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Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
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A pesar de sus preocupaciones, Alex sonrió.

– Veré qué puedo hacer.

Dos horas más tarde, Alex se encontraba en la mansión Wexhall, en un dormitorio en el que nunca habría imaginado que dormiría. La bella esposa del doctor Oliver, tan elegante como impresionante, lady Victoria, la había acompañado hasta la habitación hacía un cuarto de hora y antes de marcharse había dicho a Alex que la cena se servía a las ocho.

Pero desde que Alex se había quedado sola, lo único que había podido hacer era mirar boquiabierta a su alrededor. Lady Victoria se había referido al dormitorio como «la habitación del jardín», y con razón. La combinación del color verde, acentuada por una gruesa alfombra de color hierba ribeteada por hojas entrelazadas con flores de colores, hacía que Alex se sintiese como si estuviese en medio de un florido prado.

Caminó despacio por el perímetro de la habitación y pasó las yemas de los dedos por las paredes de sedosa textura y de un color verde más pálido que la alfombra, admirando el conjunto de cuadros de flores de marcos dorados. En la mesilla de noche había un jarrón de cristal con un extravagante ramo de rosas de color rosa pálido que llenaban el aire de un delicado aroma floral.

Posó la mirada en el hermoso lecho y sus pies la llevaron hacia él, como si estuviera en trance. La cama parecía tan grande y tan increíblemente suave y tentadora como una nube de satén verde. No pudo evitar deslizar la mano por la bonita colcha y por las almohadas con trabajadas borlas. Se dio cuenta de que estaba mirando por encima de su hombro, sin poder apartar la sensación de que en cualquier momento alguien iba a entrar bruscamente en la habitación y ordenarle que se marchase de ese dormitorio de ensueño.

Se sentó cuidadosamente en el borde del colchón y dio un saltito a modo de prueba. Ante la deliciosa sensación, no pudo evitar que de sus labios escapase una rápida carcajada de júbilo y asombro. Echó un vistazo de nuevo para asegurarse de que no iba a ser expulsada, y se tendió, con cuidado, para no arrugar la colcha.

Al hundirse en la suavidad, cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro de placer. Con toda segundad, así debían de ser las esponjosas nubes. Nunca en su vida había descansado sobre algo tan cómodo.

¿Cuántas veces había soñado con dormir en una cama así, en una habitación así? Más de las que podía contar: cada una de las desdichadas noches que había pasado acurrucada en portales o escondiéndose detrás de montones de basura, sufriendo la lluvia o el frío o el opresivo calor, aunque, a decir verdad, realmente siempre había deseado la llegada del verano para librarse de ese frío que continuamente parecía tener metido en los huesos. Algunas veces había dormido a cubierto, pero aquellos cuartos siempre eran lugares oscuros, sucios y malolientes donde se apiñaban otros como ella. Nunca olvidaría el día en que había robado suficiente dinero para permitirse un techo sólido, aunque con goteras, sobre su cabeza.

Alex se dio cuenta de que era mejor que se levantase antes de que acabase decidiendo que no quería volver a hacerlo, así que dejó la confortable cama y se dirigió hacia los ventanales que ocupaban la pared posterior, a través de los cuales entraban inclinados los dorados rayos del sol. Para su delicia, vio que los ventanales se abrían a una terraza. Salió y, una vez fuera, sonrió cuando el aire le alborotó el cabello. Se inclinó a mirar el pequeño jardín rodeado de un muro de piedra y de elevados setos perfectamente cortados, incapaz de creer que era una auténtica invitada, un huésped, y no alguien que cobraba para entretener a los asistentes a las fiestas.

Que Dios la ayudase, no estaba segura de si estaba emocionada o intimidada. Durante las horas que duraban las veladas de sociedad en las que trabajaba, era capaz, haciendo un esfuerzo, de no quedarse embobada ante el lujo que la rodeaba. Pero aquello… ser una invitada en aquel elegante hogar donde todo el mundo actuaba con los más impecables modales… ¿Sería ella capaz de comportarse sin ponerse en ridículo? ¿No revelaría su vergonzoso pasado? Después de tantos años observando y escuchando cuidadosamente a los más ricos, absorbiendo su estilo de conversar y sus maneras como una esponja, se había sentido suficientemente segura para adoptar la personalidad de madame Larchmont y explotar su talento como lectora de cartas. Tenía la determinación de dejar de robar, de intentar encauzar su vida dejando de coger las cosas que pertenecían a otros. Puede que los ricos a los que robaba no se mereciesen todas las cosas bonitas y todo su dinero, pero ella les robaba y eso la convertía en tan poco merecedora de los objetos como cualquiera.

Pero a pesar de sus logradas dotes para la interpretación y del hecho de que ya no robaba, no era uno de ellos. No era una dama y nunca lo sería. Y entonces, ahí en medio de toda aquella elegancia, se sintió tan fuera de lugar como lo había estado Colin poco antes en la casa de ella. La estancia en aquella distinguida mansión con sus sirvientes y su gran cantidad de comida y sus elegantes posesiones era meramente temporal, y debía recordarlo.

Del mismo modo que debía recordar que dejar que la relación personal con Colin siguiese adelante solo tendría como resultado su sufrimiento. Aunque volver a besarlo era increíblemente apetecible, era una tentación a la que tenía que resistirse. No había sitio para eso en su vida y debía olvidar aquella atracción imposible que sentía hacia él. Para estar tranquila. Una relación amorosa con él ponía en peligro su reputación y por consiguiente todo por lo que había luchado con tanto ahínco. No merecía la pena correr ese riesgo por unas horas de placer.

Una vez hubo tomado esta resolución, Alexandra volvió dentro y acabó de explorar la habitación. Descubrió con vergüenza que sus modestos trajes estaban ya colgados en el armario, algo de lo que sin duda se habría encargado alguna criada. Pasó de sentirse avergonzada a sentirse intimidada: ¡una criada cuidando de ella! Cuando se lo dijese a Emma…

Negando con la cabeza, se dirigió a un pequeño secreter de estilo femenino que había en una esquina y se sentó cuidadosamente en la delicada silla. Después de una breve vacilación, sacó las cartas del bolsillo de su traje y miró la baraja envuelta en seda, dividida entre su deseo de leerse a sí misma las cartas y la turbación que le producía hacerlo.

Nunca antes había tenido miedo a leerse las cartas, pero en aquel momento tenía pavor a ver algo que no quería ver. Pero debía saberlo…

Tomó aire con energía, abrió el envoltorio de seda y después de barajar y cortar, dio la vuelta a las cartas lentamente. Cuando acabó, miró fijamente. Después, empezó a temblar.

Todo estaba allí… Sus cartas eran casi idénticas a las que le habían salido a Colin. Mostraban traición, engaño, muerte y todo ello giraba alrededor del hombre de cabello oscuro, el mismo hombre de cabello oscuro que había destacado de manera prominente en sus cartas durante años. Y en el centro de todo, una mujer de cabello oscuro.

El hecho de que sus cartas se parecieran tanto a las de Colin no podía ser una mera coincidencia. Pero las dos preguntas que aquel fenómeno le sugerían hacían que su corazón palpitase al lento y duro compás del terror. ¿Era posible que el horror que rodeaba a Colin significase que él era la pretendida víctima de la fiesta de lord Wexhall?

¿Y era posible que fuese ella la mujer de oscuro cabello?

Después de dejar a Alexandra en la mansión Wexhall en manos de la hábil Victoria, Colin llegó a su casa y se dirigió al salón, donde hizo una visita a su alijo secreto de mazapanes. Eligió uno que parecía una perfecta miniatura de naranja y después se instaló con el premio en su butaca preferida. Estaba a punto de dar el primer mordisco cuando llamaron a la puerta.

– Adelante, Ellis -dijo casi sin poder disimular su irritación.

La puerta se abrió y entró Ellis.

– El doctor Nathan está aquí, milord. ¿Está usted en casa?

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