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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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La siguiente vez que fui a visitar a Mameha le conté este incidente.

– Espero que las palabras de Hatsumono se te hayan quedado bien grabadas -me dijo-. Si Calabaza no va a volver a dirigirte la palabra, tú tampoco has de dirigírsela a ella. Sólo conseguirías buscarle problemas; además le tendría que contar a Hatsumono lo que tú le dijeras. Puede que en el pasado te fiaras de esa pobre chica, pero debes dejar de hacerlo.

Me apenó tanto oír esto que durante un rato no pude decir palabra.

– Intentar sobrevivir en una okiya con Hatsumono -dije al fin- es como el puerco que tratara de salir con vida del matadero -estaba pensando en Calabaza cuando dije esto, pero Mameha debió de pensar que me refería a mí misma.

– No te falta razón -me dijo-. Tu única defensa es lograr tener más prestigio que ella y echarla.

– Pero si todo el mundo dice que es una de las geishas más famosas de Gion. No puedo imaginarme cómo puedo yo llegar a ser más famosa que ella.

– No he dicho fama -me contestó Mameha-. He dicho «prestigio». Ir a un montón de fiestas no lo es todo. Yo vivo en un espacioso apartamento con dos doncellas a mi servicio, mientras que Hatsumono, que probablemente va a tantas fiestas como yo, continúa viviendo en la okiya Nitta. Cuando hablo de tener prestigio, me refiero a la geisha que se ha ganado su independencia. Mientras no posea su propia colección de kimonos o no haya sido adoptada como hija de la okiya en la que vive, que viene a ser más o menos lo mismo, la geisha estará en poder de alguien toda su vida. Tú has visto algunos de los kimonos de mi colección, ¿no? ¿Cómo te crees que los he conseguido?

– He pensado que tal vez había sido adoptada por alguna okiya antes de cambiarse a vivir en este apartamento.

– Pues sí que viví en una okiya hasta hace más o menos cinco años. Pero la dueña tiene una hija propia. No adoptaría otra.

– Entonces, si me permite la pregunta, ¿se compró usted toda la colección de kimonos?

– ¿Cuánto te crees que gana una geisha, Chiyo? Una colección completa de kimonos no significa dos o tres para cada estación. Hay hombres cuya vida gira en torno a Gion. Se aburrirían de ti si te vieran vestida igual noche tras noche.

Debí de poner tal cara de asombro que Mameha soltó una carcajada.

– No te pongas triste, Chiyo. Este acertijo tiene una solución. Mi danna es un hombre generoso y ha sido él quien me ha comprado la mayoría de estos vestidos. Por eso tengo más prestigio que Hatsumono. Tengo un danna rico. Ella hace años que no lo tiene.

Llevaba en Gion el tiempo suficiente para saber un poco qué era aquello del danna. Es el término que las esposas emplean para llamar a sus maridos, o, más bien, lo era en mi tiempo. Pero cuando una geisha habla de su danna no está hablando de su marido. La geishas no se casan. O, al menos, las que se casan dejan de ser geishas.

Verás. A veces, después de una fiesta con geishas, algunos hombres no se quedan satisfechos sencillamente con haber coqueteado un rato y anhelan algo más. Algunos se contentan con ir a lugares como Miyagawa-cho, donde contribuirán con su propio sudor al olor de aquellas casas tan repugnantes que vi el día que encontré a mi hermana. Otros hombres reúnen el valor suficiente para inclinarse con la vista nublada hacia la geisha que tienen al lado y susurrarle al oído algo relativo a cuánto le «cobraría». Una geisha con poco nivel podría aceptar este tipo de arreglo; probablemente querrá aumentar sus ingresos y aceptará prácticamente todo lo que se le ofrezca. Puede que una mujer así se llame a sí misma geisha; pero yo creo que hay que verla bailar, tocar el shamisen, y realizar la ceremonia del té antes de decidir si es una verdadera geisha. Una verdadera geisha nunca echará a perder su reputación de este modo, poniéndose a disposición de un hombre por una sola noche.

No voy a fingir que las geishas nunca se entregan a un hombre de forma pasajera sencillamente porque lo encuentran atractivo. Pero eso forma parte de su vida privada. Las geishas también tienen pasiones como todo el mundo, y cometen los mismos errores que comete todo el mundo. La geisha que se atreve a correr este riesgo sólo espera que no la descubran. Está en juego su reputación; pero aún está más en juego su permanencia con su danna, si lo tiene. Y además podría despertar la cólera de la propietaria de su okiya. Una geisha decidida a seguir por el sendero de la pasión se arriesgará a todo ello; pero ciertamente no lo hará por un dinerillo que bien podría ganarse más fácilmente y de una forma legal.

Así que, como ves, una geisha del primer o segundo rango no se puede comprar para una sola noche, por nadie. Pero si el hombre adecuado está interesado en algo más -no una sola noche, sino un tiempo mucho más largo-, y si las condiciones que ofrece son convenientes, en ese caso, cualquier geisha aceptará encantada este arreglo. Las fiestas y todo eso está muy bien; pero en Gion el dinero de verdad lo ganas si tienes danna, y la geisha que no lo tiene -como Hatsumono- es como un gato callejero, sin un amo que lo alimente.

Se podría esperar que en el caso de una mujer tan guapa como Hatsumono habría habido hombres verdaderamente interesados en ser su danna; y estoy segura de que se lo propusieron muchos. De hecho, tuvo uno durante una temporada. Pero por alguna razón u otra había irritado hasta tal punto a la propietaria de la Casa de Té Mizuki, que era la que más frecuentaba, que desde entonces cada vez que un hombre preguntaba por ella le decían que no estaba disponible. Lo que ellos entendían como que ya tenía danna, aunque, en realidad, no era así. Al echar a perder su relación con la dueña de la casa de té, Hatsumono se perjudicó sobre todo a sí misma. Como era una geisha famosa, hacía el dinero suficiente para tener contenta a Mamita; pero como no tenía danna no sacaba lo bastante para ganarse su independencia y dejar la okiya para siempre. Ni tampoco podía registrarse en otra casa de té cuya propietaria se aviniera a ayudarla a encontrar un danna; ninguna de las otras casas de té querrían poner en peligro sus relaciones con la Mizuki.

Claro está que la mayoría de las geishas no están atrapadas de este modo. En lugar de ello, dedican todo su tiempo a hechizar a los hombres con la esperanza de que finalmente alguno pida información sobre ella a la dueña de la casa de té. Muchas veces esto no lleva a ningún lado; puede que cuando se investigue al hombre, se descubra que tiene poco dinero; o puede que se eche atrás cuando alguien le sugiera que regale a la geisha en cuestión un kimono caro como prueba de buena voluntad. Pero si las semanas de negociación terminan favorablemente, la geisha y su nuevo danna participarán en una ceremonia similar a la de hermanamiento de las geishas. En la mayoría de los casos este vínculo durará unos seis meses, tal vez más, pero tampoco mucho más porque, claro, los hombres enseguida se cansan de lo mismo. Los términos del acuerdo obligarán probablemente al danna a pagar una parte de la deuda de la geisha y a cubrir muchos de sus gastos mensuales, tales como la compra de artículos de maquillaje y, tal vez, una parte de la escuela y también, quizá, el médico. Cosas de ese tipo. Pese a todos estos dispendios, el hombre continuará pagando lo que se paga normalmente por hora cada vez que quiera pasar tiempo con ella, igual que el resto de los clientes. Pero también tiene derecho a ciertos «privilegios».

Éstas serían las condiciones del acuerdo en el caso de la geisha media. Pero una geisha de alto nivel, de las que había unas treinta o cuarenta en todo Gion, esperará mucho más. Para empezar, ni tan siquiera considerará empañar su reputación con una ristra de danna, sino que tendrá sólo uno o dos en toda su vida. Y su danna no sólo le cubrirá todos sus gastos, tales como los derechos de registro, las clases y las comidas, sino que también le proporcionará dinero de bolsillo, le financiará espectáculos de danza y le comprará kimonos y joyas. Y, por supuesto, cuando pase tiempo con ella, no pagará el precio que ella tenga fijado por hora; lo más seguro es que pague más, como un gesto de buena voluntad.

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