Retorno a la Tierra [Earthfall - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #4
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6179-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
—El Guardián, obviamente.
—Sí, pero ¿no lo entiendes? Eso significa que el Guardián sabía cosas sobre nosotros en una época en que esa información no podía viajar a la velocidad de la luz. A la velocidad de la luz, el Guardián habría tenido que ver mi rostro casi ochenta años antes de que yo naciera para que aquí esculpieran la estatua hace cien años.
—Conque no lo sabemos todo sobre física. No me sorprende, ya que el Alma Suprema impedía que los seres humanos aprendieran demasiado sobre ciencia y tecnología.
—Pero Oykib, siempre he entendido que el Guardián era una especie de ordenador, como el Alma Suprema. El Alma Suprema fue creada por la humanidad durante su apogeo tecnológico, junto con nuestra nave estelar. Y en esa época no se sabía nada sobre comunicación más rápida que la luz.
—Pues alguien ha aprendido más.
—¿Quién, Oykib? Los seres humanos se fueron de la Tierra. ¿Quién construyó el Guardián, si tiene poderes que superan aquello que la humanidad podía producir en su apogeo?
—Tal vez no todos los humanos se fueron —respondió Oykib.
—Tal vez. Es un enigma. Entretanto, me gustaría salir de este lugar oscuro, fétido y mugriento. No debe faltar mucho para el alba, y estoy agotado.
—Yo también.
—¿Y cómo me libro de ésta? No tengo ni idea de cómo salir de aquí.
—Improvisa —le sugirió Oykib.
—Vaya, realmente me alegra que hayas venido para asesorarme.
Rompía el alba cuando la partida de Elemak llegó al lugar donde el desfiladero se convertía en una depresión y al fin en parte de un paso en la primera cadena de montañas. El ascenso en la oscuridad había sido lento, a pesar de los faroles. Tal vez precisamente a causa de ellos. Y no era una ayuda que Mebbekew y Obring compitieran por soltar la más larga y vil retahíla de palabrotas cada vez que resbalaban o que pasaban por un lugar particularmente difícil.
Zdorab odiaba escucharlos. De hecho, ahora lo comprendía, simplemente los odiaba, aun en los raros momentos en que guardaban silencio. Odiaba su manera de tratar a las mujeres. Odiaba su manera de tratar a los hombres. Odiaba su manera de pensar. Odiaba su manera de no pensar. No sabía a quién odiaba más. Por su parte, Obring era estúpido y brutal de nacimiento, y no por decisión propia. Era una condición crónica, la suya, que rayaba en lo continuo. En cambio Mebbekew era bastante brillante, pero optaba por comportarse como un estúpido. Parecía complacerse en la crueldad pero, a diferencia de Obring, no buscaba oportunidades para ser estúpido y cruel, sino que aprovechaba la ocasión cuando se le presentaba. ¿Cuál de ellos, pues, era más odioso? ¿El que era aborrecible por naturaleza o el que quería serlo pero no tenía suficiente ambición para descollar en ello ?
No sé por qué estoy aquí esta mañana, pensó Zdorab, saludando el alba en una serranía de la Tierra, persiguiendo a una criatura voladora que no ha dejado rastro y cuyo paradero desconocemos. ¿Por qué no estoy durmiendo en un sillón mullido, en una biblioteca de Basílica? ¿Por qué estoy realizando este agotador esfuerzo en compañía de la clase de hombres que más detestaba en la civilización? ¿Y, peor aún, recibiendo órdenes de ellos?
Zdorab sabía que casi todos los demás tenían pensamientos similares. No, no soñaban con camas mullidas en Basílica. Los más jóvenes nunca habían visto la ciudad, ninguna ciudad. No obstante, estaban llenos de resentimiento, sabiendo que no había esperanzas de lograr nada. Esas criaturas volantes debían vivir en sitios altos, inalcanzables. Y si habían secuestrado a la hija de Elemak, ¿cómo la salvaría un puñado de hombres? ¿Qué podían hacer con su improvisada selección de herramientas de labranza? ¡Entregadnos la niña, bastardos, o plantaremos un jardín!
Ante esta ocurrencia, Zdorab no pudo contener una sonrisa. Pero en cuanto alcanzó la cima, se encontró con la furibunda mirada de Elemak.
—¿Por qué sonríes, Zdorab?
—Estaba en otro mundo —le respondió Zdorab, inclinando la cabeza servil. Era una postura que había aprendido hacía tiempo. En general aplacaba la ira de los prepotentes—. Lo lamento.
—No lo lamentes. Cualquier mundo es mejor que éste.
Conque él también estaba resentido. Como si él mismo no hubiera sido una de las causas del viaje, con sus conspiraciones y confabulaciones en Basílica.
Pero Zdorab no dijo nada más. Se puso a mirar el terreno que el alba estaba desnudando. A esa altitud el aire era mucho más fresco y las matas no tan tupidas. Una niebla delgada se había formado en el valle, detrás del paso, como un río corriendo entre los árboles. La siguiente hilera de picos resultaba sobrecogedora por su escarpada belleza; detrás se apreciaban las cimas de un par de montañas tan altas que aun en esas latitudes tenían nieve. Había nevado varias veces cuando él vivía en Basílica, pero caían apenas unos centímetros de nieve que se derretía al cabo de un día. Sin embargo allí la nieve nunca debía derretirse. ¿Qué había dicho Shedemei? Montañas tan nuevas y altas que era un milagro que la corteza terrestre pudiera sostenerlas. Once mil metros. El Alma Suprema decía que en Armonía no había montañas tan altas, y por lo que revelaban sus archivos nunca antes había habido montañas tan altas en la Tierra. Éstas eran creaciones recientes de una placa oceánica que se había desplazado bajo lo que antaño fuera un istmo estrecho que unía dos continentes. Ahora era un gran macizo, el lugar más alto de la Tierra, y en su perímetro coexistían todos los climas y terrenos. En la costa oeste las montañas eran tan altas que impedían el paso de las nubes, creando un árido desierto. En el este había un paraje donde llovía sin cesar, día y noche, verano e invierno, de modo que, salvo algunos musgos resistentes que podían vivir bajo un perpetuo techo de nubes, no había allí más que roca.
¿Por qué Shedemei y yo no podemos abandonar esta aldea para explorar el nuevo planeta? Ellos no nos necesitan. No deseamos estar con ellos. Nuestros hijos ya han crecido y se han casado. Sería agradable visitarlos de cuando en cuando, pero no necesitan nuestros cuidados. Cuando ellos tengan hijos, les cantaré canciones tontas y los sentaré en mis rodillas. Dos veces por año.
Pensar en niños le hizo recordar por qué estaban allí. Por qué habían pasado la noche en vela, trepando a oscuras por un desfiladero. Y al mirar el valle vio que con las primeras luces los árboles desbordaban de vida. Criaturas voladoras brincaban al aire, volaban un corto trecho y regresaban a las hojas. Todas parecían llevar algo en los pies mientras volaban.
—Nos tienen pavor —murmuró Elemak.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Mebbekew.
—Porque están evacuando la aldea. Mira… se están llevando sus crías.
—Mira —dijo Zdorab—. Cuando las crías son un poco más grandes, son necesarios dos adultos para llevarlas.
—Buena vista —dijo Elemak—. Habrán sido necesarios cuatro para levantar a Zhivya. Y si creen que pueden escapar de mí llevándose sus crías…
—Pueden —dijo Vas con desdén—. Pueden escapar de nosotros cuando quieran, y precisamente llevándose sus crías a un lugar seguro. ¿ Qué harás, bailar en las copas de los árboles hasta alcanzarlos?
Elemak se volvió lentamente.
—Si no te interesa esta misión, vuelve a la aldea. Vas se disculpó de inmediato.
—Estoy cansado, Elemak. Estoy demasiado cansado para saber lo que digo.
—Entonces cierra el pico y mantén los ojos muy abiertos.
Zdorab suspiró y se alejó de aquella conmovedora escena de auténtica amistad. Las únicas personas que odiaban a Elemak más que sus enemigos eran sus amigos. Sin embargo lo seguían, porque sabían que él los necesitaba tanto que no podía ignorarlos, como habría hecho Nafai. Así es como muchos hombres ruines logran que otros los sigan, pensó Zdorab. No pueden conseguir gente buena, y necesitan a alguien, así que tienen que aceptar a individuos que no pueden encontrar un buen hombre que los reciba. Era un milagro que el mal persistiera en el mundo, pues las personas que lo practicaban no podían aguantarse, y por buenos motivos.