Mi enemiga la reina
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
Me sentía expectante. Era evidente que no podía casarme con Robert hasta que pasase cierto tiempo, pues apresurar el matrimonio daría pábulo de nuevo a las murmuraciones, que era lo último que deseaba. Necesitaríamos esperar un año, calculaba yo. Pero podíamos aceptarlo, pues nos veríamos en el Ínterin, y en cuanto mi hijo hubiese salido para la casa de Lord Burleigh, yo pensaba reanudar mis actividades en la Corte.
¡Qué largos y tediosos me parecían aquellos días invernales! Constantemente me preguntaba qué haría Robert y qué pasaría en la Corte. Inmediatamente después de las fiestas navideñas, yo y mi familia (con la excepción del joven Robert) salimos para Durham House. Pocos días después de mi llegada, recibí recado de una dama a la que habría preferido no ver. Era Douglass Sheffield, y la historia que tenía que contarme despertó en mí grandes recelos.
Había preguntado si podía hablar conmigo en secreto, pues tenía algo importante que explicarme.
No había duda de que era una mujer muy atractiva, y este hecho hacía alarmantemente plausible lo que contaba.
—Consideré que debía hablar con vos, Lady Essex —dijo—. Porque creo que necesitáis urgente consejo. Vine a contaros lo que me sucedió a mí con la esperanza de que cuando lo hayáis oído comprendáis que es precisa cierta cautela en vuestras relaciones con cierto caballero de la Corte.
—Nadie puede oírnos, Lady Sheffield —dije, fríamente—. Así que no hay ninguna necesidad de que habléis de ese modo. ¿A quién os referís?
—A Robert Dudley.
—¿Por qué deseáis prevenirme contra él?
—Porque he oído rumores.
—¿Qué rumores? —intenté mostrarme sorprendida, aunque temo que con escaso éxito.
—Que vos y él sois amigos íntimos. Un hombre como él no puede tener amistades sin que se hable de ello… dada su relación con la Reina.
—Sí, claro *—dije, con cierta impaciencia—. Pero, ¿por qué debéis prevenirme?
—Debe prevenirse a cualquier dama cuyo nombre se asocie con él, y considero mi deber contaros lo que a mí me sucedió.
—Ya me lo explicasteis en otra ocasión.
—Sí, pero no os lo conté todo. El conde de Leicester y yo nos comprometidos en el año 71 en una casa de Canons' Row, en Westminster, pero él se mostró reacio a completar el matrimonio por miedo a la reacción de la Reina. Al quedar yo embarazada, le insté a que se casara conmigo y así lo hizo en Esher a finales del año 73.
—No tenéis testigo alguno de eso —dije, desafiante, viendo que si tal cosa era verdad, todos mis sueños de matrimonio se evaporaban.
—Como ya os dije en otra ocasión, Sir Edward Horsey actuó de padrino y el doctor Julio, el médico del conde, estuvo presente; más tarde nació un niño. Se llama Robert Dudley por su padre. Puedo aseguraros que el conde está orgulloso de su hijo. Su hermano, el conde de Warwick, es el padrino del muchacho y muestra gran interés por él.
—Si eso es realmente cierto, ¿por qué se mantiene en secreto su existencia?
—Sabéis muy bien cuál es la situación cara a la Reina. Ella no admite que un hombre que a ella le interese, se case… y menos aún Robert Dudley, que es el favorito. La existencia de mi hijo se mantiene en secreto únicamente por la Reina.
—Pero si él estuviese tan orgulloso de su hijo, lo natural sería…
—Lady Essex, entendéis perfectamente lo que quiero decir. No he venido aquí a discutir con vos sino a preveniros, pues tengo la impresión de que el conde de Leicester ha transferido su afecto de mí a vos y ha llegado la hora de que vos y yo hablemos claramente.
—Os ruego que lo hagáis, Lady Sheffield.
—El conde de Leicester os ha hablado de matrimonio, pero, ¿cómo puede casarse con vos estando casado conmigo? He venido a deciros que me ofreció setecientas libras anuales si renuncio al matrimonio, y me dijo que si no aceptaba su oferta no me dará nada y se apartará de mí por completo.
—¿Y cuál fue vuestra respuesta?
—Rechacé firmemente su oferta. Estamos casados y mi hijo es legítimo.
Le temblaba la voz y asomaron lágrimas a sus ojos. Me di cuenta de que Robert vencería siempre a una mujer así.
Pero, ¿y si lo que contaba era verdad? Yo no podía creer que lo hubiese inventado, pues no me parecía lo bastante ingeniosa para ello.
Por fin le dije:
—Gracias por venir a prevenirme, Lady Sheffield, pero he de deciros que no tenéis que temer por mí. Conozco al conde de Leicester, es cierto, pero he enviudado hace muy poco y de momento no puedo pensar más que en la pérdida que he sufrido y en mi familia.
Cabeceó comprensiva.
—Entonces perdonadme. Olvidad lo que he dicho. Oí rumores y consideré mi deber contaros la verdad.
—Agradezco vuestra gentileza, Lady Sheffield —le dije, y la acompañé hasta la puerta.
En cuanto se fue, pude prescindir de mi indiferencia. Hube de admitir que la historia parecía plausible. Seguí recordando que Robert deseaba desesperadamente un hijo que llevase su nombre. Ya no era joven, pues debía tener cuarenta y cinco años por entonces, y si quería fundar una familia debía hacerlo ya. Tenía ya un hijo, sin embargo v repudiaba a la madre de aquel hijo. Esto era por mí. No debía olvidarlo.
Lógicamente, estaba deseosa de ver a Robert y, en cuanto tuve una oportunidad, le conté lo que había descubierto.
—Así que vino aquí —exclamó—. ¡La muy necia!
—Robert, ¿qué hay de verdad en esto?
—No hubo ningún matrimonio —dijo él.
—Pero os comprometisteis con ella. Ella dice que hubo testigos.
—Le prometí que quizá nos casásemos —admitió—. Pero nunca se celebró el matrimonio. El niño nació y es mi hijo. Está al cuidado de mi hermano Warwick y, a su debido tiempo, irá a Oxford.
—Dijo que le habíais ofrecido setecientas libras al año por renunciar al matrimonio.
—Le ofrecí dinero para que dejara de hablar.
—Si ella es vuestra esposa, ¿cómo podremos casarnos?
—Os aseguro que no es mi esposa.
—Sólo la madre de vuestro hijo.
—Es mi hijo bastardo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Vivir como un monje?
—Ciertamente… Dada vuestra situación y la actitud de Su Majestad. «Ahora quiero… ahora no quiero…» ¡Pobre Robert! ¿Cuántos años lleváis así?
—Muchos, pero esto será el final. Vos y yo nos casaremos, pase lo que pase.
—¿Pese a la Reina y a vuestra esposa Douglass? Pobre Robert. ¡Sois en verdad un hombre encadenado!
—No me torturéis, Lettice. Desafiaré a la Reina. En cuanto a Douglass Sheffield, se engaña a sí misma. Os aseguro que por parte de ella no hay ningún obstáculo.
—¿No hay, pues, ninguna causa justa que nos impida casarnos?
—Ninguna en absoluto.
—¿Por qué esperar entonces?
—Hemos de aguardar hasta que cesen los rumores sobre la muerte de Walter.
Me dejé convencer, porque lo deseaba.
La actitud de la Reina hacia mí me inquietó un poco, y me pregunté si no habría oído los rumores sobre mí y sobre Robert. Sorprendía su mirada posada en mí en momentos extraños, una mirada inquisitiva y calculadora. Esto quizá significase sólo que se preguntaba cómo afrontaba yo mi viudez, pues solía interesarse mucho por los problemas emocionales de quienes la rodeaban… sobre todo tratándose de miembros de su familia.
—Robin está bastante triste últimamente —me explicó—. Es un hombre muy dedicado de su familia, y eso me gusta. Indica buenos sentimientos. Como sabéis, tengo debilidad por los Sidney, y jamás olvidaré a mi querida María y cómo me cuidó, y la terrible aflicción que por ello le sobrevino.
—Vuestra Majestad siempre la ha favorecido.
—Se lo debo, Lettice. Y ahora, la pobre, ha perdido a su hija mayor. Ambrosia murió en febrero pasado. María está desconsolada, pobre mujer. Aún le queda su querido hijo, Philip, que debe ser un consuelo para ella. He visto pocas criaturas con tan noble apostura como Philip Sidney. Voy a decirles que me envíen a su hija pequeña (se llama María como su madre) y le daré un puesto en la Corte y le buscaré marido.