Sensitiva Amorosa
- Автор: Hansson Ola
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Sensitiva Amorosa». Краткое содержание книги:
¿Conduce la posesión física irremediablemente al desamor y al hastío? ¿Qué fuerzas inconscientes gobiernan nuestros impulsos eróticos y provocan su muerte? ¿Es que sólo en el silencio y la distancia puede florecer el amor? Los sucesivos episodios de esta atípica novela plantean con una extraordinaria penetración psicológica estas cuestiones que, si bien no escandalizan como hace un siglo, son aún capaces de causar un profundo impacto en el lector de hoy.
Con Sensitiva amorosa, Hansson, al igual que su compatriota y coetáneo Strindberg, rompió con las convenciones sociales y artísticas, creando una única y personal prosa poética que hoy es considerada una de las cumbres de la literatura sueca.
»Y junto a ese rostro tenía ante mí otro, inocente, fresco, sonrosado, y sin embargo semejante al primero: no podía, y aún no puedo, decir de qué forma, pero esos dos rostros guardaban un parecido, se fundían en uno solo y yo no podía separarlos. Y así como en los cimientos de una nueva casa hay esporas de hongos que se reproducen y crecen y acaban invadiendo todo el edificio, y furtiva, maliciosa e insidiosamente van carcomiendo la madera, así esta semilla plantada por el azar hizo brotar una planta venenosa que se enredó en mis emociones y las echó a perder por completo y sin remedio.
El carruaje había dado la vuelta. Los tejados y chapiteles de la ciudad se recortaban como nítidas siluetas de papel negro sobre el reflejo rojizo y ahumado del sol poniente, y entre éste y el fresco cielo azul blanquecino sobre nuestras cabezas, ambos con hermosos matices, se formó una estrecha y sedosa franja verde, en la cual lucía una única y gran estrella.
»¿De qué sirve intentar construir una vida, cuando estamos gobernados por fuerzas que desconocemos, y cuando ocurre que no sabemos más de nuestras emociones secretas de lo que saben acerca del proceso de formación de sus células los bulbos y brotes que ahora mismo están germinando a nuestro alrededor?»
III
Una tarde de mayo acompañamos a los recién casados, nuestro amigo y su joven esposa, hasta el barco que había de llevarles en su luna de miel. Él tenía el aspecto de una persona enormemente afortunada, en éxtasis ante una serie de maravillas inconcebibles: parecía como si no se reconociera a sí mismo en ese nuevo mundo, y su semblante, palabras y maneras se veían iluminados por un halo de calma. Y ella… Ella brillaba como un cálido día de primavera, cuando la vida se desborda de sus cauces en una profusa explosión de flores y perfumes.
Cuando el barco se alejó del muelle, nos pareció a los que nos quedábamos en tierra que el cielo se nublaba y que, más allá del mar, existía un soñoliento país mágico hacia el que ellos se dirigían y que nosotros nunca veríamos, mientras nos embargaba una gran sensación de soledad.
Tres meses más tarde, en una noche de luna de agosto, ellos regresaron, desembarcando en el mismo lugar del que habían partido, y fuimos a su encuentro. Ahora él se nos antojó intranquilo, transmitía la sensación de que estuviera por abandonarlo todo, y tanto la mueca de la boca como la expresión de los ojos parecían indicar que le daba vueltas a un doloroso enigma que le atormentaba, sin que pudiera liberarse de él o encontrarle solución.
Volvieron a su casa, y pasó un año, y dos, sin que supiéramos gran cosa de ellos, hasta que un día, un hermoso día, llegó una larga carta, enviada a uno de nosotros pero dirigida a los dos. Decía lo siguiente:
«Pronto hará años desde la última vez que nos vimos, y apenas he respondido a vuestras amables cartas con algunas pobres líneas, pero no debéis enfadaros por eso. No me he encontrado bien durante estos dos años. La ansiedad me ha consumido y me ha envenenado la sangre, volviendo mi alma tan sensible como un nervio al desnudo. Las pocas veces que me he dispuesto a escribiros, inmediatamente después de coger la pluma la he tirado al suelo y he saltado de la silla diciéndome que no tenía nada que decir. Si ahora por fin lo hago es debido a que en este momento tengo la dolorosísima sensación de que a mi alrededor todo ha estallado y se ha derrumbado. Me siento enfermo, vacío y solo.
»A mi mujer y a mí no nos van bien las cosas. Pero por duro que sea, sigo bendiciendo el momento en que pedí su mano, pues junto a ella he saboreado lo mejor de la vida, aunque sea tan sólo por unas pocas semanas, y pienso que alguien que haya experimentado un solo y fugaz instante de felicidad no tiene derecho a quejarse, pues esto basta para compensar toda una vida de desdicha.
»Ella vino a mí y se entregó de un modo inconsciente, irreflexivo, y la entrega la hizo prisionera en cuerpo y alma. Era capaz de adivinar mis deseos más secretos incluso antes de que cobraran forma, cuando apenas se podían vislumbrar vagamente en mis gestos o miradas, adivinaba todos mis caprichos y los satisfacía prontamente como se hace con un niño. Se mostraba a sí misma sin reservas y sin ser consciente de ello: podía pasarse horas sentada frente a mí, tan sólo mirándome, y el silencio revelaba sus pensamientos mejor que cualquier palabra. Me casé con ella sin, en realidad, amarla más de lo que hubiera podido amar a otras mujeres que había conocido, sencillamente porque me conmovía su devoción, sentía lástima por ella y estaba cansado de mis relaciones de soltero.
»Yo era por completo consciente de esa frialdad en mis sentimientos, pero ella lograba sacar de mí más ternura de la que verdaderamente había, y me hacía feliz el verla feliz a ella. Nunca en mi vida he sentido tanta paz y equilibrio, algo comparable a lo que se siente en una mañana de verano, con el canto de la alondra, el frescor del rocío y el sol del amanecer.
»Todo esto duró dos meses, mientras continuábamos rumbo al Sur y el esplendor de la primavera meridional nos envolvía. Viajamos por el Rin, descansamos junto al verde y resplandeciente lago Lemán, pasamos rápido por San Gotardo y por las laderas del sur de los Alpes, acompañados del bramido de las cascadas que cuelgan de la montaña como blancos velos, y nos dirigimos hacia la llanura lombarda, ese infinito complejo de jardines en los que las ciudades se hallan esparcidas como villas. En esta multitud cambiante de rostros humanos y de paisajes, avistados fugazmente y en passant [3] desde las ventanillas de los trenes, desde la cubierta de un barco, o en las tables d'hôte [4] de restaurantes, nos fundíamos uno con otro cada vez en mayor grado. Era como si mezcláramos nuestra sangre. Yo estaba como un niño con zapatos nuevos, feliz y en calma: algo bueno emergía dentro de mí, como cuando del tocón de un árbol podrido sale un nuevo brote.
»Una hermosa mañana de finales de junio arribamos a Bellagio, una pequeña localidad encaramada sobre el empinado promontorio que el lago Como rodea con sus azules brazos. Nos sentíamos tan a gusto en ese lugar, que allí nos establecimos. Dábamos largos paseos por la montaña o bien cogíamos una barca para recorrer la playa: los días fluían apaciblemente sin que nosotros nos diéramos cuenta de cómo el tiempo iba pasando. Después de la comida de mediodía solíamos sentarnos un rato bajo los árboles a la orilla del lago que estaba enfrente del hoteclass="underline" el calor se adensaba a nuestro alrededor y buscábamos el mayor frescor que proporcionaba aquella tenue luz verdosa. Un buen día hallamos nuestro sitio habitual ocupado por una pareja de recién llegados, a quienes ya había visto en la table d'hôte. Él parecía un oficial inglés, y la joven era a todas luces su hija. Ésta poseía uno de esos rostros femeninos que, por la redondez aterciopelada de sus contornos, recuerdan a preciosos camafeos y a los cuales el contraste entre los ojos grandes y oscuros como pintados al pastel y el exuberante cabello rubio ceniza otorga un exquisito refinamiento, como el de un raro destello de colorido en una flor vulgar. Y junto a este rostro, de piel semejante a la harinosa pulpa de las manzanas de verano, tenía ante mí el de mi esposa, regordete, lozano y tan trivial como el de una niña. Y percibí cómo ante ese paisaje de aguas azules y luz blanca, de plata fundida y casas blanco-azuladas en medio de la oscura y frondosa vegetación, ante ese paisaje tan claro y brillante como la luz del sol que asoma tras las cortinas tras el primer despertar matutino, percibí cómo, mientras una de estas dos damas, gracias a su ágil inteligencia y a sus emociones refinadas, era capaz de apreciar la esencia de dicho paisaje, su aroma más sutil y su perfume más fugaz, del mismo modo que se aprecia una exquisita fragancia o un vino añejo, la otra en cambio simplemente se abalanzaba sobre él como un niño glotón que satisface su hambre con aborrecible gula.
[3] «De pasada» (en francés en el original).
[4] Table d'hôte: literalmente, «mesa del anfitrión». Actualmente designa un tipo de menú cerrado y de precio fijo, pero originariamente, y éste es el sentido que tiene en el texto, se refería a una mesa compartida por los huéspedes en la que se servían las comidas a una hora determinada.