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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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No puedo decir que tuviera dotes naturales de ningún tipo, ni para la danza ni para cualquier otra cosa; pero lo que sí es cierto es que estaba tan decidida como cualquiera a trabajar sin descanso hasta lograr mi objetivo. Desde que me había encontrado con aquel Señor Presidente en la calle un día de la primavera pasada, lo que más anhelaba era tener la posibilidad de llegar a ser geisha y encontrar un lugar en el mundo. Ahora que Mameha me había ofrecido esa posibilidad, estaba resuelta a aprovecharla. Pero con todas las clases, además de las tareas domésticas que tenía encomendadas, y con los objetivos tan altos que me había marcado, durante los primeros seis meses de aprendizaje me sentí totalmente abrumada. Luego, pasado este tiempo, descubrí pequeños trucos que me ayudaron a llevarlo con más tranquilidad. Por ejemplo, encontré una manera de practicar el shamisen mientras hacía los recados. Recordaba una melodía en la cabeza al tiempo que me imaginaba vividamente los movimientos de mi mano izquierda en el mástil y los de la derecha rasgando las cuerdas con la púa. De este modo, a veces, cuando me ponía el instrumento real en el regazo, era capaz de tocar bastante bien una canción que sólo había tocado una vez. Alguna gente creía que no había tenido que ensayarla para aprenderla, pero, en realidad, la había practicado en mi cabeza yendo y viniendo por las calles de Gion.

Para aprenderme las baladas y las otras canciones que estudiábamos en la escuela, empleaba otro truco distinto. Desde pequeña había tenido cierta facilidad para repetir con bastante exactitud al día siguiente una pieza de música que había escuchado por primera vez la noche anterior. No sé por qué, supongo que es algo característico de mi personalidad. Así que empecé a escribir las letras de las canciones antes de irme a dormir. Luego, cuando me despertaba, mientras mi mente estaba todavía fresca e impresionable, las leía antes incluso de estirarme en el futón. Por lo general, me bastaba con esto, pero con las canciones más difíciles, utilizaba el truco de buscar imágenes que me recordaran la melodía. Por ejemplo, la rama caída de un árbol me hacía pensar en el sonido del tambor, o un arroyo golpeando contra una roca me recordaba que tenía que doblar la cuerda del shamisen para elevar el tono de la nota; y me imaginaba toda la canción como si fuera un paseo por el campo.

Pero, por supuesto, el reto mayor y el más importante para mí era la danza. Durante meses había intentado poner en práctica todos los trucos que se me habían ocurrido, pero no me servían de nada. Entonces, un día, la Tía se puso furiosa conmigo porque derramé el té en la revista que ella estaba leyendo. Lo extraño es que en el preciso momento en que se volvió contra mí, yo le estaba dedicando los más agradables pensamientos. Tras esto me sentí muy apenada y me encontré pensando en mi hermana, que estaba en algún lugar de Japón sin mí; y en mi madre, quien esperaba que descansara en paz en el paraíso; y en mi padre a quien no le había importado vendernos y vivir solo el resto de sus días. A medida que pensaba todas estas cosas, empezó a pesarme el cuerpo. Así que subí al cuarto donde dormíamos Calabaza y yo, pues Mamita me había trasladado allí después de la visita de Mameha a nuestra okiya. En lugar de echarme en el tatami y empezar a llorar, moví el brazo, como si me llevara la mano al pecho trazando un gran círculo. No sé por qué lo hice; era un paso de una danza que habíamos estudiado aquella mañana y que me había parecido muy triste. Al mismo tiempo pensé en aquel Señor Presidente y en cuánto más fácil sería mi vida si pudiera encomendarme a un hombre como él. Me pareció que el suave movimiento de mi brazo al girar en el aire expresaba estos sentimientos de pena y deseo. Era un movimiento que mostraba una gran dignidad; no era como el de una hoja revoloteando antes de caer al suelo, sino como el de un barco deslizándose sobre las aguas del océano. Supongo que lo que quería decir con «dignidad» era una especie de confianza, o certeza, de que una pequeña ráfaga, de viento o el cabrilleo de una ola no iban a modificarlo. Lo que descubrí aquella tarde fue que cuando tenía el cuerpo apesadumbrado, me movía con mayor dignidad. Y si me imaginaba al Presidente mirándome, mis movimientos adquirían tal profundidad de sentimiento que a veces cada paso de la danza equivalía a una especie de interacción con él. Girar con la cabeza ligeramente ladeada podría representar la pregunta: «¿Dónde vamos a pasar el día, Señor Presidente?». Extendiendo el brazo y abriendo el abanico mostraba lo agradecida que me sentía de que me hubiera honrado con su compañía. Y cuando un poco después cerraba de golpe el abanico, lo que quería decirle era que nada en la vida me importaba tanto como agradarle.

Capítulo trece

Durante la primavera de 1934, cuando yo llevaba más de dos años de aprendizaje, Hatsumono y Mamita decidieron que había llegado el momento de que Calabaza debutara como aprendiza de geisha. Por supuesto, nadie se molestó en contarme nada, pues Calabaza seguía teniendo órdenes de no hablarme, y Hatsumono y Mamita no dedicarían ni siquiera un segundo de su tiempo a considerar semejante cosa. Sólo me enteré el día que Calabaza salió de la okiya por la tarde temprano y regresó al anochecer con el peinado de las jóvenes geishas, el llamado momoware, que quiere decir «durazno abierto». Cuando entró en el portal, y la vi por primera vez así peinada, casi enfermo de celos y de decepción. Nuestras miradas no se cruzaron más de una fracción de segundo; probablemente Calabaza no podía evitar pensar en el efecto que tendría en mí su debut. Con el cabello retirado de las sienes, formando un hermoso óvalo, más que recogido atrás, como lo había llevado siempre, parecía una joven, aunque no había perdido su carita infantil. Durante años las dos habíamos envidiado a las chicas mayores que llevaban esos elegantes peinados. Ahora Calabaza empezaría su carrera de geisha, mientras que yo me quedaba atrás, sin siquiera poder preguntarle sobre su nueva vida.

Entonces llegó el día que Calabaza se vistió por primera vez como las aprendizas de geisha y fue con Hatsumono a la Casa de Té Mizuki, para la ceremonia que las uniría como hermanas. Mamita y la Tía también fueron, pero a mí me excluyeron. Sí que estuve, sin embargo, en el vestíbulo esperando que Calabaza bajara ayudada por las criadas. Llevaba un kimono negro grandioso, con una cenefa de la okiya Nitta y un obi morado y oro; llevaba la cara maquillada de blanco por primera vez.

Yo me esperaba encontrarla encantadora y orgullosa de los hermosos adornos que llevaba en el pelo y de los labios pintados de un rojo brillante, pero me pareció más preocupada que otra cosa. Le costaba mucho caminar; los adornos de una aprendiza son así de incómodos. Mamita le puso a la Tía una cámara fotográfica en la mano y le dijo que saliera y sacara una foto de Calabaza como recuerdo de la primera vez que frotaban el pedernal detrás de ella para invocar la buena suerte. El resto de nosotras nos quedamos amontonadas en el portal, fuera de la foto. Las criadas agarraron a Calabaza por los brazos mientras ella introducía los pies en los altos zapatos de madera que llamamos okobo, que son los que llevan las aprendizas de geisha. Luego Mamita se acercó y se puso detrás de Calabaza posando como si estuviera frotando un pedernal, aunque, en realidad, siempre era la Tía o una de las criadas las que se encargaban de hacerlo cada día. Cuando por fin la Tía sacó la foto, Calabaza dio unos pasos, tambaleándose, y se volvió a mirarnos. El resto estaban saliendo también para reunirse con ella, pero era a mí a quien miraba, con una expresión que parecía decir cómo lamentaba el cariz que habían tomado las cosas.

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