El Prisionero Enmascarado
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 9788466615976
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:
Creyó ver abrirse el cielo cuando apareció François llevando al niño en brazos. François no había de olvidar nunca la mirada que le dirigió, ni las palabras que murmuró a través de lágrimas de alegría:
— Os llamé «Monsieur Ángel» hace mucho tiempo, cuando me encontrasteis en el bosque, y estaba convencida de que lo erais. Esta noche estoy segura de que es así.
Él también estaba conmovido, pero rehusó quedarse ni un instante en la casa de Jean de Fontsomme. Quería seguir la pista del raptor, hostigarle y, de paso, librar al mundo de la ex Mademoiselle de Chémerault. En su ansia de venganza, soñaba con prender fuego a su casa como años atrás había destruido el castillo de La Ferrière. Pero cuando entró en la mansión de la Rue Neuve-Saint-Paul, con los servidores de su casa que Ganseville había ido a buscar, el edificio estaba vacío. No quedaba ni siquiera el portero. Y nadie, ni siquiera su aliada de la tarde anterior, cuyos ojos azules veían con tanta claridad, pudo decirle cómo habían desaparecido la dama y sus secuaces.
Tanto más furioso porque se acercaba el momento en que finalizaría el plazo concedido por el rey, se disponía a marchar de nuevo a Fontainebleau para pedir un poco más de tiempo y órdenes de arresto en debida forma cuando Ganseville vino a anunciarle, perdida toda su calma habituaclass="underline"
— ¡Está aquí!
— ¿Quién?
— Madame de Fontsomme. Desea hablaros…
François sintió un ligero mareo. Tener a Sylvie en su casa, a Sylvie en la casa a la que había llevado a tantas mujeres para intentar borrar su recuerdo sin conseguirlo nunca, le parecía a un tiempo maravilloso y vagamente escandaloso. Corrió hacia ella tras una ojeada a las ventanas, detrás de las cuales brillaba el soclass="underline" el tiempo le permitiría recibirla en el jardín. La encontró en mitad de la escalera, la tomó de la mano y la llevó.
— Venid -dijo-. Vamos fuera. Esta casa no es digna de vos.
El jardín era pequeño pero aquella mañana los rayos aún tibios del sol lo teñían de oro. Los árboles lloraban en silencio sus hojas enrojecidas alrededor de una fuente que representaba a una ninfa vertiendo el agua contenida en un cántaro. Había allí un banco de piedra; él la invitó a sentarse pero se quedó de pie ante ella.
— ¿Vos en mi casa? -empezó en voz baja-. Me faltan palabras para expresar mi alegría.
Sin responder, ella le tendió una carta sin sello que acababa de sacar de un bolsillo de su amplia capa de terciopelo negro. Pronto estuvo leída: no eran más que unas pocas palabras, pero con una gravísima amenaza implícita en su forma abstracta: «Lo que no se hizo por la mañana, puede ser hecho por la tarde…»
Saint-Rémy debía de haber leído a Maquiavelo en alguna parte. Las manos nerviosas del duque arrugaron el papel.
— ¿Cuándo lo habéis recibido?
— Hace una hora, por medio de un chiquillo que la entregó al portero y se fue corriendo.
— De modo que ese miserable no sólo se ha escapado sino que se burla de nosotros. ¿Cómo pude dejarle huir…? Hay que encontrar a cualquier precio un modo de proteger a nues… a vuestro hijo. Me preparaba para ir a ver al rey, y quizá…
Ella le detuvo con un gesto.
— ¡No! Desde que recibimos esto, el caballero de Raguenel y yo hemos estado pensando. Dondequiera que esté Philippe, en este reino, correrá peligro mientras ese bandido siga suelto. Incluso dentro de un convento, el peligro le acechará en todas partes. Salvo…
— ¿Salvo?
— Salvo a vuestro lado. François, he venido a rogaros que aceptéis llevároslo con vos. Primero a Brest y después al mar…
— ¿Me lo confiaréis?
Maravillado por la felicidad que le ofrecía y que ella había de pagar con lágrimas amargas, dobló la rodilla ante ella y abrió las manos como para recibir aquel hermoso regalo, pero sin atreverse a tocarla. Fue Sylvie quien se inclinó y colocó sus dedos en aquellas grandes palmas.
— ¿Quién podría cuidar mejor de él que su padre? -murmuró-. Además, sé que haréis de él un hombre digno del nombre que lleva.
— ¡Lo juro por mi vida! Pero él, ¿qué piensa? ¿Le habéis hablado de esa idea?
Un esbozo de sonrisa suavizó aquel bonito rostro tenso, marcado por las garras de la angustia.
— ¿Él…? ¡Está loco de alegría! En lugar de entrar en un colegio, va a ser el paje de un príncipe, y sobre todo va a ver el mar, los barcos…
— ¿Le gustan?
— Tanto como a vos mismo. Debería ser una persona de tierra adentro, apegada al terruño, pero lo cierto es que sólo sueña con el mar abierto. ¿Cuándo marcháis?
— En estas condiciones, mañana mismo. Yo mismo pasaré a recogerle, en coche. Una vez en Brest, escribiré al rey que sus órdenes han sido obedecidas.
Sin soltar las manos de François, que ahora aferraban las suyas, Sylvie se puso en pie.
— Le veré antes que vos. En cuanto Philippe se marche, volveré a Fontainebleau.
Los dos caminaban ahora lado a lado, con pasos lentos. Con un gesto natural que hizo estremecer a François, Sylvie deslizó su mano bajo el brazo de él, y él colocó de inmediato la otra mano sobre la de ella. Durante unos minutos demasiado breves, saborearon el instante infinitamente dulce que les unía en un amor mucho más grande que ellos, que era la sublimación del que no habían vivido nunca, porque se vieron unidos en parentesco sin haber formado nunca una pareja.
— Cuidaréis de él, ¿verdad? -preguntó ella con una vocecita tan triste que François hubo de luchar con el deseo de estrecharla entre sus brazos. Le pareció que corría el riesgo de estropearlo todo, y se contentó con apretar con suavidad los delicados dedos.
— Vivirá siempre a mi lado…
— ¡ Ah, lo olvidaba! Está también el abate de Résigny, su preceptor. Se muere de miedo al pensar en navegar, pero no quiere apartarse de su alumno. Ya estaba dispuesto a acompañarle al colegio para preservarle de las amistades peligrosas. De modo que entre marinos…
Beaufort no pudo evitar echarse a reír, y eso les hizo bien a ambos.
— Tengo ya un capellán, pero si vuestro abate sabe jugar al ajedrez será bienvenido. Y si no sabe, le enseñarán.
Se detuvieron en la puerta de la casa. Con un gesto lleno de ternura, François colocó el capuchón de terciopelo en torno al rostro de Sylvie.
— ¡Id en paz, corazón mío! Sabéis muy bien que, sin conocerlo, siempre he querido a nuestro pequeño Philippe. Os prometo que será feliz. Mañana iré a buscarle…
Ella se alzó sobre la punta de los pies para posar, en la mejilla bien afeitada, un beso ligero y perfumado como el pétalo de una flor.
— ¡Que Dios os bendiga y os guarde!
Una hora después de la marcha de su hijo, Sylvie regresó a Fontainebleau, y aquella misma tarde fue recibida por el rey a la vuelta de su paseo. En efecto, Luis XIV tenía prisa por conocer noticias de aquel asunto que había empezado en su gabinete. Aprobó la actuación de Beaufort y, aunque habían sido adoptadas sin su permiso, aprobó también las medidas tomadas para la seguridad del joven Fontsomme. Se contentó con observar:
— ¿No teméis, al confiar vuestro hijo al duque de Beaufort, dar pábulo… a ciertos rumores?
Sin vacilar, Sylvie le miró directamente a los ojos.
— Se actúe como se actúe, Sire, siempre se da que hablar; y por esa misma razón, me atrevo a pedir al rey que tenga a bien guardar en secreto esa marcha… debido a esto.
Tendió al monarca la carta amenazadora recibida al día siguiente del rescate de Philippe. Luis XIV la tomó, la leyó, frunció el entrecejo y luego colocó el papel sobre su mesa de despacho y lo sujetó con la mano, manifestando así su intención de guardarlo.