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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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– Más bien una medicación, un remedio -rectificó Danglard.

– ¿Para qué? -preguntó Mordent.

– Para fabricar la vida eterna, con montones de cosas. En casa del cura, el libro está abierto por la página de la receta. Está muy orgulloso, y pienso que debe de enseñarlo a todas sus visitas. Igual que el cura anterior, el padre Raymond. La receta debe de ser conocida hasta treinta parroquias a la redonda y desde hace generaciones.

– ¿Y no en otro sitio?

– Sí -dijo Danglard-. La obra es célebre, y sobre todo esa prescripción. Se trata del De sanctis reliquis en edición de 1663.

– No lo conozco -dijo Estalère.

Y lo que no conocía Estalère se correspondía con la ignorancia de todos.

– No me gustaría vivir eternamente -dijo Retancourt en voz baja.

– ¿No? -dijo Veyrenc.

– Imagina que viviéramos eternamente. Sólo nos quedaría tumbarnos en el suelo y aburrirnos a muerte.

– Alegrémonos, señora,

el tiempo de la vida se esfuma cual verano,

pero es menos cruel que un mes de eternidad.

– Se puede decir así -aprobó Retancourt.

– O sea que valdría la pena analizar el libro ése, ¿no? -dijo Mordent.

– Así lo creo -contestó Adamsberg-. Veyrenc recuerda el texto de la receta.

– De la medicación -corrigió de nuevo Danglard.

– Dígalo, Veyrenc, pero despacio.

– Remedio soberano para prolongar la vida por la virtud que poseen las reliquias de debilitar los miasmas de la muerte, preservado desde los más verdaderos procedimientos y purgado de los errores antiguos.

– Es el título -tradujo Adamsberg-. Diga lo que viene después, teniente.

– Cinco veces habrá venido el tiempo de juventud cuando hayas de invertirlo. Fuera del alcance de su filo, pasa y vuelve a pasar.

– No lo entiendo -dijo Estalère, esta vez con voz verdaderamente alarmada.

– Nadie lo entiende realmente -lo tranquilizó Adamsberg-. Pienso que se trata de la edad de la vida en que conviene tomarse el remedio. No de joven.

– Es muy posible -aprobó Danglard-. Cuando se haya visto cinco veces el tiempo de la juventud. O sea cinco veces quince años, si se toma como referencia la edad media a la que se contraía matrimonio en el Occidente medieval. Eso nos da setenta y cinco años.

– O sea la edad exacta del ángel de la muerte ahora -dijo Adamsberg con lentitud.

Hubo un silencio, y Froissy levantó graciosamente la mano para pedir la palabra.

– No podemos continuar en estas condiciones. Me gustaría que siguiéramos con el coloquio en la Brasserie des Philosophes.

Antes de que Adamsberg pudiera decir nada, hubo un movimiento general hacia la Brasserie. La reflexión no pudo reanudarse hasta que todos estuvieron sentados en el reservado de las vidrieras.

– Llegar a la edad fatídica de setenta y cinco años -dijo Mordent- podría haber abierto en ella el nuevo cráter.

– La enfermera -dijo Danglard- no puede reunirse con la chusma común de los ancianos que ejecuta. Ya no es una simple mortal. Cabe pensar que desee ganar la vida eterna y conservar su omnipotencia.

– Y prepararse con tiempo -dijo Mordent-. Es decir estar fuera de la cárcel como sea antes de los setenta y cinco años para poder preparar la receta.

– La medicación.

– Eso cuadra -dijo Retancourt.

– Díganos lo que viene después, Veyrenc -pidió Adamsberg.

– Reliquias sagradas pulverizarás, tomarás tres pizcas, mezclarás con el viril principio que no debe doblegarse, con el vivo de las doncellas, en diestra, presentadas por tres en cantidades iguales, molerás, con la cruz que vive en la corona eterna, adyacente en cantidad igual, mantenidas en el mismo lugar por el radio del santo, en el vino del año, harás que con la tiesta en el suelo.

– No he entendido -dijo Lamarre antes que Estalère.

– Repetimos muy despacio -dijo Adamsberg-. Vuelva a empezar, Veyrenc, pero frase a frase.

– Reliquias sagradas pulverizarás, tomarás tres pizcas…

– Esto no presenta dificultades -dijo Danglard-. Tres pizcas de huesos de santo pulverizados. San Jerónimo, por ejemplo.

– … mezclarás con el viril principio que no debe doblegarse…

– Un falo -propuso Gardon.

– Que nunca se doblega -añadió Justin.

– Por ejemplo, un hueso de verga -confirmó Adamsberg-, es decir el hueso peneano del gato. Gato, por otra parte, dotado de nueve vidas y que, por lo tanto, concentra una pequeña eternidad en sí.

– Sí -dijo Danglard tomando rápidas notas.

– … con el vivo de las doncellas, en diestra, presentadas por tres en cantidades iguales…

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