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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Aleix había llegado unos minutos después que Leire y Héctor, y se hallaba ahora en el salón, bajo la severa mirada de su padre. Salvador Martí estaba sentado en el sofá y el silencio, apenas interrumpido por algunas preguntas en voz baja de la señora Rovira, presidía la reunión. No había ni rastro de Regina, gracias a Dios, y Aleix, que ignoraba que la policía estaba en la casa, se dijo que debía de estar descansando. Cuando sonó el timbre de nuevo, el semblante del padre de Gina reveló un fastidio tan intenso que fue la propia señora Rovira quien se levantó a abrir. Su marido aprovechó para hacer una señal a sus hijos de que era hora de irse y se puso de pie. Justo en ese momento entraron en la sala Enríe Castells y su hermano. Gloria se había quedado en la puerta, cuchicheando con la señora Rovira. Era obvio que preguntaba por Regina, que era a quien había ido a ver. Aleix se dijo que ésa era su última oportunidad y, mientras Enríe se acercaba al padre de Gina y Félix saludaba a su hermano Edu, él se escabulló entre su madre y Gloria murmurando que debía ir al cuarto de baño.

Subió la escalera y caminó rápidamente hacia el cuarto de Gina. La puerta estaba cerrada y él la abrió sin pensar. Se quedó de una pieza al ver en ella a la agente Castro.

– Lo siento -balbuceó Aleix-. Buscaba el baño…

Leire lo clavó en el suelo con la mirada.

– Vamos, Aleix. -Su tono indicaba que no se creía ni una palabra-. Has estado aquí un millón de veces… ¿Qué buscas?

– Nada. -Él le sonrió. Compuso su sonrisa triste, la que dedicaba a su madre, a las enfermeras del hospital y, en general, a cualquier fémina que tuviera alguna autoridad. Las polis también eran mujeres, ¿no?-. Bueno, quería ver el cuarto de Gina. Recordarla a ella aquí.

«Seguro», pensó Leire. Pero ya que estaba ahí, no tenía intención de dejarlo ir sin más.

– ¿Cuándo la viste por última vez?

– La tarde que vinieron ustedes.

– ¿No volviste a hablar con ella?

– Por el Messenger, sí. Esa misma noche, creo.

– ¿La notaste deprimida? ¿Triste?

– Claro que estaba triste. Pero nunca se me ocurrió que llegara a… eso.

– ¿No?

– No.

– Estaba muy enamorada de Marc, ¿verdad?

Él miró hacia atrás y cerró la puerta. Se sentó en la cama y, sin quererlo, posó la vista en la caja de peluches.

– Pobre Gina, al final guardó los muñecos…

A Leire no le había engañado su sonrisa, pero se dijo que la expresión de afecto de Aleix no podía ser fingida. Y si lo era, el chico se merecía un Oscar.

– Sí -respondió él por fin-. Estaba muy enamorada de Marc. Desde siempre. -Sonrió de verdad esta vez.

– Pero ¿él no la correspondía?

Aleix negó con la cabeza. Ella insistió:

– Había conocido a una chica en Dublín, ¿no es así?

– Sí. Una chica española que estudiaba allí. Gina se lo tomó muy mal.

– ¿Lo bastante como para empujarlo por la ventana?

Él le lanzó una mirada cargada de impaciencia.

– Gina estaba borracha esa noche, agente. Antes se habría caído ella… Pensar eso es ridículo.

La seguridad con que lo dijo la desarmó. Era exactamente lo mismo que opinaba Leire.

– Entonces, ¿a qué crees que se refería cuando escribió esto en el ordenador? -Leire sacó sus notas y leyó en voz alta las últimas palabras que había dejado Gina en la pantalla. Observaba de reojo a Aleix mientras las leía y vislumbró en su semblante una sombra de culpabilidad.

– No tengo ni idea -dijo él. Se levantó de la cama y se acercó a ella-. ¿Puedo verlo?

Leire le mostró la transcripción. La expresión de Aleix pasó de la sorpresa a la incredulidad, y de ésta a algo parecido al temor.

– ¿Lo escribió así? ¿Tal y como está aquí? -murmuró él.

– Sí. Lo anoté exactamente igual que estaba escrito.

El estuvo a punto de decir algo, pero se mantuvo callado. Y entonces se oyó la voz del doctor Rovira, llamándolo desde abajo.

– Debo irme. -Se paró en la puerta-. ¿Aún quieren verme en comisaría? ¿El lunes? -Había cierto aire de reto en su postura.

– Sí.

– En ese caso, hasta el lunes.

Salió deprisa, y Leire releyó la nota, pensativa. Se les escapaba algo, estaba segura. Y ardía en ganas de ver a Salgado para intercambiar impresiones.

Capítulo 27

Tras la lluvia del día anterior, el sol se vengaba, fustigando con fuerza la ciudad desde primera hora de la mañana. Ni siquiera con la ventana y el balcón abierto se podía estar, pensó Carmen, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un trozo de papel de cocina. Y eso que a ella siempre le había gustado el verano, desde niña, pero no esto: ese sol de fuego que caía a plomo sobre las calles y la tenía todo el día sudorosa y malhumorada. Se sirvió un vaso de agua fría de la jarra y lo bebió a sorbos pequeños, con cuidado. Se dio la vuelta y la apagó: hasta la música le daba calor. Tendría que haberle hecho caso a ese joven tan amable que se presentó en su puerta hacía un par de semanas para convencerla de que instalara el aire acondicionado. Carmen lo había escuchado atentamente e incluso había concertado otra cita con él, pero al final no se había decidido. Los aparatos modernos la intranquilizaban, pero en ese momento se reprochó no haberle hecho caso.

El agua fresca la sosegó un poco y le dio los ánimos suficientes para terminar de preparar el gazpacho. Era lo único que conseguía tomar en verano: un vaso de gazpacho fresquito. Cuando acabó, lo metió en la nevera y recogió la cocina. «Ya está», pensó con un deje de desidia. Ya lo tenía todo hecho. Le quedaba un larguísimo y bochornoso día por delante. Se dirigió al balcón, pero a esa hora el sol le daba de lleno y desistió de asomarse a la calle. Cómo había cambiado ese barrio… «Para bien», se dijo. Ella nunca había sido propensa a la falsa nostalgia. Cualquier tiempo pasado no era mejor, aunque desde luego sí era más entretenido. Era lo peor de la vejez; esas horas eternas que no se llenaban ni con la televisión ni con las revistas. Antes al menos tenía en la escalera a Ruth, y a Guillermo. Ese niño sí que era un sol. Como siempre que pensaba en él, en ese crío para el que había sido una abuela, Carmen evocaba a su hijo. ¿Cuánto hacía que no sabía nada de él? ¿Cuatro años? ¿Cinco? Al menos no había vuelto a pedirle dinero; Héctor se había ocupado de eso. Héctor… ¡Pobre Héctor! Y no es que ella juzgara mal a Ruth, no. Cada matrimonio se sabía lo suyo, y si esa chica se había ido después de tantos años por algo sería. Pero los hombres no sabían estar solos. Eso era una verdad como un templo, allí y en la China. En el siglo veinte y en el veintiuno. Ni siquiera se alimentaban como es debido.

La idea se le ocurrió entonces, y, aunque era algo con lo que no se sentía del todo cómoda, decidió llevarla a cabo. Seguro que a Héctor no le importaría que entrara en su casa. Fue a la cocina, vació la mitad del gazpacho en una jarra limpia, cogió las llaves del piso de su vecino y se dirigió a la puerta. Al ver la escalera estuvo a punto de volver atrás, pero impulsada por la buena voluntad, y en parte por el aburrimiento, emprendió el camino con la jarra en la mano. Esa escalera olía raro, se dijo al pasar por el siguiente rellano. A cerrado, o a podrido. Ella había ido perdiendo el olfato con los años, pero definitivamente algo hedía por allí cerca. Ya había pasado otras veces: algún animalejo se colaba en el piso vacío y se moría allí. Siguió subiendo, despacio, porque tampoco tenía ninguna prisa, y llegó a la puerta del tercero. Un segundo después, sintiéndose un poco como una vecina cotilla, estaba dentro del piso.

La distribución era básicamente idéntica a la del suyo, así que, aunque las persianas estaban bajadas, avanzó en dirección a la cocina sin encender la luz. La nevera, vacía como un burdel en cuaresma, acogió la jarra con un ronroneo de satisfacción. Carmen la cerró y ya salía de la cocina cuando oyó un ruido procedente de la habitación de matrimonio. Como si la puerta se hubiera cerrado de golpe por el viento. Pero no había corriente, se dijo. Ni una leve brisa corría por ese piso de ventanas cerradas. Llevada por la curiosidad, cruzó el comedor y se plantó delante de la habitación grande. Efectivamente, la puerta estaba cerrada. Giró el pomo despacio y luego dio un leve empujón a la puerta, que se abrió de par en par.

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