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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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—¿Qué haremos si Gaballufix te mata? —preguntó Meb.

—No lo hará.

—¿Qué haremos si Gaballufix te mata? —insistió Meb.

—Si no regreso al amanecer —dijo Elemak—, estoy muerto o capturado. En tal caso, queridos hermanitos, ya no estaré al mando y me importa un comino lo que hagáis. Regresad a casa, con Padre, o id a la ciudad a follar, a perderos o haceros matar. Es cosa vuestra. Pero no os preocupéis. Regresaré.

Eso les dio mucho que pensar mientras los conducía al barranco, a un claro donde nadie podría encontrarlos.

—Pero mirad —dijo Elemak—. Desde aquí veis las murallas de la ciudad. Podéis ver la Puerta Alta.

—¿Usarás esa puerta? —preguntó Nafai.

—Para entrar —dijo Elemak—. Para salir, usaré cualquier puerta adonde pueda llegar.

Y con esas palabras se alejó a grandes pasos, deseando tener tanto valor como aparentaba ante ellos.

Ingresar en la ciudad por la Puerta Alta era menos comprometido que por la Puerta del Mercado, pues allí no había Mercado del Oro que proteger. Aun así, Elemak tuvo que hacerse examinar el pulgar para demostrar que era ciudadano, y así el ordenador de la ciudad supo que había entrado. Elemak estaba seguro de que aunque el ordenador de Gabya no estuviera conectado con los ordenadores de la ciudad —lo cual sería ilegal— sin duda tendría informadores en el gobierno, y si Gabya tenía interés en la novedad, al cabo de unos instantes sabría que Elemak había entrado en Basílica.

Le alivió que el guardia de la puerta no lo detuviera; al menos Gaballufix no había puesto su nombre para arresto inmediato. O quizá Gabya aún no tuviera tanto poder en la ciudad como proclamaba ante sus amigos y seguidores. Quizás aún no podía impartir órdenes para que los guardias detuvieran a sus enemigos personales.

¿Soy su enemigo?, pensó Elemak. Su hermano, sí. Su amigo, no. Un aliado de conveniencia durante un tiempo, sí. Ambos vimos modos de obtener beneficios de una relación más estrecha. ¿Me verá ahora como una vieja transacción frustrada, como un amigo potencialmente útil o como un traidor a quien castigar?

Elemak pensaba ir directamente a casa de Gaballufix, pero una vez dentro de la ciudad cambió de parecer. Ambuló desde Embudo hasta la Calle de la Biblioteca, y luego cogió Templo hasta Ala. Templo o Ala lo habrían llevado cerca de la casa de Gabya, pero las tropas inquietaban a Elemak. Había más soldados que antes de su partida al desierto, y aunque evitaba mirarlos directamente, lo alarmaban cada vez más. Al fin, cuando vio que un grupo de doce cogía la Calle del Ala, se aplastó contra una puerta y les echó una ojeada cuando pasaron.

De inmediato comprendió qué le perturbaba. Todos eran idénticos: el rostro, la ropa, las armas, todo.

—Imposible —jadeó.

No podía haber tantas personas idénticas en el mundo al mismo tiempo. Recordó las antiguas leyendas sobre clonación: brujas y hechiceros que intentaban dominar el mundo creando copias genéticamente idénticas de sí mismos, los cuales inevitablemente (al menos en las leyendas) se volvían contra sus creadores y los mataban. Pero esto era el mundo real, y éstos eran soldados de Gabya; él no sabía nada de clonación y si hubiera podido hacer clones, habría escogido un modelo mejor que aquella figura obtusa que recorría las calles.

—Es una farsa —dijo una mujer.

No había nadie en el umbral con Elemak. Sólo al salir descubrió a quien le hablaba, una agreste anciana y mugrienta, desnuda excepto por las capas de lodo y polvo que la cubrían. Elemak no era de los que consideraban a las agrestes objeto de deseo, aunque algunos de sus amigos las usaban tan desaprensivamente como si fueran orinales para su lujuria. La habría ignorado, pero ella parecía haber respondido a su comentario. Además, nada más seguro que hablarle a una anónima mujer sagrada del desierto.

—¿Cómo lo hacen? —preguntó—. Todos son iguales.

—Dicen que es una vieja técnica teatral, muy en boga hace mil años.

No hablaba como una mujer del desierto.

—¿Cómo funciona?

—Es una redecilla que se usa como una capa. Un control de la cintura la enciende y la apaga. Se adapta automáticamente a la luz circundante. Es muy brillante bajo la luz del sol, más opaca en el claro de luna o la sombra. Un dispositivo muy ingenioso.

La voz de la mujer sonaba cada vez más refinada.

—¿ Quién eres ? —preguntó Elemak. Ella le escrutó el rostro.

—Soy el Alma Suprema. ¿Y quién eres tú, Elemak? ¿Mi amigo o mi enemigo?

Elemak sintió un escalofrío de terror. Se había preocupado tanto por Gaballufix, había temido tanto que un soldado lo identificara, gritara su nombre y lo arrestara o lo matara en el acto que quedó estupefacto cuando una loca de la calle lo reconoció. ¿Cómo es posible ocultarse cuando los enemigos callejeros conocen tu nombre? Sólo cuando ella se movió, insertándose el índice en el ombligo y moviéndolo como si resolviera una aborrecible mixtura, la repulsión superó el miedo y Elemak echó a correr a ciegas calle abajo.

Su plan de caminar sin llamar la atención quedó arruinado, pero tuvo la presencia de ánimo de no ir directamente a casa de Gabya. Antes quería recobrarse. Pero ¿adonde ir? El hábito lo llevaría a casa de su madre. La vieja Hosni tenía una bonita casa en Los Pozos, cerca de Puerta Trasera, donde se inmiscuía en política y creaba y destruía la reputación de jóvenes que ascendían en el gobierno. Pero el deseo triunfó sobre la costumbre, y en vez de buscar refugio en casa de su madre se encontró en el porche de la casa de Rasa.

Había estudiado allí en su infancia, incluso antes de que Padre fuera esposo de ella; en realidad, su padre y su maestra se habían conocido porque la madre de Elemak lo había llevado a casa de Rasa. Había sido embarazoso que los demás estudiantes chismorrearan acerca de la relación entre la maestra y el padre de Elya, y nunca se había sentido a sus anchas hasta que al fin terminó su educación a los trece años. Pero ahora no acudía como estudiante, sino como pretendiente, un pretendiente a quien habían recibido de buen grado.

Titubeando ante la puerta, Elemak comprendió que estaba haciendo exactamente lo que había prohibido a sus hermanos: dedicarse a un asunto personal en vez de cumplir con el encargo de Padre. Pero pronto abandonó sus titubeos. No sólo cortejaba a Eiadh en busca de una unión ventajosa. En los últimos meses se había enamorado de ella; la deseaba más de lo que jamás había deseado a una mujer. Su voz era música, su cuerpo una escultura infinitamente variable que lo sorprendía con cada movimiento. Pero al crecer su devoción por ella, temía cada vez más que ella no le correspondiera de igual forma. Por lo que sabía, ella sólo lo deseaba como heredero del gran Wetchik, quien podría brindarle enorme fortuna y prestigio. Y si eso era todo lo que veía en él, todo lo que sentía por él, los hechos recientes la volverían en contra de Elemak. Ahora no le convendría casarse con el heredero del Wetchik, con tantas actividades interrumpidas y tantos bienes vendidos. ¿Cómo le respondería ahora?

Tiró del cordel de la campanilla. Era una campanilla anticuada, un gong resonante en vez del tintineo musical por entonces en boga. Para su sorpresa, quien atendió fue nada menos que Rasa.

—Un hombre viene a mi puerta —dijo ella—. Un joven vigoroso, con la suciedad y el sudor del desierto en el rostro. ¿Cómo debo recibirte? ¿Me traes noticias de mi compañero? ¿Me traes más amenazas de Gaballufix? ¿Estás aquí para llevarte a mi sobrina Eiadh? ¿O has regresado, con temor en el corazón, a la casa donde estudiaste cuando niño, ansiando un baño y una comida y cuatro sólidas paredes para resguardarte?

Había tanto humor en esas palabras que los temores de Elemak se disiparon. Era agradable que Rasa le hablara como a un igual, y con genuino afecto.

—Padre está bien —respondió—. No he visto a Gabya desde que regresé a la ciudad. Desearía ver a Eiadh, pero aún no planeo secuestrarla, y en cuanto al baño y la comida, aceptaría con gratitud tanta hospitalidad, aunque jamás la habría solicitado.

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