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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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– Si damos con él, ¿dónde le encontraremos a usted?

– Aquí. Aquí mismo. Estaré aquí haciendo algunas llamadas.

Ella asintió y se retiró cerrando sin ruido la puerta.

Una cortina para preservar la intimidad colgaba de una guía del techo, que describía un arco alrededor de tres lados de la cama. Estaba corrida hasta la pared, pero Hal Yamataka la extendió hacia los pies de la cama, bloqueando la vista desde la puerta, por si Pollard se materializaba cuando alguien llegase desde el pasillo.

Las manos le temblaron de tal forma que optó por metérselas en los bolsillos. Luego sacó la izquierda para consultar su reloj: la una y cuarenta y ocho. Pollard había estado ausente durante dieciocho minutos más o menos…, sin contar, claro estaba, esos escasos segundos en los que había vuelto a la existencia para hablar de luciérnagas en un vendaval. Hal decidió esperar hasta las dos para telefonear a Bobby y Julie.

Permaneció plantado al pie de la cama, aferrando la barandilla con una mano, escuchando el llanto del viento nocturno y el golpeteo de la lluvia contra el cristal. Los minutos se movían como caracoles sobre una pendiente, pero al menos la espera le proporcionaba tiempo para calmarse y pensar cómo explicar a Bobby lo sucedido.

Cuando las manecillas de su reloj marcaron las dos, Hal contorneó la cama y se dispuso a coger el teléfono. Justamente entonces oyó el ulular espeluznante de una flauta lejana. La cortina a medio correr, se onduló agitada por una súbita corriente.

Hal volvió a los pies de la cama y atisbo por el borde de la cortina la puerta del pasillo. No podía ser la causa de la corriente pues estaba cerrada.

La flauta calló. El aire de la habitación se tornó estático, plomizo.

Repentinamente, la cortina se agitó otra vez haciendo tintinear las anillas en la guía del techo y un fuerte soplo de aire frío barrió la habitación revolviéndole el pelo. La fantasmagórica música atonal se dejó oír de nuevo.

Con la puerta y la ventana cerradas, la única causa de la corriente podía ser tan sólo el respiradero en la pared sobre la mesilla de noche. Pero cuando Hal se puso de puntillas y alzó la mano derecha para ponerla delante de esa abertura, no sintió el menor soplo. Las estremecedoras corrientes de aire parecían surgir de la propia habitación.

Hal se movió trazando un círculo, anduvo en zigzag con la intención de localizar la flauta. A decir verdad no le sonó como una flauta cuando la escuchó, atento; fue más bien como un viento fluctuante soplando a través de varios tubos, grandes y pequeños, trenzando juntos muchos sonidos vagos pero separados hasta formar un tejido sonoro que resultaba a la vez espeluznante y melancólico, lúgubre y amenazador. Se extinguió y retornó por tercera vez. Para sorpresa y desconcierto de Hal, la música atonal parecía surgir del espacio vacío sobre la cama.

Hal se preguntó si alguien del hospital oiría esta vez la flauta. Probablemente, no. Aunque la música sonara más fuerte ahora que al principio, seguía siendo tenue; de hecho, si hubiese estado dormido la misteriosa serenata no habría sido lo bastante sonora para despertarle.

Ante su vista, el aire sobre la cama centelleó. Por un momento le fue imposible respirar, como si la habitación se hubiese transformado en una campana neumática. Sus oídos parecieron a punto de estallar, como ante un cambio rápido de altitud.

El extraño sonsonete y la corriente se extinguieron a un tiempo, y Frank Pollard reapareció con tanta brusquedad como al desvanecerse. Quedó tendido de costado, con las rodillas recogidas hasta la barbilla, en postura fetal. Durante unos segundos pareció desorientado; cuando descubrió dónde estaba, aferró la barandilla de la cama y se aupó para sentarse. La piel de alrededor de los ojos parecía tumefacta y ennegrecida, pero el resto de las facciones mostraban una palidez terrible y la cara un brillo grasiento como si no fuera sudor, sino más bien unas gotas inconfundibles de aceite. Su pijama azul de algodón estaba arrugado, con manchas oscuras de sudor y suciedad.

– Sujéteme -dijo.

– ¿Qué diablos está ocurriendo aquí? -preguntó con voz quebrada Hal.

– Perdí el control.

– ¿Adonde fue usted?

– Por amor de Dios, ayúdeme. -Todavía aferrado con la mano derecha a la cama, Pollard alargó la izquierda, suplicante, a Hal-. Por favor, por favor…

Acercándose más a la cama, Hal le tendió la suya…

… y Pollard se esfumó, esta vez no sólo con un sonido silbante sino también con un alarido y un chirriante crujido de metal retorcido. La barandilla de acero inoxidable que agarraba con tanto ahínco se desprendió de la cama y se desvaneció con él.

Hal Yamataka miró pasmado las bisagras que habían unido la barandilla ajustable a la cama. Estaban retorcidas como si hubiesen sido de cartón. Una fuerza de increíble potencia había arrastrado a Pollard fuera de la habitación desgarrando el sólido acero.

Mirando todavía su mano extendida, Hal se preguntó qué le habría sucedido si hubiese agarrado a Pollard. ¿Habría desaparecido junto con aquel hombre? ¿Y, adonde? No a un lugar en donde quisiera hallarse: de eso estaba seguro.

O quizá sólo una parte de él se habría ido con Pollard. Quizá su cuerpo se hubiera descoyuntado por alguna articulación tal como lo ocurrido con la barandilla. Quizá su brazo se hubiera desgajado del hombro con un crujido casi tan estridente como el de las bisagras de acero, y quizás él se hubiera quedado gritando de dolor con la sangre brotando a borbotones de las venas cercenadas.

Retiró aprisa la mano como si temiese que Pollard pudiera reaparecer de repente y cogérsela.

Cuando rodeaba de nuevo la cama hacia el teléfono, temió que las piernas le fallaran. Las manos le temblaban tanto que casi dejó caer el auricular, y le costó lo suyo marcar el número del domicilio de los Dakota.

Capítulo 37

Bobby y Julie partieron hacia el hospital a las 2.45 horas. La noche parecía más oscura que de costumbre; ni las farolas ni los faros traspasaban por completo las tinieblas. Sábanas de lluvia caían con tal fuerza que parecían rebotar sobre el asfalto de las calles, como si fueran fragmentos sólidos de una bóveda a punto de desintegrarse que se extendiera a través de la noche.

Julie conducía porque Bobby estaba medio adormilado. Los párpados le pesaban, no cesaba de bostezar y sus pensamientos eran turbios. Se habían ido a la cama sólo tres horas antes de que Hal Yamataka les despertara. Si Julie tuviera que aguantar con esas horas de sueño podría hacerlo, pero Bobby necesitaba estar seis horas… u ocho, a ser posible, entre sábanas para funcionar bien.

Eso era una diferencia insignificante entre ellos, nada importante. Pero a causa de varias diferencias similares, Bobby sospechaba que Julie era más resistente que él, aunque él pudiera vapulearla diez veces de cada diez que se enfrentaban en lucha libre.

Chascó la lengua para sí.

– ¿Decías algo? -preguntó Julie.

– Es una locura darte cierta ventaja al reconocerlo, pero estaba pensando que eres más resistente que yo.

– Eso no es una novedad -dijo ella-. Siempre he sabido que soy más fuerte.

– ¡Ah! ¿Sí? Cuando luchamos, te vapuleo cada vez.

Julie sacudió la cabeza.

– ¡Qué pena me das! ¿De verdad crees que vencer a alguien más pequeño que tú te convierte en un macho?

– Me sería posible vencer a muchas mujeres más grandes que yo -le aseguró Bobby-. Y si son más viejas, podría eliminarlas en grupos de tres o cuatro. De hecho, si enviaras contra mí una docena de abuelas grandes, ¡me las llevaría por delante con una mano atada a la espalda! Y hablo de abuelas grandes -continuó-. No señoras menudas y frágiles. Abuelas robustas y sólidas, seis a la vez.

– Eso es impresionante.

– ¡Y que lo digas, maldita sea! Aunque una barra de hierro tal vez ayudase un poco.

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