El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
– ¿Era? -inquirió Julie.
– ¿Murió en el incendio? -preguntó Bobby recordando la maleza socarrada y el tiznado bloque de cemento del solar de al lado.
Hampstead frunció el ceño.
– No. Murió dos meses después de Sharon. Digamos… hace dos años y medio. Su helicóptero se estrelló durante unas maniobras. Tenía sólo cuarenta y un años, once menos que yo. Dejó una esposa, Maralee, una hija de catorce años llamada Valerie y un hijo de doce, Mike. Estupendos chicos. Horrible hecatombe. Formaban una familia muy unida y el accidente de Jim los deshizo. Tenían algunos familiares en Nebraska, pero nadie a quien recurrir de verdad. -Hampstead miró el zumbante frigorífico por encima de Bobby y su mirada se perdió-. Yo intenté intervenir, ayudarles, aconsejar a Maralee sobre cuestiones económicas, arrimar el hombro y aguzar el oído cuando los chicos necesitaban algo. Los llevé a Disneylandia de vez en cuando, ya saben, ese tipo de cosas. Maralee me llamaba regalo de Dios infinidad de veces, pero, en realidad, era yo quien los necesitaba más que a la inversa, porque hacer cosas por ellos empezó a hacerme olvidar un poco la pérdida de Sharon.
– Entonces el incendio fue más reciente, ¿no? -dijo Julie.
Hampstead no respondió. Se levantó, se acercó al fregadero y, abriendo el armario situado debajo, volvió con un recipiente de detergente Windex y un trapo y empezó a frotar la puerta del frigorífico, que parecía tan limpia como las superficies asépticas de un quirófano.
– Valerie y Mike eran unos chicos formidables. Transcurrido un año o así, casi me parecía que eran mis hijos, los que Sharon y yo no tuvimos jamás. Maralee llevó un largo luto por Jim, casi dos años, antes de empezar a darse cuenta de que todavía era una mujer en la flor de la vida. Tal vez molestara a Jim lo que empezó a suceder entre ella y yo, pero no lo creo; pienso que él se habría sentido feliz por nosotros, aunque yo tuviera once años más que ella.
Cuando Hampstead hubo terminado de limpiar el frigorífico inspeccionó el costado de la puerta buscando, al parecer, alguna huella o mancha. Como si acabase de oír la pregunta que le había hecho Julie un minuto antes, dijo de repente:
– El incendio ocurrió hace dos meses. Me desperté en plena noche al oír las sirenas y vi un resplandor anaranjado en la ventana, me levanté…
El hombre se apartó del frigorífico, estudió la cocina durante un instante y luego se acercó a la encimera de azulejos más próxima y empezó a echar líquido y a frotar la reluciente superficie.
Julie miró a Bobby. Este movió la cabeza. Ninguno de los dos dijo nada.
Al cabo de un rato, Hampstead continuó:
– Corrí a su casa delante de los bomberos. Logré penetrar hasta el vestíbulo e incluso alcanzar el pie de las escaleras, pero no pude llegar al dormitorio, el calor era demasiado intenso y el humo irrespirable. Grité sus nombres, nadie contestó. Si hubiese oído alguna respuesta tal vez hubiese encontrado la energía suficiente para subir hasta allí a despecho de las llamas. Supongo que perdí el conocimiento por unos segundos y los bomberos me sacaron de allí, porque desperté sobre el césped delantero, tosiendo y medio asfixiado mientras un enfermero se inclinaba sobre mí para aplicarme la mascarilla de oxígeno.
– ¿Murieron los tres? -preguntó Bobby.
– Sí.
– ¿Cuál fue la causa del incendio?
– Creo que no lo descubrieron jamás. Oí decir algo acerca de un cortocircuito en la instalación eléctrica, pero no estoy seguro. Incluso algunos sospecharon una acción premeditada, pero eso no condujo nunca a nada. Al fin y al cabo, no importa mucho, ¿verdad?
– ¿Por qué no?
– Cualquiera que fuese la causa, los tres están muertos.
– Lo siento -murmuró Bobby.
– Su solar ha sido vendido. Los constructores levantarán una nueva casa esta primavera. ¿Más café?
– No, gracias -respondió Julie.
Hampstead revisó la cocina, luego se acercó a la chapa de acero inoxidable y empezó a limpiarla a pesar de que estaba impecable.
– Debo disculparme por tanta suciedad. No sé cómo se pone así la casa cuando soy la única persona que vive aquí. A veces pienso que debe de haber duendes huroneando a mis espaldas y ensuciando las cosas para atormentarme todo el día.
– Para eso no hacen falta duendes -repuso Julie-. La misma vida se encarga de darnos todo el tormento que podemos aguantar.
Hampstead se apartó de la cocina. Por primera vez desde que se había levantado de la mesa e iniciado su ritual de limpieza, les miró a los ojos.
– No son duendes -convino-. No hay nada tan fácil de manejar como un duende.
Era un hombretón y, evidentemente, los años de adiestramiento y disciplina militar le habían endurecido, pero el brillo húmedo del dolor asomó a sus ojos y por un momento pareció tan perdido y desvalido como un niño.
De nuevo en el coche y mirando a través del borroso parabrisas el solar olvidado en donde antaño se había alzado la casa de Román, Bobby dijo:
– Frank averigua que el señor Luz Azul sabe lo del carné de identidad Farris, así que obtiene un nuevo carné a nombre de James Román. Pero, a su debido tiempo, el señor Luz Azul descubre también eso y decide buscar a Frank en las señas Román, donde encuentra sólo a la viuda y sus hijos. Entonces los mata, tal como matara a la familia Farris, pero esta vez prende fuego a la casa para ocultar su crimen. ¿Es así como lo ves tú?
– Podría ser -respondió Julie.
– El hombre quema los cuerpos porque los ha mordido, según nos dijeron los Phan, y las mordeduras servirían a la Policía para asociar ambos crímenes, así que se propone despistar a los polis.
– Entonces -dijo Julie-, ¿por qué no los quema en cada ocasión?
– Porque eso sería una revelación tan clara como las mordeduras. Unas veces quema los cuerpos, otras no lo hace y, quizás, otras los haga desaparecer de forma que no se los encuentre jamás.
Durante un momento ambos guardaron silencio. Por fin, ella habló:
– Entonces, estamos tratando con un genocida, un asesino en serie que es, con absoluta seguridad, un psicópata furioso.
– O un vampiro -sugirió Bobby.
– ¿Por qué persigue a Frank?
– No lo sé. Tal vez Frank haya intentado alguna vez atravesarle el corazón con una estaca.
– No tiene gracia.
– Conforme -dijo Bobby-. Ahora mismo, nada resulta gracioso.
Capítulo 35
Desde la casa llena de insectos de Dyson Manfred en Irvine, Clint Karaghiosis se dirigió hacia su casa en Placentia a través de la lluvia helada. Su casa era un acogedor bungalow de dos dormitorios con tejado de pizarra, un espacioso porche al estilo californiano Craftsman y ventanas francesas llenas de cálida luz ambarina. La calefacción del coche casi había secado su empapada ropa cuando llegó allí.
Felina estaba en la cocina, cuando Clint entró por la puerta que enlazaba con el garaje. Ella le abrazó y le besó, estrechándolo contra sí durante un momento, como si le sorprendiera verlo todavía vivo.
Suponía que su trabajo estaba diariamente jalonado de peligros aunque él solía explicarle que su trabajo consistía, fundamentalmente, en gastar mucha suela. Perseguía hechos en lugar de culpables, seguía un rastro de papel más que de sangre.
Sin embargo, Clint comprendía la preocupación de su mujer, porque él se preocupaba también mucho por Felina. Por lo pronto, ella era una mujer atractiva, de pelo negro, tez olivácea y ojos grises asombrosamente bellos; en aquella época de jueces indulgentes y exceso de tipos enfermos rondando por las calles, algunos tenían a las mujeres hermosas por presas fáciles. Por añadidura, aunque la oficina donde Felina trabajaba como compiladora de datos estaba sólo a tres manzanas de su casa, un paseo cómodo incluso con mal tiempo, Clint se inquietaba por el peligro que podía correr en los cruces más concurridos; en caso de urgencia, ni un grito de aviso ni una atronadora bocina la alertarían de que corría hacia la muerte.