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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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– Mi arma de servicio.

– ¿Dónde?

– En la silla.

– Nos la llevamos, ¿te parece?

– ¿Eso es lo que queréis? ¿Armas?

– ¿A ti qué te parece?

– No me parece nada.

Adamsberg marcaba a toda prisa el número de la Brigada.

– Maurel, ¿quién está con usted?

– Mordent.

– A toda pastilla al domicilio de Veyrenc, agresión armada. Son dos. Echando leches, Maurel, que le están apuntando.

Adamsberg colgó y llamó a Danglard mientras iba atándose los cordones de los zapatos con una mano.

– Pues piensa un poco, chavalote.

– ¿No te acuerdas?

– Lo siento, no los conozco.

– Pues ven con nosotros, que te vamos a poner los sesos en su sitio. Ponte pantacas, estarás más decente.

– ¿Adónde vamos?

– De paseo. Y conduces tú, como te vayamos diciendo.

– ¿Danglard? Hay dos tipos amenazando a Veyrenc en su casa. Corra a la Brigada y tome el relevo de la escucha. Sobre todo, no lo pierda. Ahora voy para allá.

– ¿Qué escucha?

– ¡Joder, la escucha de Veyrenc!

– No tengo su número de móvil, ¿cómo quiere que se lo pinche?

– No le pido que pinche nada, sino que tome el relevo. El aparato está en el armario de Froissy, el de la izquierda. Dese prisa, me cago en la hostia, y avise a Retancourt.

– El armario de Froissy está cerrado, comisario.

– ¡Pues coja la copia de las llaves de mi cajón, joder! -gritó Adamsberg corriendo escaleras abajo.

– De acuerdo -dijo Danglard.

Había escuchas, había una amenaza y, mientras se ponía apresuradamente la camisa, Danglard temblaba tratando de entender por qué. Veinte minutos después, conectaba el receptor, de rodillas delante del armario de Froissy. Oyó pasos correr, Adamsberg estaba llegando.

– ¿Dónde están? -preguntó el comisario-. ¿Se han ido?

– Todavía no. Veyrenc los ha estado entreteniendo mientras se vestía, y luego buscando las llaves del coche.

– ¿Se llevan su coche?

– Sí. Acaba de encontrar las llaves, los tipos estaban ya a punto…

– Cierre el pico, Danglard.

De rodillas, los dos hombres se inclinaron hacia la emisora.

– De eso nada, tío, deja el teléfono aquí. ¿Te crees que somos gilipollas?

– Tiran el móvil -dijo Danglard-. Perderemos la escucha.

– Conecte el micro, deprisa.

– ¿Qué micro?

– ¡El de su coche, joder! Encienda la pantalla, vamos a seguir el GPS.

– No se capta nada. Deben de estar entre el apartamento y el coche.

– ¿Mordent? -llamó Adamsberg-. Están en la calle, cerca de su casa.

– Estamos llegando al cruce de su calle, comisario.

– Mierda.

– Nos encontramos un accidente en La Bastille y embotellamiento. Pusimos la sirena, pero había un pifostio tremendo.

– Mordent, van a llevárselo en su coche. Síganlo por GPS.

– No tengo su frecuencia.

– Yo sí. Yo los guiaré. Manténganse en línea. ¿En qué coche van ustedes?

– El BEN 99.

– Les envío el sonido a su emisora.

– ¿Qué sonido?

– Su conversación en el coche.

– Entendido.

– Ya están -susurró Danglard-, arrancan, en dirección al este, hacia la calle de Belleville.

– Los oigo -dijo Mordent.

– Ni se te ocurra gritar, mamonazo. Ponte el cinturón y las dos manos al volante. Cagando leches al periférico. Nos vamos a las barriadas, ¿te apetece?

Ni se te ocurra gritar, mamonazo. Adamsberg conocía esa frase. Lejos, muy lejos en un prado alto. Apretó los dientes, puso la mano en el hombro de Danglard.

– Maldita sea, capitán, se lo van a cargar.

– ¿Quiénes?

– Ellos. Los de Caldhez.

– Ve más deprisa, Veyrenc, pisa a fondo. En un coche de la pasma se puede, ¿no? Enciende las luces, así no tendremos problemas.

– ¿Me conocen?

– Para de hacerte el listo, no vamos a jugar a las mamonadas toda la noche.

– Mamonazo, mamonadas, es todo lo que saben decir -gruñó Danglard, cubierto de sudor.

– Cierre el pico, Danglard.

»Mordent, están en el periférico sur. Han puesto el giro-faro, eso debería guiarles.

– Entendido. De acuerdo.

– … nand y el Gordo Georges. ¿Te suenan? ¿O has olvidado que te los has cargado?

– Me suenan.

– Pues ya iba siendo hora, chavalote. Y nosotros ¿necesitas que nos presentemos?

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