La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1978
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-240-7
- Переводчик: Jose Maria Aroca
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La quinta cabeza de Cerbero [La quinta cabeza de Cerbero - es]». Краткое содержание книги:
En cuanto a eso de que «eran muchos», me recuerda al hombre que dijo que lo que había visto parecía a veces un hombre y a veces un madero viejo. Lo cierto es que los relatos son muy contradictorios. Incluso en las entrevistas a menudo cuesta creer que dos sujetos estén hablando de lo mismo, y menos acuerdo aún muestran las crónicas de los primeros exploradores, de los que sobrevivieron. Algunas de las más fantásticas tienen que ser puro mito, sin duda, pero hay muchos relatos de una raza nativa tan parecida a los humanos que bien habrían podido descender de una ola colonizadora anterior. Tan parecidos, de hecho, que Trenchard puede embaucar a los crédulos afirmando que es annés; y en un planeta donde encontramos plantas, aves y mamíferos tan semejantes a los tipos terrestres, sin duda no es imposible que se dé una forma asombrosamente similar al hombre. Tal vez para este tipo de biosfera la forma humana sea óptima».
El oficial dejó una vez más la libreta en la mesa y se frotó los ojos con las puntas de los dedos. Se estaba desperezando cuando, desde el umbral, el esclavo dijo en voz baja:
—Maitre…
—Sí, ¿qué pasa?
—Cassilla. ¿Todavía desea el Maitre…?
A la mirada del oficial se apresuró a irse, y pocos segundos después volvió con una muchacha que empujó a la habitación. Era alta y delgada y de una gracia peculiar, con largo cuello y cabeza redonda; llevaba un gastado traje de trabajo a cuadros que le quedaba pequeño, sin nada debajo —como sabía el oficial—, y parecía cansada.
—Entra —dijo él—. Siéntate. Si quieres hay vino.
—Maitre…
—Sí, ¿qué pasa?
—Ya es muy tarde, Maitre. Tengo que levantarme una hora antes de la diana para ayudar con el desayuno de los soldados…
El oficial no la escuchaba. Había tomado un rollo de cinta y lo estaba poniendo en el aparato.
—Exigencias del deber —dijo—. Escucharemos mientras nos divertimos. Apaga la lámpara, Cassilla.
P: ¿Entiende por qué se lo ha traído aquí?
R: ¿A esta cárcel?
P: Usted sabe muy bien qué ha hecho. A este interrogatorio.
R: Ni siquiera sé de qué me acusan.
P: No crea que con ese tipo de cosas va a desorientarnos. ¿Por qué vino a Sainte Croix?
R: Soy antropólogo. Quería discutir con otros de mi profesión ciertos hallazgos que hice en Sainte Anne.
P: ¿Intenta decirme que en Sainte Anne no hay antropólogos?
R: Buenos no.
P: Piensa que sabe qué queremos, ¿no? Se cree muy inteligente. Usted opina que la situación política vis-á-vis el mundo de la esfera hermana es tal, que la hostilidad de usted le ayudará a comprar su libertad, ¿correcto?
R: He estado en estas prisiones el tiempo suficiente como para saber que nada de lo que diga comprará mi libertad.
P: ¿De veras?
R: ¿Qué escribe?
P: No le concierne. Si es eso lo que cree, ¿por qué contesta mis preguntas?
R: Igualmente válido sería preguntar por qué usted las hace, si no piensa liberarme nunca.
P: Olvida que podría responderle: «Quizá tenga usted cómplices». ¿Le apetece un cigarrillo?
R: Pensaba que ya no lo ofrecían.
P: No es una trampa… Mire, aquí tengo la cigarrera. Se lo ofrezco de buena fe.
R: Gracias.
P: Y fuego de mi mechero. Le aconsejaría que no inhale muy hondo… Hace un tiempo que no fuma.
R: Gracias. Tendré cuidado.
P: Usted siempre es cuidadoso, ¿no?
R: No sé qué quiere decir.
P: Tenía entendido que es un rasgo de la mentalidad científica.
R: Sí, examino los datos con cuidado.
P: Pero respecto a nuestras relaciones con el gobierno de Sainte Anne, usted sacó una conclusión.
R: No.
P: Vino de Sainte Anne hace apenas un año, más o menos, y ahora cree que la guerra está a punto de estallar.
R: No.
P: ¿También cree que la victoria de Sainte Anne lo sacará de la cárcel?
R: Usted cree que soy un espía…
P: Es un hombre de ciencia… Lo supondré, al menos de momento. ¿Es agradable?
R: Estoy acostumbrado a esa suposición.
P: He examinado sus papeles, y las cartas a su nombre. Lo llamaré: Conde polaco, caballero de la Gran Cruz R. y Q.E.P.D.; Gran Maestro de la Daga Sangrienta y B.R.I.B.O.N. Me parece usted muy joven.
R: Se pensó que no tenía sentido enviar desde Tierra un hombre de edad.
P: Propongo a la mente de usted, joven y flexible, pero también científica, una hipótesis de ciencia política: que el asesino será un espía excelente y que al espía no le faltará ocasión de cometer algún asesinato. ¿Le cuesta contradecirme?
R: Soy antropólogo, no especialista en ciencias políticas.
P: Es lo que nunca se cansa de decirnos; pero un antropólogo se ocupa de la cultura de las sociedades menos complejas. ¿Esas sociedades nunca se espían unas a otras?
R: La mayoría de los pueblos primitivos sólo guerrean para mostrar coraje.
P: Me está haciendo perder el tiempo.
R: ¿Me permite otro cigarrillo?
P: ¿Ya lo terminó? Claro. Y el encendedor.
R: Gracias.
P: ¿A quién planeaba asesinar aquí? No al hombre que mató; eso tiene el aspecto de una necesidad del momento. Alguien a quien no podía acercarse; una persona bien protegida…
R: ¿A quién se supone que maté?
P: Ya le he dicho que no estoy aquí para responder a sus preguntas. Responderle implicaría que atribuimos a sus alegaciones de inocencia una ligera verosimilitud, y no es así. La verdad viene de nosotros, no de usted. Nuestro gobierno es el más notable de la historia de la humanidad, porque nosotros, y sólo nosotros, hemos aceptado como principio de funcionamiento lo que han enseñado todos los sabios y todos los gobiernos han fingido aceptar: el poder de la verdad. Y por eso gobernamos como no ha gobernado nadie. Usted me ha preguntado muchas veces qué delito cometió, y por qué lo tenemos detenido. Es porque sabemos que está mintiendo… ¿Entiende lo que le digo?
R: Cuando me arrestaron, le dieron a cierta muchacha, mademoiselle Etienne, una tarjeta con la cual se le permitiría verme en determinados días. Ustedes dicen que cumplen sus promesas, pero la muchacha no ha sido admitida.
P: Porque ella no lo solicitó.
R: ¿Usted lo sabe?
P: Sí. ¿No entiende? Ése es nuestro secreto, eso es la verdad. Me cuenta que le dieron la tarjeta, que en cualquier caso siempre se le dan a alguien. Por lo tanto yo sé que si usted no la ha visto es porque ella no ha presentado la solicitud. Usted comprenderá que acaso más tarde, tras haber entendido esta obstinación suya y la plena gravedad del caso, la habríamos prevenido sobre las desagradables consecuencias que podría traerle la visita, pero si se hubiera presentado la habríamos admitido. Somos el único gobierno en cuya palabra todos pueden confiar absolutamente, y por eso ganamos infinito crédito, infinita obediencia e infinito respeto. Si le decimos a alguien: «Haz esto y tu recompensa será tal y tal», ese alguien nunca duda de que será recompensado. Si decimos que los poblados que infrinjan cierta ordenanza serán reducidos a cenizas, no cabe la menor duda. Hablamos poco, pero cada palabra cae como una plomada».
La muchacha, Cassilla, preguntó:
—¿Qué pasa?
—Se rompió la cinta —dijo el oficial—. No importa. Pondré otra… Recuerda lo que te dije que quiero que hagas.
—Sí, Maitre.
P: Siéntese. ¿El doctor Marsch?
R: Sí.
P: Me llamo Constant. Usted llegó hace poco del mundo madre vía Sainte Anne; ¿correcto?
R: De Sainte Anne, hace cosa de un año y algunos meses.
P: Precisamente.
R: Bien, ¿puedo preguntarle por qué me han detenido?