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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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La mole del yate ocultó el sol. Entonces todo comenzó a transcurrir como en cámara lenta, cuando al estruendo de la colisión le siguió un agudo sonido rechinante que parecía interminable. La proa del Poco Bonito se empotró en el casco de estribor de su gigantesco antagonista y abrió un boquete en forma de V, que destrozó la sala de máquinas y acabó con la vida de los que estaban dentro.

Renée y Dodge se levantaron para lanzar los recipientes llenos de gasolina, con las mechas encendidas. Una de las botellas rebotó en la cubierta de teca sin romperse, pero la otra se hizo añicos y de inmediato apareció una gran bola de fuego que se extendió sobre la borda como una catarata ígnea. A continuación lanzaron las jarras, y luego la botella de vino, y todas estallaron en un incendio que abarcó la mitad del yate. La lujosa embarcación se convirtió de pronto en lo que parecía la pesadilla de un psicótico.

Sin esperar a que el pesquero perdiera el impulso, Gunn puso la marcha atrás. Durante unos segundos que parecieron eternos, el Poco Bonito permaneció inmóvil, con la destrozada proa hundida casi dos metros en el casco del Epona, atrapada como un puño en un tornillo de banco, mientras la hélice fustigaba el agua convulsivamente. Diez segundos, quince, después veinte. Por fin, con un agudo chirrido del plástico y los metales al romperse, comenzó a separarse. En cuanto la destrozada proa dejó el espacio libre, el légamo marrón entró por el boquete como un torrente y el yate comenzó a escorar.

Dos de los tripulantes del Epona, que estaban en el casco opuesto, comenzaron a disparar con sus armas automáticas contra el Poco Bonito. Su puntería era bastante incierta y disparaban bajo porque su mirada se veía afectada por la inclinación del casco de estribor. Los proyectiles levantaron surtidores en el agua alrededor del pesquero y unos cuantos atravesaron el casco. El agua penetró inmediatamente por los pequeños orificios.

Pitt y Giordino dispararon a bulto entre el humo y las llamas hasta que cesó toda resistencia a bordo del yate. La superestructura estaba oculta por el humo y el fuego. Se escuchaban claramente los gritos y alaridos en medio de la conflagración. Avivadas por una leve brisa, las llamas asomaron por el enorme boquete en el casco de estribor. El catamarán se hundía cada vez más, al tiempo que el casco de babor se levantaba por encima del agua.

Todos los que estaban a bordo del Poco Bonito se amontonaron en la borda para contemplar fascinados la agonía del yate. La tripulación del Epona subió sin demora al helicóptero, que ya tenía los motores en marcha. El piloto compensó el ángulo de inclinación en el despegue y de inmediato puso rumbo a tierra, sin preocuparse por los heridos a los que acababa de condenar a una muerte segura.

– Ponte a su costado -le ordenó Pitt a Gunn.

– ¿Quieres que lo aborde? -preguntó Rudi, inquieto.

– Quiero que te acerques lo suficiente para que pueda saltar a bordo.

Consciente de que no tenía sentido discutir con Pitt, Gunn se encogió de hombros y comenzó a acercar el barco averiado al yate, que ardía desde la timonera hasta la proa. Realizó la maniobra marcha atrás para aliviar la presión del agua que entraba por la proa rota.

Mientras tanto, Giordino trabajaba furiosamente entre los destrozos de la sala de máquinas del Poco Bonito haciendo las reparaciones imprescindibles para mantener el barco a flote y con potencia. Renée se ocupó de despejar la cubierta de todo lo superfluo, por el sencillo procedimiento de arrojarlo por la borda. Dodge, que estaba tiznado de pies a cabeza, bajó a la sentina, arrastró una bomba de achique hasta la sección de proa y comenzó a bombear para achicar el agua que entraba por el agujero que llegaba hasta el mamparo de proa.

Pitt esperó mientras Gunn maniobraba cuidadosamente para situar el Poco Bonito junto al Epona y cuando casi se tocaban se encaramó a la borda y saltó a la cubierta del catamarán detrás del salón comedor. Afortunadamente, la brisa empujaba el fuego hacia proa y la sección de popa aún estaba libre del incendio. Si pretendía encontrar a algún superviviente, tendría que hacerlo a la carrera antes de que el yate se hundiera en las profundidades. El rugido del incendio descontrolado era como el de una locomotora lanzada a toda velocidad.

Entró en el salón comedor y lo encontró vacío. Tampoco encontró a nadie en las otras salas. Intentó subir la escalerilla alfombrada hasta la timonera, pero se encontró con una pared de fuego que lo obligó a retroceder. El humo se le colaba por la nariz hasta los pulmones. Le lloraban y le ardían los ojos. Con los cabellos y las cejas chamuscadas, ya estaba por renunciar a la búsqueda y abandonar el barco cuando tropezó con un cuerpo tendido en el suelo de la cocina. Se agachó y al tocarlo se sorprendió al comprobar que se trataba de una mujer vestida sólo con un biquini. Se la cargó al hombro y regresó tambaleándose a la cubierta de popa, casi ahogado y ciego por el humo.

Gunn evaluó la situación en un santiamén y acercó el pesquero al yate hasta que chocaron las bordas. Luego salió corriendo de la timonera y ayudó a Pitt a pasar el cuerpo inerte de la mujer por encima de la borda. El calor de las llamas comenzó a chamuscar la pintura del casco del Poco Bonito. Después de acostar a la mujer suavemente en la cubierta, y sin tener tiempo para fijarse en otro detalle más allá de la larga cabellera roja, Gunn corrió de regreso a la timonera y se apresuró a apartar al barco del catamarán incendiado.

Pitt, que apenas si podía ver con los ojos irritados por el humo, le buscó el pulso y comprobó que era normal, lo mismo que la respiración. Le apartó los cabellos rojos de la frente, donde tenía un moretón del tamaño de un huevo. Dedujo que al producirse la colisión se había golpeado la cabeza con tanta fuerza que había perdido el conocimiento. La piel del rostro, los brazos y las largas y perfectamente torneadas piernas mostraban un bronceado uniforme. Su rostro era de una gran belleza, con una tez sin mácula y los labios gruesos y sensuales.

La nariz respingona era el complemento perfecto. Como tenía los ojos cerrados, no podía ver su color. Pero todo lo demás mostraba una mujer muy atractiva, con el cuerpo esbelto de una bailarina.

Renée acabó de arrojar por la borda una caja de boyas y se acercó rápidamente a la mujer tendida en la cubierta.

– Ayúdame a llevarla abajo. Yo me ocuparé de atenderla.

Todavía medio ciego, Pitt llevó a la mujer del yate hasta su camarote y la acostó en la litera.

– Solo tiene un buen chichón en la frente -comentó-. Podrías suministrarle aire de una de las botellas para ayudarle a limpiar el humo de los pulmones.

Pitt subió a cubierta a tiempo para presenciar el final del yate.

Se hundía lentamente, con el casco y la superestructura que una vez habían sido de color lavanda ennegrecidos por el fuego y manchados con el légamo marrón. Un patético y triste final para un hermoso barco. Lamentó haber sido el causante de su desaparición. Pero después la lógica reemplazó a la tristeza, cuando se imaginó al Poco Bonito sufriendo el mismo destino, con toda su tripulación muerta. Su pesar fue sustituido por la euforia de que sus compañeros y él estuvieran sanos y salvos.

El casco de estribor del catamarán ya estaba hundido del todo debajo del agua marrón. El casco de babor permaneció un par de minutos en el aire mientras la superestructura se sumergía lentamente, dejando atrás una espiral de humo. Las hélices de bronce pulido brillaron al sol, y luego desaparecieron. Excepto por el siseo cuando el agua apagó las llamas, el yate se hundió en silencio, sin protestas, como si quisiera ocultar cuanto antes en qué mina se había convertido. Lo último que se vio de él fue la bandera con el caballo dorado. Luego, el indiferente mar marrón se la engulló.

Tras la desaparición, el combustible afloró a la superficie y se extendió sobre el légamo para pintarlo de negro con manchas que el sol volvía irisadas. De cuando en cuando aparecían burbujas, junto con restos que salían a la superficie y se quedaban allí, como si esperaran ser arrastrados hasta alguna playa lejana por el viento y las mareas.

Pitt le dio la espalda a la tragedia y entró en la timonera, que tenía el suelo cubierto de cristales rotos.

– ¿Qué te parece, Rudi? ¿Llegaremos a la costa o tendremos que acomodarnos en las balsas?

– Quizá lo consigamos si Al logra que el motor no se pare y Patrick consigue achicar el agua que entra por la proa, cosa que parece poco probable. Entra más de lo que sacamos.

– También entra agua por los agujeros de las balas, por debajo de la línea de flotación.

– Hay una lona en uno de los armarios. Si pudiéramos bajarla sobre la proa como una máscara, quizá lograríamos reducir la entrada de agua lo suficiente para que no supere la capacidad de la bomba.

Pitt miró hacia la proa, que estaba hundida casi medio metro en el agua.

– Yo me encargo.

– No tardes mucho -le advirtió Gunn-. Continuaré marcha atrás para disminuir el ritmo de la inundación.

Pitt se asomó a la escotilla de la sala de máquinas.

– Al, ¿qué tal pinta la fiesta?

Giordino se acercó a la escotilla. Estaba hundido hasta las rodillas en el agua mezclada con légamo marrón, tenía las ropas empapadas, y las manos, los brazos y el rostro cubiertos de aceite.

– Apenas si consigo mantenerme por delante, y créeme, esto no es una fiesta.

– ¿Puedes echarme una mano en cubierta?

– Dame cinco minutos para limpiar la bomba. El légamo la tapona si no limpio los filtros.

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