La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Ya no te amo -le dije.
Recorrió con la mano mi espalda. Su piel ya no era suave como el ante. Se había convertido en papel de lija. Le propiné un manotazo, pero me agarró las mejillas entre sus manos, obligándome a mirarle a la cara. Incluso en la oscuridad, podía percibir lo demacrado que estaba. Ella se lo había llevado entero y lo había dejado vacío.
– Ya no te amo -le dije.
De repente, unas gotas calientes me humedecieron el rostro. Me quemaron la piel como si fueran azufre.
– Te daré todo lo que me pidas -sollozó.
Le aparté de mí y salí con dificultad de la cama.
– Ya no te quiero -le contesté-. Y ya no podré volver a quererte.
A la mañana siguiente, Dimitri y yo tomamos el desayuno en el Café de Brasil de la avenida Joffre. Se sentó con las piernas estiradas hacia la franja de luz que entraba por la ventana. Tenía los ojos cerrados y su mente parecía estar a kilómetros de distancia. Aparté los champiñones de mi tortilla con el tenedor, dejándolos para el final. «Champiñones en los bosques se esconden como tesoros secretos, esperando a las deseosas manos que los recojan», recordé la canción de mi madre. El café estaba desierto salvo por un camarero bigotudo que rondaba junto al mostrador, haciendo como que lo estaba limpiando. El aire olía a madera, aceite y cebollas. Incluso ahora, siempre que percibo esa combinación de aromas, recuerdo la mañana después de que Dimitri volviera a mi lado.
Deseaba saber si había regresado porque me amaba o porque las cosas se habían estropeado con Amelia. Pero no me atrevía a preguntárselo. Las palabras se me pegaban a la lengua como un sabor desagradable. La incertidumbre se levantaba como una barrera entre nosotros. Hablar de ella significaba evocar su recuerdo, y yo tenía demasiado miedo como para hacerlo.
Después de un rato, Dimitri se incorporó en la silla y estiró los brazos.
– Tienes que volver a mudarte a la casa -comentó.
El mero pensamiento de ver la casa de nuevo me revolvió el estómago. No deseaba vivir en un lugar en el que Dimitri había estado con Amelia. No deseaba percibir la traición en todos y cada uno de los muebles. Me negaba a dormir en mi antigua cama, una vez que había sido profanada.
– No, no quiero -le contesté, apartando mi plato a un lado.
– La casa es más segura. Y a partir de ahora, es eso de lo que tenemos que preocuparnos.
– No quiero ir a la casa. Ni siquiera deseo verla.
Dimitri se frotó el rostro.
– Si los comunistas toman al asalto la ciudad, el primer lugar por el que entrarán en la Concesión será a través de tu calle. El apartamento no tiene protección. Por lo menos, la casa tiene el muro.
Tenía razón, pero aun así, yo no quería ir.
– ¿Qué crees que nos harán si vienen? -le pregunté-. ¿Nos enviarán a la Unión Soviética como hicieron con mi madre?
Dimitri se encogió de hombros.
– No. ¿Quién conseguirá dinero para ellos? Tomarán el gobierno y confiscarán los negocios chinos. Lo que en realidad me preocupa son los saqueos y los disturbios.
Dimitri se levantó para marcharse. Cuando comprobó que yo titubeaba, alargó su mano hacia mí.
– Anya, quiero que estés conmigo -me dijo.
Me dio un vuelco el corazón cuando vi la casa. El jardín estaba enlodado por la lluvia. Nadie se había molestado en podar los rosales. Se habían convertido en amenazantes trepadoras que culebreaban paredes arriba, arañando con sus tentáculos los marcos de las ventanas y dejando manchas marrones en la pintura. El árbol de gardenias había perdido todas sus hojas y no era más que un tallo sobresaliendo del suelo. Incluso la tierra de los parterres parecía solidificada y empobrecida: nadie había plantado bulbos en primavera. Escuché a Mei Lin canturreando en la lavandería y me di cuenta de que Dimitri debía de haberla enviado a la casa el día anterior.
La anciana doncella abrió la puerta y sonrió cuando me vio. La expresión transformó sus hundidos ojos. Por un momento, parecía radiante. Durante todos los años desde que la conocía, no me había sonreído ni una sola vez. Repentinamente, a medida que nos precipitábamos al borde del desastre, había decidido que yo le gustaba. Dimitri me ayudó a introducir mis maletas en la entrada, y me pregunté si el resto de los sirvientes se habría marchado.
Las paredes de la sala estaban vacías, todos los cuadros habían desaparecido. Donde antes había sólo lámparas, ahora había agujeros.
– Lo he guardado todo, para mantenerlo a salvo -dijo Dimitri.
La anciana doncella abrió mis baúles y comenzó a transportar mi ropa escaleras arriba. Esperé hasta que no pudiera escucharme antes de volverme hacia Dimitri y espetarle:
– A mí no me mientas. No vuelvas a mentirme.
Se estremeció como si le hubiera golpeado.
– Lo has vendido todo para mantener el club. No soy estúpida. Ya no soy una cría, a pesar de lo que tú pienses. Soy mayorcita, Dimitri. Mírame. Ya soy mayor.
Dimitri me rozó la boca con la mano y me apretó contra su pecho. Estaba rendido. También había pasado el tiempo para él. Podía sentirlo a través de su piel. Apenas le latía el corazón. Me abrazó con fuerza, presionando su mejilla contra la mía.
– Se las llevó ella cuando se fue.
Sus palabras me golpearon como una bofetada. El corazón me dio un vuelco en el tórax. Pensé que iba a resbalar hasta introducirse por la boca del estómago. De modo que, efectivamente, ella le había dejado. Él no me había preferido a mí respecto a ella en absoluto. Me aparté de Dimitri y me apoyé contra el aparador.
– ¿Se ha marchado? -pregunté.
– Sí -contestó, mientras me observaba.
Inspiré profundamente, tambaleándome entre dos mundos. Uno en el que recogía mis maletas y me volvía al apartamento, y otro en el que me quedaba con Dimitri. Me presioné la frente con las palmas de las manos.
– Entonces, la olvidaremos por completo -le contesté-. Ella ya no pertenece a nuestras vidas.
Dimitri se derrumbó contra mí y lloró sobre mi hombro.
– «Ella», «la desaparecida». Ésos serán los términos que utilizaremos para hablar de Amelia a partir de ahora -sentencié.
Los tanques del ejército nacionalista rugían por toda la ciudad día y noche, y las ejecuciones sumarias de simpatizantes comunistas por las calles se convirtieron en un suceso diario. Una vez, de camino al mercado, me crucé con cuatro cabezas decapitadas clavadas en señales de tráfico y no reparé en ellas hasta que una niña y su madre no gritaron detrás de mí. Durante aquellos días, las calles siempre apestaban a sangre.
El nuevo toque de queda nos obligaba a limitar la apertura del club a tres noches por semana, lo cual era una especie de bendición, porque no teníamos suficiente personal. Todos nuestros chefs más importantes se habían ido a Taiwán o a Hong Kong, y era difícil encontrar músicos que no fueran rusos. Pero, durante las noches en las que sí abríamos, los clientes habituales siempre se presentaban, ataviados con sus mejores galas.
– No voy a dejar que una pandilla de campesinos enfadados me estropee la diversión -me confesó la señora Degas una noche, dando una larga calada a la boquilla de su cigarrillo-. Lo echarían todo al traste si les dejáramos.
Su caniche había sido atropellado por un automóvil, pero ella lo había sustituido estoicamente por un loro llamado Fi-fi.
Su opinión se reflejaba en los rostros de los otros clientes habituales que se habían quedado en Shanghái. Hombres de negocios británicos y estadounidenses, comerciantes marítimos holandeses, nerviosos empresarios chinos. Una obsesiva alegría de vivir nos mantenía en movimiento.
A pesar del tumulto en las calles, bebíamos vino barato como si fuera de una cosecha añeja y picábamos taquitos de jamón cocido como antes comíamos caviar. Cuando había apagones, encendíamos velas. Dimitri y yo bailábamos valses en la pista de baile todas las noches, como recién casados. La guerra, la muerte de Serguéi, y Amelia parecían pertenecer a un extraño sueño.