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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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La hizo apartarse de la casa y volver a la lluvia.

De nuevo en el coche, Julie exclamó:

– ¡Maldito bastardo maleducado y engreído!

Bobby hizo arrancar el motor y puso en marcha las escobillas del parabrisas.

– Nos detendremos en el centro comercial, compraremos uno de esos osos Teddy gigantes y le escribiremos encima el nombre Havalow para que te distraigas sacándole las entrañas. ¿Vale?

– ¿Quién diablos se cree que es?

Mientras Julie fulminaba la casa con la mirada, Bobby se alejó de ella.

– El es Walter Havalow, chiquita, y necesita ser él mismo hasta la muerte, un castigo mucho peor que el que puedas infligirle.

Pocos minutos después, cuando salieron de Villa Park, Bobby entró en el aparcamiento del supermercado Ralph y aparcó allí el Toyota. Apagó los faros y detuvo el movimiento de las escobillas, pero dejó el motor en marcha para que les diera calor.

Había pocos coches delante del supermercado. Charcos tan grandes como piscinas reflejaban las luces de las tiendas.

– ¿Qué hemos averiguado? -preguntó.

– Que aborrecemos a Walter Havalow.

– Sí, pero ¿hemos averiguado algo que esté relacionado con el caso? ¿Es sólo una coincidencia el hecho de que Frank haya estado usando el nombre de George Farris y, por otra parte, la familia Farris haya sido degollada?

– No creo en coincidencias.

– Tampoco yo. Pero sigo sin creer que Frank sea un asesino.

– También yo, aunque cualquier cosa sea posible. Sin embargo, lo que dijiste a Havalow es cierto… Si Frank hubiese matado a Irene y a todos los demás de la casa no llevaría consigo el carné falsificado que le relaciona con esos hechos.

La lluvia arreció, tamborileando furiosamente sobre el Toyota. La densa cortina de agua emborronaba la silueta del supermercado.

– ¿Quieres saber lo que creo? -preguntó Bobby-. Creo que Frank estaba usando el nombre de Farris y quienquiera que esté persiguiéndole lo descubrió.

– Quieres decir el señor Luz Azul. ¿El individuo que, según parece, puede destruir un coche y, por arte de magia, hacer explotar las farolas?

– Eso es.

– Suponiendo que exista.

– El señor Luz Azul descubrió que Frank estaba usando el nombre de Farris y fue a esas señas esperando encontrarlo. Pero Frank no había estado nunca allí. Eran sólo un nombre y unas señas que su falsificador de documentos había elegido al azar. Así que cuando el señor Azul no encontró a Frank, mató a todos los ocupantes de la casa porque pensó que le engañaban y estaban ocultando a Frank, o bien, sencillamente, porque se enfureció.

– Habría sabido cómo arreglárselas con Havalow.

– Así, pues, ¿crees que acierto, que he dado en el clavo?

Ella reflexionó un momento.

– Podría ser.

Bobby sonrió.

– Es divertido esto de ser detective, ¿verdad?

– ¿Divertido? -exclamó, incrédula.

– Bueno, quiero decir «interesante».

– Una de dos, o estamos representando a un hombre que asesinó a cuatro personas o estamos representando a un hombre que ha sido elegido como blanco por un brutal asesino… ¿Y te parece divertido eso?

– No tan divertido como el sexo pero más divertido que los bolsos.

– Algunas veces, Bobby, me vuelves loca. Pero te quiero.

El le cogió la mano.

– Si vamos a proseguir esta investigación, voy a disfrutar de ella tanto como pueda. Pero abandonaré el caso si así lo quieres.

– ¿Por qué? ¿A causa de tu sueño? ¿A causa de la «cosa malévola»? -Julie sacudió la cabeza-. No. Si empezamos a dejar que un sueño misterioso nos espante pronto nos espantará cualquier cosa. Perderemos nuestro aplomo, y sin aplomo no podemos hacer este tipo de trabajo. -Julie pudo ver ansiedad en su mirada con el tenue resplandor de las luces del salpicadero.

Tras un breve silencio, él dijo:

– Sí, sabía que dirías eso. Así que vayamos al fondo del asunto tan de prisa como podamos. Según su otro permiso de conducir, él es James Román y vive en El Toro.

– Son casi las ocho y media.

– Podemos ir allí, buscar la casa… tal vez cuarenta y cinco minutos. Eso no es demasiado tarde.

– Está bien.

En lugar de meter la marcha, Bobby deslizó hacia atrás su asiento y se quitó la chaqueta de nailon.

– Abre la guantera y dame mi pistola. En lo sucesivo, la llevaré a todas partes.

Los dos tenían permiso de armas. Julie se quitó con cierto esfuerzo la chaqueta y luego sacó de debajo del asiento dos sobaqueras. Acto seguido, cogió dos revólveres Smith amp; Wesson. 38 Chief's special de la guantera. Armas fiables y compactas que podían pasar inadvertidas bajo la ropa ordinaria con poca o ninguna ayuda del sastre.

La casa había desaparecido. Si alguien llamado James Román había vivido allí, ahora tenía nuevo alojamiento. Un bloque de cemento se alzaba en medio del solar, rodeado de hierba, maleza y árboles como si la estructura hubiese sido arrebatada desde arriba por seres de movimiento intergaláctico para hacerla esfumarse en el espacio.

Bobby aparcó en el camino de entrada y los dos se apearon del Toyota para inspeccionar de cerca la propiedad. Pese a la lluvia fustigante, una farola próxima proyectaba suficiente luz para revelar que el solar estaba pisoteado, hollado por innumerables neumáticos y pelado a trechos; también estaba sembrado de virutas de madera, cascotes de estuco y algunos fragmentos de cristal.

La clave más concluyente del destino de la casa se encontraba en las condiciones de la maleza y los árboles. Los arbustos más cercanos al bloque estaban secos o maltrechos, y vistos de cerca parecían socarrados. Los árboles más próximos carecían de follaje y sus negruzcas ramas daban a la lluviosa noche de enero el carácter anacrónico del Día de Difuntos.

– Un incendio -dijo Julie-. Luego derribaron lo que quedó en pie.

– Hablemos con alguno de los vecinos.

El desierto solar estaba flanqueado por casas. Pero sólo había luz en la casa del lado norte.

El hombre que respondió al timbrazo tenía unos cincuenta y cinco años, un metro ochenta de altura, pelo gris, sólida constitución y un acicalado bigote gris. Se llamaba Park Hampstead y tenía el aire de un militar retirado. Les invitó a entrar, siempre que dejaran sus embarrados zapatos en el porche. Así que le siguieron sólo con los calcetines hasta un cuarto de estar frente a la cocina, donde el tapizado amarillo estaba a salvo de su ropa húmeda; no obstante, Hampstead les hizo esperar mientras colocaba unas gruesas toallas de color melocotón sobre dos butacas.

– Lo siento -dijo-, pero soy bastante remilgado.

La casa tenía el suelo de roble blanqueado y un mobiliario moderno. Bobby observó que hasta el último de los rincones estaba impecable.

– Treinta años en el Cuerpo de Infantería de Marina me inculcaron un respeto inquebrantable por la rutina, el orden y la limpieza -les explicó-. De hecho, cuando Sharon murió…, era mi esposa…, me volví un poco loco, creo yo, por la pulcritud. Los primeros seis u ocho meses después de su funeral estuve limpiando este piso dos veces por semana como mínimo, porque mientras limpiaba el corazón no me dolía tanto. Me gasté una fortuna en Windex, toallas de papel y bolsas de basura. ¡No les engaño si les digo que ninguna pensión militar puede soportar el hábito que adquirí! Superé esa fase. Hoy soy todavía remilgado, pero no estoy obsesionado por la limpieza.

Quiso invitarles a café, que acababa de preparar. Tazas, platos y cucharillas estaban impecables sin excepción. Hampstead dio dos servilletas de papel a cada uno y luego se sentó frente a ellos al otro lado de la mesa.

– Desde luego -dijo, después de que ellos expusieran el tema-. Conocí a Jim Román. Buen vecino. Era piloto de helicóptero en la base aérea de El Toro. Aquél fue mi último destino antes del retiro. Jim era un tipo fantástico, qué diablos, el hombre que se quitaría la camisa para dártela, o te preguntaría si necesitas dinero para comprarte una corbata.

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