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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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El dios era tan grande que tuvo que andar a cuatro patas para atravesar los túneles. Claro que podría haber caminado erguido, destrozando los techos. Pero prefirió no hacerlo, dejando los túneles intactos para la gente. ¡Cuánta amabilidad! ¡Cuánta generosidad para gusanos como nosotros, que reptan en la tierra!

Alrededor se oía el correteo de mil pies, mientras hombres y mujeres y niños se apiñaban en todos los pasajes abiertos, ansiando ver al dios. Emeezem vio manos que se alzaban para recibir la luz del cuerpo del dios, padres que levantaban sus bebés para que la luz del dios bendijera sus cuerpos. Y el dios la seguía, siempre rutilante.

Llegaron a la cámara donde años atrás Emeezem —no, entonces sólo era Emeez— había visto por primera vez la intacta cabeza del dios. Se detuvo, y le suplicó que los perdonara por dejarlo tanto tiempo en esa oscuridad.

El subdiós le habló al dios, quien respondió, se lamió el dedo, extendió la mano y tocó el dintel de la puerta. Así dejaba el fluido de su cuerpo en la entrada del recinto. Era mucho más que un mero perdón. Emeezem sintió un profundo alivio, y no fue la única. Oyó una voz masculina que cantaba:

—Pusimos tu gloriosa cabeza en la oscuridad, sin adorarla porque en la arcilla no veíamos tu luz. Pero tú nos devuelves las aguas de la vida, y traes luz al estómago de la tierra. ¡Oh noble, oh grande!

Y otros cantaban, aprobando esas palabras.

—¡Oh noble, oh grande! ¡Oh noble, oh grande! ¡Oh noble, oh grande!

El dios les hizo el cumplido de quedarse allí, inmóvil, hasta que el canto cesó. Entonces Emeezem continuó la marcha, corredor arriba, hasta el templo que había hecho construir para el dios, a partir del día en que la habían nombrado madre raíz. Había pensado que la estatura del dios debía guardar proporción con el enorme tamaño de su cabeza, y había hecho cavar el templo a gran profundidad para que el techo pudiera ser alto. También situó el templo de tal modo que el techo llegaba hasta una grieta de la roca, lo que permitía que un poco de luz diurna entrara en la cámara. Y en el punto más brillante de ese fulgor tenue y difuso, sobre un pedestal hecho con huesos de reses del cielo, había puesto la cabeza.

Ahora era de noche, así que había poca iluminación cuando el dios entró en el templo. Pero él llevaba su propia luz, y alumbraba cada rincón del recinto cuando se puso de pie. Otros entraron detrás de él, congregándose junto a las paredes del templo mientras él se acercaba al pedestal donde se erguía la escultura. Ahora vería cómo lo habían adorado, una vez que comprendieron que su extraña y enorme cabeza no era indicio de debilidad sino de poder. ¿Acaso no le habían ofrecido toda la cosecha primaveral de crías de reses del cielo ese primer año, para que su pedestal se levantara a mayor altura que el de ningún otro dios? ¿Acaso no habían desgarrado y compartido gran cantidad de carne de las reses del cielo en su honor, todos los años, desde entonces? Pero nadie había usado su cabeza en la época del celo, porque entendían que él no debía ser adorado de esa manera.

El dios caminó despacio hasta el rostro y se detuvo. Brillaba con el resplandor de su cuerpo, y su rostro radiante se reflejaba en un rostro terroso. Se acercó, lo tocó. Alzó la cabeza hacia la tenue luz de las estrellas y se hincó de rodillas.

Entiendo, pensó Emeezem. Nos muestras cómo adorarte. No podemos hacer exactamente lo que has hecho, porque nuestras rodillas no se doblan en esa dirección. Pero tocaremos el rostro como lo has tocado. ¿Había un motivo para que tocaras los labios? ¿Siempre deberán ser los labios? ¿O tocaremos la parte del rostro que deseamos que bendigas en nosotros? Debes decírmelo. Tal vez después, si te dignas manchar tus labios hablando nuestro idioma, si tu subdiós prefiere hablar nuestra lengua impura. Tocamos tu rostro, miramos la luz, nos acuclillamos ante tu rostro y lo miramos, sí, lo recordaré. Todos recordaremos.

Como todas las mujeres, Shedemei estaba asustada, asqueada y fascinada por la procesión de cavadores que entraron en la aldea, trasladando a los compañeros que Nafai había dejado inconscientes. Pero era responsabilidad suya hacer algo con ellos, así que dejó de lado sus sentimientos personales y condujo a los cavadores a la nave. Pronto comprendió las intenciones de Volemak; él le había visto efectuar estudios inofensivos de los pocos animales que había revivido, y sabía que podía aprender mucho sobre una criatura usando el instrumental de la nave. Era imperativo comprender las estructuras y sistemas físicos que configuraban la vida de los cavadores, pero era igualmente importante no causarles daño.

Aunque quizá no fuera buena idea permitir que los cavadores vieran el interior de la nave. Por lo poco que había dicho Dza, sabía que Nafai los había abrumado con el poder del manto de capitán. Tal vez las lisas y lustrosas superficies del interior de la nave realzaran ese efecto, tal vez no. Era peligroso dejar que los cavadores vieran que los humanos eran, a fin de cuentas, humanos; que obraban milagros con ayuda de herramientas y máquinas y no por medio de poderes divinos y congénitos.

Pero eso quedaría para otro día. Volemak había tomado su decisión, y era lo mejor. Y aunque no lo fuera, Shedemei obedecería. La paz que habían tenido durante aquellos meses, desde su llegada a la Tierra, se basaba en su autoridad; Shedemei obedecería aunque Volemak estuviera equivocado. Shedemei sólo quería la paz. La oportunidad de hacer su trabajo sin tener que tomar partido en la incesante lucha familiar entre los hijos de Volemak y Rasa.

Una vez que se hubieron ido los porteadores, lo primero era sedar a los cavadores para que no despertaran en un momento inoportuno. Habían transcurrido cuarenta millones de años de evolución desde que las líneas biológicas de la Tierra y Armonía habían divergido, pero en el nivel químico era donde la vida resultaba más conservadora. Una leve dosis del sedante más seguro bastaría. Shedemei habló con el ordenador médico mientras pesaba cada cuerpo. El ordenador calculó las dosis y ella apretó los tampones contra la piel rosada.

Una tez rosada y lampiña. ¿Por qué aquellos roedores habrían perdido la pelambre? Shedemei sospechaba que no existía una buena razón evolutiva para ello, que la razón era cultural. Alguna pauta de belleza se había generalizado y luego sólo los poseedores de ese rasgo de belleza podían aparearse. Pronto la piel rosada habría predominado en la cultura mientras que el vello quedaba relegado a algunos miembros despreciados. De otro modo no tenía sentido. La piel de cavador no tenía melanina. Con razón debían permanecer en túneles sombríos, a diferencia de sus antepasados las ratas. No podrían soportar las quemaduras si salían de los árboles.

Después de sedarlos, Shedemei inició sus análisis. Pero entonces la somnolencia la cubrió como una ola en la playa, y Shedemei comprendió que después de permanecer despierta toda la noche no estaba en óptimas condiciones para emprender investigaciones serias. Usó el carro para trasladar a los cavadores a cámaras de animación suspendida. Sintonizó las cámaras en soporte vital normal para que no pasaran a la modalidad de animación suspendida. Las dosis de animación suspendida tal vez no fueran adecuadas para los cavadores, y en ese caso no podría revivirlos.

Luego fue a su litera y se acostó a dormir un rato. Un par de horas y estaría bien. Recordó su modo de vida en Basílica antes de que la convencieran —qué va, no la habían convencido, sino engañado, manipulado, obligado— de sumarse al éxodo de Volemak en el desierto. En esos tiempos, cuando perseguía con entusiasmo un gen difícil de encontrar, trabajaba el día entero, durmiendo breves siestas que sumaban poco más de un par de horas de sueño por día. El entusiasmo del descubrimiento y la creación era más importante que dormir y comer. Nunca había querido dejar esa vida.

Bien, la había dejado, y no estaba del todo disconforme. Para empezar, Basílica había sido destruida cuando Moozh intentó edificar un imperio, así que en cualquier caso ella no habría podido continuar con su antigua vida. Y aunque Basílica aún estuviera en pie, el viaje por el desierto le había dado cosas buenas. Sus hijos Padarok y Dabrota, cuyos nombres significaban Regalo y Bondad, y que eran merecedores de esos nombres. Zdorab, su tímido y complicado esposo, un hombre que nunca había deseado a las mujeres y aun así le había dado dos hijos, aparte de su buena compañía durante tantos años. A pesar de que él carecía del deseo y ella del interés, se habían ayudado mutuamente a participar en la gran corriente de la vida y la creación. Habría sido lamentable pasarme la vida modelando vida sin participar nunca en ello. Me alegra que eso se haya evitado.

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