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Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
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Nunca en su vida había experimentado unos sentimientos tan confusos por una mujer, ni siquiera en las ocasiones en las que se había sentido profundamente atraído por alguna o en las que había llegado a compartir su lecho. Aquellos encuentros habían sido placenteros, ligeros, pero siempre, sin excepción, los había olvidado de manera inmediata.

Aunque no había duda de que sentía un enorme placer en compañía de Alexandra, no había nada ligero en sus sentimientos. No, esto era… intenso, vivido, como si todo a su alrededor tuviese una definición más fuerte, los colores fuesen más brillantes y relucientes, haciendo que su vida anterior pareciese haber sido solo en tonos grises. Y en cuanto a la posibilidad de olvidarla de manera inmediata…

De sus labios escapó un áspero gruñido. En el fondo de su alma, sabía que no podría olvidarla ni aunque viviese hasta el siglo siguiente. Lo seguiría obsesionando como lo había hecho durante los últimos cuatro años, mucho antes de que hubiese conocido su nombre, y mucho menos el sabor de sus besos o la sensación de sus brazos rodeándolo.

La presencia de Alexandra le estaba impidiendo cumplir con el objetivo por el que había ido a Londres, pero le resultaba imposible buscar una prometida cuando lo único que podía hacer era pensar en ella, una mujer que, dado la responsabilidad de su título, no podía ser su esposa.

Pero podrías convertirla en tu amante, le susurró una voz interior.

Su conciencia, su honor y su integridad protestaron inmediatamente ante la idea de una aventura adúltera. No deshonraría los votos matrimoniales una vez pronunciados.

Pero todavía no estás casado, le recordó astutamente su voz interior.

Abrió los ojos e irguió la cabeza, mirando fijamente el guante de encaje que sostenía en la mano. No, todavía no estaba casado, ni siquiera estaba comprometido. Podía convertirla en su amante hasta entonces. Serían discretos y se aseguraría de que estaba bien atendida, tanto Alex como la causa que ella tanto apreciaba. Después… se dirían adiós.

Su corazón se aceleró ante la expectativa. Estaba convencido. En ese momento, lo único que debía hacer era convencerla a ella.

Capítulo 14

Alex estaba tendida sobre la magnífica cama de su elegante dormitorio, una cama suave, cómoda, cálida, lujosa y en la que, sin embargo, no conseguía conciliar el sueño a pesar de desearlo con todas sus fuerzas. Había intentado durante horas dejar la mente en blanco, pero no había forma de lograrlo con la presencia de Colin llenando cada rincón de su mente.

Cerró los ojos pero no consiguió esquivar el bombardeo de recuerdos sensuales: Colin aprisionándola contra la pared de la galería, cercándola con el calor de su cuerpo, invadiendo sus sentidos con ese aroma masculino, agachando la cabeza…

Recordó vivamente el delicioso sabor de su beso, la exquisita sensación de su cuerpo apretando el suyo. Solo había sido necesaria una caricia de Colin para despojarla de todas sus sensatas resoluciones, una sola caricia para que desease más, para que lo desease todo.

Alex dejó escapar un gemido de frustración y, con un gesto de impaciencia, apartó las sábanas y se incorporó en la cama. Después se levantó y empezó a recorrer la habitación una y otra vez, hasta que finalmente se detuvo frente a la chimenea y se quedó mirando fijamente los rescoldos resplandecientes del hogar. Lanzó un suspiro y contempló las brasas y su brillo. Se dio cuenta de que ella se sentía igual que aquellas ascuas medio apagadas… caliente, expectante, lista. Solo hacía falta un soplo de aire para que volviese, como ellas, a arder.

Alexandra sabía lo que ocurría entre los hombres y las mujeres en la oscuridad porque lo había oído, había sido testigo de ello en infinidad de ocasiones, tantas que ni las recordaba. Y también sabía cuánto se llegaba a hablar de esas cosas, pero por lo que había visto, le resultaba muy poco excitante. De hecho, todo el proceso en sí le había resultado siempre algo asqueroso, algo a evitar.

Hasta el beso de Colin. El contacto con él había transformado su desprecio hacia el acto carnal en un deseo que no podía sofocar, un deseo que quería explorar, desesperadamente y con él.

Pero ¿se atrevería?

La pregunta retumbó en su mente y tuvo que ralentizar el paso. Si se le ofreciese… ¿él aceptaría? Probablemente. Los hombres no solían rechazar esos ofrecimientos, ¿verdad? Especialmente si sabían que no podía haber segundas intenciones ni consecuencias. Ella no era una dama de sociedad empeñada en conseguir una propuesta de matrimonio. Y especialmente si él sabía que la aventura solo duraría el corto período de tiempo que permaneciese en Londres. Ella no esperaría nada de él excepto la promesa de que tomaría las precauciones necesarias para evitar que concibiesen un hijo. Por la reacción de su cuerpo cuando se besaron, estaba claro que físicamente, no se mostraría reacio a la idea. Y sin duda, un hombre de su posición y que había vivido durante años como espía, estaría familiarizado con la discreción.

¿Se atrevería?

Sí, le susurró una voz interior, esa voz femenina interior que había sofocado a la fuerza durante todos aquellos años y que ahora pedía ser escuchada.

No, intervino su sentido común, recordándole que apenas conocía a aquel hombre y que mientras él no arriesgaba nada, ella arriesgaba mucho.

Pero entonces su corazón se hizo oír e insistió en que, pese a que había pasado muy poco tiempo realmente en su compañía, gracias a las cartas, había conocido a aquel hombre de cabello oscuro y ojos verdes mucho antes de verlo por primera vez en Vauxhall. Aquel hombre era, sin duda alguna, Colin, y había vivido en su imaginación, en su corazón y en su alma durante años. Él era el hombre que siempre había deseado y esta era su oportunidad, su única oportunidad, de tener una pequeña parte de él durante un corto espacio de tiempo.

¿Se atrevería?

Cerró los ojos y respiró hondo. Sí… Sí, se atrevería.

Se ofrecería a él y, con un poco de suerte, sería suya durante un corto y mágico tiempo.

En el instante en que tomó la decisión, sintió que la invadía un tremendo alivio. Había reflexionado y la decisión estaba tomada. Lo único que necesitaba hacer era actuar de acuerdo con ella y así lo haría en cuanto volviese a verlo, algo que ocurriría al día siguiente.

Dirigió la mirada al reloj que había sobre la repisa de la chimenea y se dio cuenta de que era casi la una de la madrugada.

Ya era el día siguiente.

Toda ella vibró de expectación y se rodeó el cuerpo con los brazos. Sin poder estarse quieta, se dirigió a los ventanales y miró al jardín.

La luna llena iluminaba el pequeño jardín con su etéreo brillo plateado. La eterna niebla londinense cubría el suelo y se elevaba desde la hierba como dedos vaporosos y fantasmales. En medio del jardín se erguía un majestuoso árbol. Mientras lo contemplaba, le pareció que junto al tronco del árbol se movía una sombra.

Alex fijó la mirada y unos segundos más tarde el corazón le dio un vuelco al descubrir que la sombra correspondía a una persona. Antes de que pudiera decidir cómo dar la alarma en aquel hogar desconocido, la sombra se apartó del árbol y se movió sigilosamente hacia los setos que rodeaban el perímetro del jardín. La sombra se movía con una cojera familiar.

Contuvo el aliento y por un instante, antes de que las sombras se lo tragasen de nuevo, lo vio claramente. ¿Qué demonios estaba haciendo Colin allá fuera?

Se apretó el pecho con las manos notando el súbito y frenético latido de su corazón. ¿Era posible que los pensamientos de Colin fuesen los mismos que los suyos y que hubiese ido allí con la intención de convertirla en su amante?

No lo sabía, pero se negaba a tener que esperar un momento más para averiguarlo.

Colin estaba bajo la oscura sombra que proyectaba la mansión Wexhall. Desde su ventajosa posición podía controlar toda la zona del jardín, y hasta ese momento su vigilancia no había detectado nada fuera de lo normal. Notaba el profundo e intenso dolor que solía sentir en la pierna cuando estaba fatigado, pero sabía que aunque regresase a su casa y se metiese en la cama, no conciliaría el sueño. De hecho, esa era la razón por la que estaba allí, vigilando la zona. En cuanto cerró los ojos, lo único que vio fue a Alexandra, sus hermosos ojos marrones, sus suaves y carnosos labios, su provocativa sonrisa.

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