Un Romance Imposible
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
– No creo demasiado en las coincidencias -dijo Nathan incorporándose en la silla.
– Yo tampoco.
– ¿Estás pensando que tú podrías ser el objetivo en la fiesta de Wexhall?
– Pienso que es posible, sí. ¿Y tú?
– Teniendo en cuenta todas esas coincidencias, creo que es una hipótesis que no debemos descartar alegremente. Pero ¿por qué iba a querer nadie verte muerto?
– Si piensas en lo que te ocurrió hace solo nueve meses, creo que no deberías hacerte esa pregunta.
Miró fijamente a su hermano y vio el brillo en sus ojos al comprender que tenía razón.
– Piensas que algo o alguien de tu pasado ha regresado para atormentarte.
– El tipo de actividades que desempeñé para la Corona pueden haber hecho que alguien no me tenga en gran aprecio -dijo Colin.
– ¿Tienes alguna teoría?
– Todavía no, apenas he tenido oportunidad de pensar en ello.
– ¿Alguna razón por la que alguno de los nombres de la lista que me mostraste quisiera verte muerto?
– No estoy seguro. ¿Cuál fue la reacción de Wexhall cuando le mostraste la lista, Nathan?
– Todavía no lo he hecho. Wexhall estaba fuera.
Colin cruzó la habitación y se dirigió a su escritorio de donde cogió el trozo de papel color marfil donde había escrito los nombres que Alexandra le había dictado. Pasó la mirada por la lista.
– En estos últimos años he ganado a Barnes a las cartas -dijo-, he rechazado educadamente una proposición amorosa de la mujer de Carver, he tenido una aventura con la hija viuda de Mallory, y he tomado una decisión negativa con respecto a la adquisición de un cuadro de Surringham. Fui con Ralstrom y Whitemore a las carreras hace dos años y los dejé sin blanca. Más recientemente, he arruinado las expectativas de lady Whitemore de que me case con su hija, lady Alicia. Tanto lady Miranda como lady Margaret parecen tener interés en mí y están encantadas conmigo. Respecto a Jennsen, me lo acaban de presentar.
– Nada de eso parece demasiado amenazador.
– No, no lo parece. Seguiré pensando en ello y quizá se me ocurra algo más. Y puede que Wexhall sea capaz de arrojar algo de luz.
– Ten por seguro -dijo Nathan asintiendo- que si tu eres realmente el objetivo, Wexhall y yo haremos todo lo que esté en nuestras manos para asegurarnos de que no sufras ningún daño.
– Gracias. Ni madame Larchmont.
– Sí. -La mirada de Nathan se tornó interrogativa-. ¿Estás listo para hablarme de ella?
– ¿Qué es exactamente lo que quieres saber?
– Todo. O por lo menos todo lo que estés dispuesto a contarme. ¿Cómo os conocisteis?
– Nos presentaron en la velada de los Malloran -dijo Colin después de dudar un instante.
Era absolutamente cierto, pero al mismo tiempo era un engaño y se sintió mal por mentir a su hermano.
– Lo que me sorprende aún más -dijo Nathan arqueando las cejas-. La conoces apenas hace unos días, pero está claro que te importa.
– Y eso lo dice un hombre que se declaró a una mujer a la que había conocido apenas una semana antes.
– Falso. Como sabes muy bien, había conocido a Victoria años antes aquí en Londres.
– Sí, en una ocasión. Pero tardaste tres años en volver a verla. -Se pasó los dedos por el cabello al darse cuenta de las similitudes entre su situación y la de Nathan-. Y mira por dónde, yo conocí a madame Larchmont en ese mismo viaje a Londres, pero no volví a verla hasta la velada de los Malloran.
– Creía que habías dicho que os acababan de presentar.
– Así es. No nos presentaron hace cuatro años.
– Ah. ¿Simplemente la admiraste de lejos?
– Algo parecido.
– Entonces, aquel viaje a Londres fue realmente definitivo para ambos. ¿Dónde la viste?
Colin apoyó las manos en la repisa de la chimenea y apretó el frío mármol blanco, mirando fijamente las brasas que brillaban intensamente.
– Wauxhall -respondió.
Después de un largo silencio, Nathan preguntó:
– ¿Estaba echando las cartas?
Colin siguió mirando fijamente el fuego y finalmente se dio la vuelta y miró a Nathan.
– No, la pillé cuando intentaba robarme.
Se sintió súbitamente agotado y se sentó apoyando los codos en las rodillas separadas. Dio una palmada con las manos.
– La pillé con las manos en la masa, pero solo porque la habilidad del hurto me era muy familiar. Era buena y estuvo a punto de dejarme sin el reloj de oro del abuelo. Fue bastante chocante verla en el salón de los Malloran.
– ¿La reconociste?
– Vívidamente.
Colin explicó a Nathan cómo le había parecido que ella lo reconocía, cómo la había buscado, y sus primeras sospechas cuando la vio por primera vez en la velada de los Malloran, cómo había simulado no reconocerla y lo que había descubierto al ir a investigar a su apartamento.
– Imagino que esos niños a los que ayuda -concluyó- llevan el mismo tipo de vida que ella tuvo de niña.
– ¿Te ha hablado de su infancia?
– No, y nunca le he preguntado. Todavía. Pero no me cabe ninguna duda de que fue dura.
Notó un nudo en el estómago. Sintió lástima y rabia por ella, por los horrores a los que tuvo que haberse enfrentado.
– ¿Crees que su trabajo de adivina es una mera estratagema para tener acceso a los hogares de los ricos? -preguntó Nathan acentuando sus palabras.
– No -dijo Colin sin vacilar-. Admito que al principio pensé en esa posibilidad, pero no lo creo de una mujer que ayuda a esos niños.
– Les sería de mucha más ayuda utilizando las ganancias ilícitamente sustraídas en todas esas veladas elegantes.
– Cierto, pero, de todos modos, no lo creo.
– Esos niños que se supone que está ayudando también podrían robar para ella, y tú podrías ser la víctima de un montaje perfectamente tramado para ganarse tu compasión.
– Es posible, pero de nuevo, no lo creo. Mi instinto me dice que es sincera y que ya no es una ladrona.
Nathan lo estudió bastante rato, y Colin casi podía oír el torbellino que provocaba las vueltas que daba la cabeza de su hermano.
– No es que no respete enormemente tu instinto -dijo Nathan finalmente en voz baja-, pero dado que apenas la conoces, me veo obligado a preguntarte: ¿le estás dando tu confianza a esta mujer porque genuinamente se la merece o por algún inapropiado sentimiento de culpa?
No quería sacar falsas conclusiones pero al ver que Colin permanecía en silencio, Nathan continuó:
– Por favor, dime que no estás simplemente empeñado en confiar en ella, pase lo que pase, para remediar lo que tú interpretas como un error en tu pasado.
– Fui injusto contigo.
– Eso terminó, es agua pasada.
– Lo sé.
– Entonces, déjalo estar. Yo lo he hecho. Creía que los dos lo habíamos dejado atrás.
– Lo hemos hecho. Pero no quiero cometer el mismo error otra vez. A pesar de que no lo sé todo sobre ella, sobre su pasado, mi opción es creer en su historia, creer que ha cambiado de vida. Todo me indica que es sincera.
Nathan permaneció callado durante varios minutos y después finalmente asintió.
– Respetaré tu decisión.
– Gracias.
– Y reza para que no te cueste la vida.
Capítulo 13
Alex estaba sentada en el recargado comedor de lord Wexhall, bajo un techo color azul cielo adornado con regordetes cupidos flotando entre nubes algodonosas. Se sentía como si estuviese cenando en el cielo. El aire estaba impregnado del sabroso aroma de deliciosa comida, y estaba rodeada de sirvientes y del murmullo de la educada conversación de los comensales. Metió la mano debajo de la mesa y se pellizcó el muslo con fuerza, apretando los labios para contener el grito de dolor. Sí, todo era reaclass="underline" el cristal centelleante y la plata reluciente; el elaborado juego de porcelana sobre la mesa de madera oscura a la que habían sacado tanto brillo que parecía relucir como el cristal; el centro de flores frescas que caía por el lateral de un jarrón de pie rectangular de cristal; el aroma a cera de las docenas de velas que bañaban la habitación con el suave resplandor de su luz dorada…