Retorno a la Tierra [Earthfall - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #4
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6179-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
—No es un perro —dijo Yasai—. Oykib dijo que era inteligente. Una persona, no una bestia. Shedemei podrá curarlo, si eso es posible.
La criatura pestañeaba lentamente.
—¿Estás seguro de que no es un reflejo? —preguntó Xodhya.
Yasai se quitó la camisa.
—Ayudadme a apoyarlo aquí —pidió—. Sin romperle el cuello.
—Ya lo tiene roto —dijo Motiga.
—Pero tal vez la columna vertebral no. —Yasai silbó sorprendido—. Qué poco pesa.
—Le duele —dijo Vas—. Cierra los ojos de dolor.
—Pero no se queja —intervino Zdorab—. Soporta el sufrimiento con entereza.
—Sí, es todo un hombre —dijo Zhatva. Pero no se estaba burlando. La criatura era digna de admiración.
—¿Y si Elemak ve que lo llevamos? —preguntó Motya.
—Ojalá lo vea —respondió Padarok—. La criatura no lo amenazaba, y mira lo que le ha hecho. Aunque hubiera sido un perro…
No tuvo que terminar la frase. Cuatro de ellos cogieron las puntas de la camisa. Los otros cogieron sus faroles e iniciaron el lento descenso.
Eiadh oyó los gritos de alegría de los niños y supo que la partida de Elemak había regresado de su búsqueda nocturna. Elya estaría exhausto y frustrado después de la infructuosa expedición. Pero cuando viera a Zhivya, eso lo compensaría todo.
Esa mañana Zhivya aún dormía, tal vez agotada por el trajín del día anterior. Eiadh la cogió con cuidado; la niña se movió pero no se despertó. El mayor temor de Eiadh era que recordara algo de aquella experiencia. Ya tenía edad suficiente para caminar, pero sin duda no para conservar el recuerdo de algo. No habría pesadillas sobre cavadores robándola de la cuna o sobre viajes por largos túneles. No debía preocuparse por eso.
Zhivya despertó cuando Eiadh la llevó hasta el linde de la aldea. Allí estaba Elemak, alto y fuerte. Pese a todos sus defectos, un hombre atractivo, una figura poderosa. Eiadh volvió a recordar por qué se había enamorado de él en Basílica cuando ella era una muchacha tonta y superficial. Había demostrado no poseer la capacidad de contención ni de abnegación que Eiadh admiraba en otros hombres, y en casa ella y los niños debían andarse con cuidado para no irritarlo. Pero era su esposo, y Eiadh no era desgraciada por ello. Y menos aquel día, cuando habían rescatado a su hija de los monstruos subterráneos.
Al acercarse, notó que Volemak le contaba lo ocurrido. Mientras hablaba, Volemak miró a Eiadh; Elemak también la miró, y vio que tenía el bebé. Elemak sonrió. Habría podido demostrar más entusiasmo, pero estaba cansado.
De pronto hubo una conmoción. Yasai, Rokya, Xodhya y Zhyat transportaban algo en una camisa. La de Yasai, puesto que éste llevaba el torso desnudo. Volemak los envió a la nave, donde Shedemei estaba estudiando a los rehenes cavadores. ¿Qué era? No habrían dañado a un ángel, ¿verdad?
En cuanto se le ocurrió, supo que eso era precisamente.
Volemak reprendía a Elemak, y ahora Eiadh estaba suficientemente cerca para oír lo que decían.
—Pero ¿iba desarmado? —preguntaba Volemak—. ¿No te ha amenazado?
—Ya te lo he dicho. Creía que sabía dónde estaba mi hija.
—¿Y por eso le has hecho daño? Incluso si no te importara que tengamos que vivir en este lugar y quisieras ganarte innecesariamente la enemistad de una tribu de criaturas inteligentes, podrías haber pensado que destruir a la única persona que podía ayudarte era el colmo de la estupidez.
Volemak estaba fuera de sí, pensó Eiadh. Elemak no soportaba los sermones, sobre todo en público. Hasta ahora había respetado su juramento de obediencia, pero ¿para qué provocarlo?
Claro que ella no había visto al ángel herido, y Volemak sí. ¿Qué había hecho Elemak?
—Oh, sí, soy el colmo de la estupidez —respondió Elemak—. Pero tu héroe perfecto, con su capa mágica, estaba allí abajo jugando a ser Dios con un hatajo de ratas.
—Él recobró a tu hija, él, con Oykib. Protchnu y conmigo. Y lo hicimos rodeados de cavadores armados que nos superaban en número, porque tú insististe en llevarte a todos los hombres en edad de combatir, salvo a un puñado.
—Si me hubieras ordenado que dejara más… —empezó Elemak, pero Volemak lo interrumpió.
—Oh sí, me habrías obedecido… mientras me acusabas de desear la muerte de tu hija. Bien, Elya, ella ha sobrevivido, pero no gracias a ti. Ahora veamos si ese inofensivo ángel tiene tanta suerte.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrodillarme a los pies de Nafai para adorarlo? ¿Acaso es también mi dios? Eso fue demasiado para Eiadh.
—Podrías agradecérselo —murmuró—. El nos devolvió a Zhivya.
—No, no fue él sino el manto del capitán. Si yo tuviera el manto, me habría ido igualmente bien.
—No lo creas —dijo Eiadh—. Habrías estado en el desfiladero con el manto, usándolo para derribar ángeles mientras nosotros, sin defensa, éramos vencidos y exterminados por los cavadores.
—¿Cómo podía saber que unas criaturas que nunca habíamos visto se habían llevado a la niña?
—Oykib intentó decírtelo, pero te negaste a escuchar. Es uno de los motivos por los cuales no sirves para tener el manto. No sabes escuchar, y decides basándote en lo que sabes. Bien, Elemak, no lo sabes todo.
Eiadh oyó sus propias palabras y supo que hablaba más de la cuenta. La expresión de Elemak era escalofriante. No la había mirado así desde… desde que había jurado lealtad a Volemak durante el viaje.
—Conque así me recibe mi esposa cuando regreso a casa —se quejó.
—Me proponía recibirte con alegría —dijo Eiadh, inclinando la cabeza—. Lo siento.
Como ella se había sometido, Elemak pudo desquitarse con otros.
—Conque yo estaba equivocado —dijo—. Pero ninguno de vosotros se opuso. Sólo le respondió el silencio.
—Así que no me critiquéis si no tenéis sesos para presentar una idea mejor.
—Todos teníamos una idea mejor —dijo Padarok—. Todos sabíamos que estabas equivocado. Lo sabíamos desde el principio.
Esas palabras fueron como un bofetón para Elemak.
—¿Entonces por qué me seguisteis?
—Era tu hija la que faltaba —respondió Padarok.
—Eso no significaba que yo tuviera razón. Tal vez todo lo contrario, tal vez mi ofuscación no me dejaba pensar.
—En efecto, eso es lo que he dicho —dijo Padarok.
—¿Me seguisteis aunque no tenía razón? —preguntó Elemak—. ¿Me seguisteis sabiendo que estaba equivocado? —Su rostro despectivo no lograba disimular su evidente confusión.
—Elemak, ven adentro, ven a casa —le pidió suavemente Eiadh.
—No, quiero entender esto —dijo Elemak—. Quiero entender por qué estos presuntos hombres son tan estúpidos como para seguir a alguien porque está equivocado.
—Por favor, Elemak.
—No te seguimos porque estuvieras equivocado —dijo al fin Yasai—. Te seguimos porque actuabas irracionalmente. No sabíamos qué harías si rehusábamos obedecerte.
—¿A qué te refieres? Lo que importaba era encontrar a mi hija. Sólo eso importaba.
—¿De veras? —preguntó Eiadh—. En tal caso, te habrías detenido a escuchar a Oykib cuando trató de decirte que no eran los ángeles quienes se habían llevado a Zhivya. Ahora, por favor, deja de discutir. Todos están aquí y nadie ha resultado herido.
Elemak se zafó de la mano que ella le había apoyado en el brazo.
—No seas condescendiente conmigo, Eiadh.
—No te enfades, Elemak. Zhivya se perdió, y nos la han devuelto. Es un día de celebración, no de cólera. Incluso podrías dar las gracias a quienes nos la devolvieron.