Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
Caleb se desenvolvió bien ante aquel segundo cambio de tema tan descarado:
– Deberías habernos saludado si nos viste.
– Estaba ocupado.
«Y que lo jures», pensó Caleb.
– Os vieron mis hombres, siempre están vigilando. ¿Y esa mujer?
– Es una experta en libros raros. Le pedí que viniera para echar un vistazo a algunos tomos de Jonathan como parte del proceso de tasación. -Caleb se sintió orgulloso de sí mismo por haber inventado esa mentira tan rápido.
– ¿Y qué será de la casa de Jonathan?
– Supongo que se venderá, aunque yo no tengo nada que ver con ello.
– Había pensado en comprarla para usarla como casa de invitados.
– ¿No te parece grande, la tuya? -soltó Caleb, sin pensárselo dos veces.
Por suerte, Behan se rio.
– Sí, ya, es normal pensar eso; pero es que tenemos muchos invitados. Creía que igual sabías qué van a hacer con la casa. Tal vez ya la has inspeccionado al completo -añadió, como si no le diera importancia.
– No, me he limitado a la cámara.
Behan observó a Caleb con atención durante lo que pareció una eternidad.
– Entonces llamaré a los abogados, que se ganen el sueldo. -Titubeó, y añadió-: Ya que estoy aquí, ¿me enseñarías la biblioteca? Por lo que tengo entendido, aquí guardáis los libros raros.
– Por eso se llama sala de lectura de Libros Raros. -De repente, se le ocurrió algo. Iba contra ciertos protocolos de la biblioteca, pero qué más daba, tal vez contribuyera a averiguar quién mató a Jonathan-. ¿Te gustaría entrar en la cámara?
– Sí-respondió Behan, casi sin dejarle terminar la pregunta.
Caleb le mostró los lugares emblemáticos y acabó cerca del sitio en el que habían asesinado a Jonathan DeHaven. ¿Se lo había imaginado o Behan había observado más de lo normal la boquilla del sistema antiincendios que sobresalía de la pared? Sus sospechas se vieron confirmadas cuando Behan la señaló.
– ¿Qué es eso?
Caleb le explicó el funcionamiento del sistema.
– Cambiaremos el gas por otro más ecológico.
Behan asintió.
– Bueno, gracias por la visita.
Cuando Behan se hubo marchado, Caleb llamó a Stone y le contó lo sucedido.
– El modo indirecto de preguntarte si Jonathan tenía enemigos resulta muy curioso, salvo que se esté planteando la posibilidad de endilgarle el asesinato a otra persona -comentó Stone-. El hecho de que quisiera saber si habías inspeccionado toda la casa es muy revelador. Me pregunto si sabía que su vecino era un voyeur.
Tras hablar con Stone, Caleb recogió el libro que había sacado de la cámara de DeHaven y recorrió varios túneles hasta el edificio Madison, donde se hallaba el Departamento de Restauración. El departamento se dividía en dos salas grandes, una para libros y otra para todo lo demás. Allí, casi cien restauradores habían trabajado para recuperar objetos raros y no tan raros. Caleb entró en la sala de libros y se dirigió hacia una mesa donde un hombre con un delantal verde pasaba cuidadosamente las páginas de un incunable alemán. A su alrededor había un amplio surtido de herramientas, desde soldadores ultrasónicos y espátulas de teflón hasta prensas de tornillo manuales y cuchillas de toda la vida.
– Hola, Monty-saludó Caleb.
Monty Chambers lo miró desde detrás de las gruesas gafas negras y se frotó la calva con una mano enguantada. Iba bien afeitado y tenía un mentón poco marcado que parecía confundirse con la cara. No dijo nada, se limitó a asentir a Caleb. Monty tenía más de sesenta años y hacía décadas que era el restaurador jefe de la biblioteca. Siempre le encomendaban los trabajos más difíciles y nunca lo hacía mal. Se decía que incluso el libro más estropeado y maltratado renacía en sus manos. Se lo valoraba por la destreza y sensibilidad de sus manos, su inteligencia y creatividad para restaurar obrar antiguas y sus infinitos conocimientos en técnicas de conservación de libros.
– Tengo un trabajo para ti, Monty; si tienes tiempo, claro. -Caleb sostuvo el libro en alto-. El sonido y la furia. El agua ha estropeado las tapas. Perteneció a Jonathan DeHaven. Me encargo de la venta de su colección.
Monty examinó la novela.
– ¿Te corre prisa? -preguntó con voz aguda.
– Oh, no, tienes tiempo de sobra. Todavía estamos en las primeras etapas.
Los restauradores de la talla de Monty solían trabajar en varios proyectos importantes y menos importantes a la vez. Trabajaban hasta tarde y venían algunos fines de semana para que no los interrumpieran tanto. Caleb sabía que Monty tenía un taller completamente equipado en su casa de Washington, donde realizaba algún que otro encargo externo.
– ¿Reversible? -preguntó Monty.
El protocolo estándar actual exigía que los arreglos fueran «reversibles». A finales del siglo XIX y comienzo del XX, los restauradores de libros pasaron por una etapa de «embellecimiento». Por desgracia, eso significó que muchos libros antiguos se reconstruyeran por completo; la portada original se eliminaba y las páginas se encuadernaban de nuevo en cuero labrado y brillante y, en ocasiones, con lujosos pestillos de época. Era un buen trabajo, pero destruía la integridad histórica del libro sin posibilidad de recuperarla.
– Sí-respondió Caleb-, ¿y podrías anotar cómo piensas restaurarlo? Ofreceremos esa documentación con el libro cuando lo vendamos.
Monty asintió y prosiguió con el proyecto que tenía entre manos.
Caleb se encaminó hacia la sala de lectura. Mientras iba por los túneles se echó a reír. «Miltie -dijo entre dientes-y el nuevo peinado.» Sería la última vez que se reiría en mucho tiempo.
Capítulo 33
– Regina Collins -dijo Annabelle con tono resuelto mientras entregaba la tarjeta a la mujer-. Tengo una cita con el señor Keller. -Milton y ella estaban en la recepción de Keller & Mahoney, firma de arquitectos situada en un enorme edificio de piedra arenisca rojiza cerca de la Casa Blanca. Annabelle llevaba un elegante traje pantalón negro que contrastaba con el cabello pelirrojo. Milton estaba detrás de ella, ajustándose la corbata naranja o tocándose el pelo largo que Annabelle le había recogido en una coleta.
Al cabo de unos instantes, un hombre alto de unos cincuenta años con el pelo cano y ondulado vino a su encuentro. Llevaba una camisa a rayas con monograma y las mangas subidas, y unos tirantes verdes le sujetaban los pantalones.
– ¿Señorita Collins? -preguntó. Se estrecharon la mano y ella le dio una de sus tarjetas de visita.
– Señor Keller, un placer. Gracias por recibirnos, pese a haberlo avisado con tan poca antelación. Se suponía que mi ayudante debía llamarlo antes de viajar a Francia. Baste decir que ya tengo nuevo ayudante. -Señaló a Milton-. Mi socio, Leslie Haynes.
Milton logró saludar y estrecharle la mano a Keller, aunque no se sintió muy cómodo.
– Todavía no nos hemos recuperado del desfase horario -se apresuró a decir Annabelle al percatarse de los torpes movimientos de Milton-. Solemos tomar el vuelo de la tarde, pero estaba lleno. Tuvimos que levantarnos antes del amanecer. Estamos muertos.
– No se preocupe, lo entiendo. Síganme, por favor -les dijo en tono afable.
Ya en su oficina, se sentaron junto a una mesa de reuniones.
– Sé que es un hombre ocupado, así que iré al grano. Como le indiqué cuando le llamé, soy la directora de una nueva revista arquitectónica en Europa.
Keller observó la tarjeta que Annabelle había impreso esa misma mañana.
– La Balustrade. Un nombre ingenioso.
– Gracias. La empresa de publicidad empleó mucho tiempo y dinero nuestro trabajando en el concepto. Estoy segura de que lo entiende.
Keller se río.
– Oh, sí. Al principio nosotros seguimos ese camino, pero luego decidimos poner nuestros nombres a la empresa.