.

– No, tres doncellas. Tres pizcas de tres doncellas.

– No hay que buscar este tipo de lógica. Es a la vez una receta y una especie de poema.

– No -dijo Adamsberg-. El que el lenguaje nos parezca complejo no implica que sea poético. Al fin y al cabo es un viejo libro de recetas, y nada más.

– Es verdad -dijo Danglard, aunque un tanto chocado por la desenvoltura con que Adamsberg trataba el De reliquis-. Es un simple tratado de medicaciones. Su fin no es ser críptico, sino ser entendido.

– Pues le ha salido el tiro por la culata -opinó Justin.

– No del todo -dijo Adamsberg-. Se trata simplemente de no saltarse ni una palabra. En esta mixtura macabra, como en cualquier receta de cocina, cada palabra cuenta. Presentadas por tres. Ahí está el peligro. Ahí está nuestro trabajo.

– ¿Dónde? -preguntó Estalère.

– Con la tercera virgen.

– Es muy posible -reconoció Danglard.

– Vamos a buscarla -dijo Adamsberg.

– ¿Sí? -preguntó Mercadet levantando la cabeza.

El teniente Mercadet tomaba una multitud de notas, como siempre que estaba bien despierto y aprovechaba para compensar sus carencias con una diligencia intensiva.

– Primero vamos a averiguar si una virgen de la Alta Normandía ha sido asesinada recientemente por aparente accidente.

– ¿En cuánto estimamos la zona de acción del santo? -preguntó Retancourt.

– Lo mejor sería centrarse en un radio de cincuenta kilómetros alrededor de Mesnil-Beauchamp.

– Siete mil ochocientos cincuenta kilómetros cuadrados -calculó rápidamente Mercadet-. ¿Cuál sería la edad de la víctima?

– Simbólicamente -respondió Danglard-, podríamos apostar por una edad mínima de veinticinco años. Es la edad de santa Catalina, la edad en que puede empezar una virginidad adulta. Podríamos limitarla a los cuarenta años. Pasada esa edad, hombres y mujeres eran considerados ancianos.

– Es demasiado amplio -dijo Adamsberg-. Debemos avanzar más deprisa. Nos centramos en un primer tiempo en la edad de las dos primeras víctimas: entre treinta y cuarenta años. ¿Lo que nos daría aproximadamente cuántas mujeres, Mercadet?

Dejaron al teniente calcular en silencio unos instantes, rodeado de sus tazas de café presentadas por tres. Lástima, pensó Adamsberg, que Mercadet se quede dormido cada dos por tres. Tiene un cerebro extraordinario, sobre todo para los números y las listas.

– Muy grosso modo, yo diría entre ciento veinte y doscientas cincuenta mujeres posiblemente vírgenes.

– Sigue siendo demasiado -dijo Adamsberg mordiéndose el labio-. Hay que restringir el territorio. Nos marcamos un radio de veinte kilómetros alrededor de Mesnil. ¿Cuánto nos da?

– Entre cuarenta y ochenta mujeres -dijo Mercadet con presteza.

– ¿Y cómo vamos a localizar a esas cuarenta vírgenes? -preguntó con sequedad Retancourt-. No es un delito que figure en el registro de antecedentes penales.

Virgen, pensó fugazmente el comisario lanzando una mirada a la oronda y bonita teniente. Retancourt mantenía su vida en secreto, herméticamente protegida de toda inquisición. Ese coloquio puntilloso sobre las mujeres intactas la exasperaba quizá.

– Consultaremos a los curas -dijo Adamsberg-. Empiecen por el de Mesnil. Dense prisa, todos. Hagan horas extra si es necesario.

– Comisario -dijo Gardon-, no creo que haya urgencia. Pascaline y Élisabeth fueron asesinadas hace tres meses y medio y cuatro meses. La tercera virgen está probablemente muerta.

– No lo creo -dijo Adamsberg levantando la mirada hacia el techo-. Por el vino nuevo, que es el excipiente final de la mezcla. El vino en que se mezclen todos los ingredientes será, pues, el de noviembre.

– O el de octubre -puntualizó Danglard-. Antiguamente se sacaba el primer vino antes que ahora.

– Entendido -dijo Mordent-. ¿Qué más?

– Según lo que nos ha dicho Danglard -intervino Adamsberg-, hay que respetar equilibrios armoniosos para que el brebaje sea eficaz. Si yo tuviera que hacer esa mixtura, organizaría un escalonamiento temporal regular entre los diversos ingredientes, de modo que no haya un corte demasiado largo. Como una carrera de relevos, en cierto modo.

– Es incluso obligatorio -dijo Danglard royendo el lápiz-. Lo heterogéneo, la ruptura, era una obsesión medieval. Traía mala suerte. Sea cual sea la línea, real o abstracta, nunca debe interrumpirse o romperse. Para todo hay que seguir un desarrollo continuo y ordenado, en línea recta y sin sacudidas.

– Ahora bien -prosiguió Adamsberg-, la escabechina del gato y el robo de las reliquias tuvieron lugar tres meses antes de la muerte de Pascaline. Los vivos de las vírgenes fueron recogidos tres meses después de su muerte. Tres, como el número de pizcas, tres como el número de vírgenes, tres como los meses que dura una estación. O sea que el último vivo será recogido tres meses antes del vino nuevo, o justo antes.

Y la virgen será asesinada tres meses antes.

Adamsberg se interrumpió y contó con los dedos varias veces.

– Por lo tanto es muy probable que esa mujer todavía esté viva, pero que su muerte esté programada en una fecha incierta entre abril y junio. Y estamos a 25 de marzo.

Dentro de tres meses, dentro de quince días, o dentro de una noche. En silencio, cada cual calibraba la urgencia y la imposibilidad de la misión. Porque, suponiendo que lograran establecer una lista de las mujeres vírgenes en el círculo trazado alrededor de Mesnil, ¿cómo sabrían cuál había elegido el ángel de la muerte? ¿Y cómo la protegerían?

– Al fin y al cabo, no es más que una gran especulación -dijo Voisenet con un estremecimiento de todo su cuerpo, como si se despertara al final de una película, dejando bruscamente de creerse una ficción por la que se hubiera dejado llevar. Como todo lo demás.

– Es sólo eso -dijo Adamsberg.

Un aleteo, entre cielo y tierra, pensó Danglard, inquieto.

XXXIV

La duración del coloquio había retrasado a Adamsberg, y tuvo que coger el coche para ir al taller de Camille. No contaría a Tom la historia de la enfermera y de la espantosa mixtura. La vida eterna, pensó mientras aparcaba bajo la lluvia. La omnipotencia. La receta del De reliquis parecía ridícula, una auténtica broma que enfervorecía a la humanidad entera desde sus primeros pasos en esa cósmica nada que tanto aterraba a Danglard. Una broma asesina por la cual los hombres habían edificado sus creencias y se mataban unos a otros sin tregua. La enfermera no había buscado otra cosa, en el fondo, a lo largo de toda su vida. Poder decidir la vida o la muerte de los seres, disponer de las existencias a su antojo, eso ya era ser diosa y tejer la tela de los destinos. Ahora se ocupaba del suyo. Ella, que había reinado en las vidas de los demás, no podía dejar que la alcanzara la muerte como a una vieja vulgar y corriente. Su inmenso poder sobre la vida y la muerte iba a usarlo para ella misma, conquistando la potencia de los inmortales, llegando a su verdadero trono, desde donde proseguiría su obra fatal. Había llegado a los setenta y cinco años, era la hora, después de que el ciclo de la juventud hubiera pasado cinco veces. Era la hora, y lo sabía desde siempre. Sus víctimas estaban previstas desde hacía tiempo, las fechas y los modos regulados hasta el menor detalle. La mujer era meticulosa, el plan iba ejecutándose paso a paso, sin azar. No eran meses de adelanto lo que llevaba respecto a la policía, sino probablemente diez o quince años. La tercera virgen estaba condenada de antemano. Y Adamsberg no veía cómo él, con sus veintisiete agentes, ni con cien, podría contener el avance inexorable de la Sombra.

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