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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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— ¡Son cuatro, monseñor! No vayáis solo.

— ¿Quién eres?

— La Chaussée, el criado de la marquesa. Esperad un instante, voy a buscar a vuestro escudero…

— ¡Empieza por ayudarme a saltar esa tapia!

En efecto, la silla había quedado abandonada en el pasaje y la puerta había vuelto a cerrarse detrás de los cuatro hombres. Sin responder, La Chaussée se inclinó y ofreció sus manos cruzadas como apoyo para la bota de Beaufort, que se izó como una pluma y se encontró en lo alto del muro, desde donde se deslizó al interior ágil y silenciosamente. Mientras, los cuatro hombres con su fardo habían llegado al fondo del cementerio y se pusieron no a excavar la tierra, sino a levantar y hacer deslizarse lateralmente una losa que daba acceso a un sepulcro. Beaufort oyó chirriar la piedra y, sin esperar el socorro anunciado, corrió entre las tumbas con la espada en alto. Afanados en su tarea, los hombres no le vieron llegar y uno de ellos cayó de bruces con un estertor, atravesado de lado a lado sin saber siquiera qué le había ocurrido. Pero el efecto sorpresa no duró: al tiempo que retiraba su arma del cadáver, ya otro malandrín había desenvainado y le atacaba. Tocado en el brazo, Beaufort dio un salto atrás, tropezó con el muro del cementerio y se apoyó contra él para afrontar no sólo al hombre armado, sino a los dos porteadores de la silla, armados uno con una palanca y el otro con una barra de hierro. Demasiado furioso para sentir el dolor, dio unos molinetes tan terribles con su espada que los otros, sorprendidos, retrocedieron a la espera de un descuido que les permitiera alcanzarle. No le costó esfuerzo atemorizar a los dos porteadores, pero el tercer hombre demostró conocer muy bien el manejo de la espada. Y de repente, Beaufort gritó:

— ¡No te escaparás, Saint-Rémy o quienquiera que seas! ¡Voy a matarte como la mala bestia que eres!

— Te costará hacerlo. Somos tres y tú estás solo.

¡De modo que era él! Beaufort sintió que le nacían alas y cargó con un ímpetu enloquecido. La palanca, lanzada por una mano vigorosa, no le alcanzó por los pelos, y al segundo siguiente el lanzador se derrumbó con un espantoso gorgoteo, la garganta atravesada por la espada de Ganseville. El hombre de la barra de hierro corrió la misma suerte. Entonces, viéndose atrapado entre dos fuegos, Saint-Rémy abandonó bruscamente el combate, huyó como una flecha entre las tumbas y desapareció tan súbitamente como si la tierra se hubiera abierto a su paso. Ganseville se dedicó a perseguirlo mientras François corría a arrodillarse junto al cuerpo envuelto en una manta que habían colocado al lado de la tumba abierta. Estaba tan conmovido al apartar la tela con una mano temblorosa, que las lágrimas anegaron su rostro: el hijo de Sylvie yacía ante él, víctima de un aventurero y una mujer miserable. Y él, Beaufort, tendría que llevarlo a una madre cuya desesperación anticipaba con espanto.

De repente, al inclinarse sobre el niño para abrazarlo, notó que la piel estaba caliente y que Philippe respiraba… Le invadió una violenta oleada de júbilo.

— ¡Ganseville! -llamó sin preocuparse del ruido que hacía-. ¡Ganseville, ven aprisa! ¡Está vivo! ¡Vivo!

Tomó al niño en sus brazos y, sin ocuparse de su herida, con el rostro levantado hacia las estrellas, pareció ofrecerlo al cielo.

El escudero acudió y examinó al muchacho.

— Está vivo pero inconsciente… Han debido de drogarlo, pero ¿con qué?

— ¿Y si es un veneno que está haciendo efecto? -se alarmó el duque.

— No parece que sufra…

— ¡Y esos miserables iban a enterrarlo vivo! ¿Cómo se puede ser tan innoble?

Sin responder, Ganseville se acercó al sepulcro abierto y comprobó que una escalera descendía a las tinieblas. Bajó unos peldaños y volvió a subir.

— No creo que tuvieran intención de matarlo; más bien de esconderlo mientras los oficiales del rey registraran el hôtel La Bazinière, como vos le amenazasteis hace unas horas. A Saint-Rémy no le interesa que el niño desaparezca para siempre sin que se sepa qué ha sido de él. Sin duda pretende utilizarlo para sacar dinero a su madre.

— Pero ¿te imaginas a este pobre niño despertando en una tumba? Podría morir de miedo.

— ¡También es posible! En ese caso, se descubriría un cadáver sin la menor huella de malos tratos ni rastro de veneno.

— Aún no estoy seguro de que no le hayan dado nada. Hay que intentar despertarlo… y atenderlo.

No tuvieron que buscar mucho para encontrar ayuda. La inusual agitación en el cementerio y los gritos de François habían despertado a algún jesuita. Apareció un hombre vestido de negro y con un bonete cuadrado, provisto de una linterna. Sin dudarlo, Beaufort se presentó y contó lo que acababa de ocurrir. El recién llegado se acercó a mirar al niño inconsciente.

— Uno de nuestros hermanos es un excelente médico.

Le examinará… En cuanto a esto -añadió, señalando el sepulcro abierto-, no es una tumba sino una antigua bodega del hôtel Saint-Paul. Nosotros la tapiamos cuando se construyó la iglesia. Creo que nos habíamos olvidado de su existencia… ¡Venid conmigo!

Mientras seguía al religioso y a Beaufort, que llevaba a Philippe, Ganseville sonrió para sus adentros. No era propio de los jesuitas olvidar un detalle tan importante como una salida secreta. Faltaba saber cómo había conseguido descubrirla Saint-Rémy.

Una sala baja y fría, amueblada con un austero crucifijo mural y algunos bancos, acogió al pequeño grupo. El jesuita encendió con su linterna algunos cirios colocados delante de la imagen sagrada, y luego salió mientras Beaufort y Ganseville colocaban a Philippe tendido en un banco. El niño estaba tan inmóvil como un muñeco, pero su respiración era regular, aunque débil. El viejo religioso le examinó con más cuidado del que empleaban habitualmente los médicos. Finalmente se inclinó junto a su boca, olisqueó repetidamente y levantó hacia Beaufort su mirada vivaz y su larga nariz cabalgada por unas antiparras.

— Una fuerte dosis de opio -diagnosticó-. Habría podido matar a un niño menos vigoroso que éste, pero creo que no hay que preocuparse. Llevadlo a su casa y esperad a que despierte. ¿Me han dicho que unos maleantes pretendían enterrarlo en nuestro cementerio?

— Sí, padre. Estoy agradecido a Dios por haberme permitido llegar a tiempo. Debo añadir que para salvarlo hemos matado a tres hombres. El cuarto ha huido, por desgracia.

— Dios sabrá encontrarlo. No os preocupéis de esos cadáveres, nosotros los enterraremos. ¿Disponéis de un coche para llevar al niño?

— Tenemos caballos. Mi escudero irá a buscarlos… y yo mismo volveré mañana a ofreceros a vos y a vuestra santa casa el donativo que me dicta mi gratitud.

Momentos después, François, feliz como no lo había sido desde hacía mucho tiempo, devolvía su hijo a Sylvie, aún dormido pero sano y salvo. No tuvo que esperar apenas a que le abrieran el hôtel de Fontsomme, donde nadie dormía. A su vuelta de Fontainebleau, la duquesa había encontrado una carta con la exigencia de un rescate: el día siguiente a medianoche tenía que depositar cincuenta mil libras al pie de la estatua del rey Enrique IV, en el Pont-Neuf, y regresar a su casa, a la que sería llevado el niño una hora después de la entrega del dinero. Desde ese momento, ella y Perceval se ocupaban de reunir la suma, pero sin demasiadas esperanzas de volver a ver a Philippe. ¿Cómo confiar en gente de esa calaña? Sin embargo, era necesario seguir su juego hasta el final.

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