El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– Tengo que ir el lunes al médico, pero estoy segura, Tomás.
– ¿Y…? -Tomó aire antes de preguntarlo. Ella le ahorró el esfuerzo.
– Es tuyo. También estoy segura de eso. -Lo hizo callar con la mano-. Tranquilo. Tómate tu tiempo. No hace falta que digas nada ahora.
Desde luego él parecía haberse quedado sin palabras. Carraspeó. Se removió en la silla. Ella no habría sabido decir qué indicaba su rostro: sorpresa, perplejidad, ¿desconfianza?
– Escúchame -prosiguió Leire-. Te lo estoy contando porque creo que tienes derecho a saberlo. Pero si ahora mismo te levantas de esa silla y te marchas, lo entenderé perfectamente. No es que seamos novios, ni nada de eso. No me sentiré decepcionada, ni defraudada, ni…
– Joder. -Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en la silla, y la miró como si no pudiera creerla-. No podría levantarme de la silla aunque quisiera.
Ella no pudo evitar sonreír.
– Lo siento -susurró-. Ya sé que no es lo que esperabas oír.
– Seguro que no. Pero gracias por decírmelo. -Al parecer empezaba a reaccionar. Hablaba despacio-. ¿Estás segura?
– ¿De que es tuyo?
– ¡De que estás embarazada! Si aún no te ha visto el médico…
– Tomás.
– Vale. Y ¿qué piensas hacer?
– ¿Te refieres a si voy a tenerlo? -Era la pregunta lógica-. Sí.
– Ya. -Asintió con la cabeza despacio-. Así que simplemente me lo comunicas, ¿no?
Leire iba a contradecirle pero se dio cuenta de que, en el fondo, él tenía razón. -Sí.
– Y las alternativas que me dejas son…
– Pues puedes ir a comprar tabaco y no volver nunca -dijo ella-. O quedarte y hacer de padre del niño.
– Creo que la opción tabaco está pasada de moda.
– Lo clásico no pasa de moda.
Él sonrió, a su pesar.
– ¡Eres increíble!
– Tomás -Ella le miró con seriedad, e intentó que las frases que iba a pronunciar reflejaran exactamente lo que quería decir, que no sonaran a amenaza, ni a coacción, ni a autosuficiencia-. La verdad es que me gustas. Me gustas bastante. Pero no tenemos una relación, ni somos novios, ni nada parecido. No sé si estoy enamorada de ti, ni creo que tú lo estés de mí. Tampoco tengo muy claro qué es estar enamorada, si te soy sincera… Pero si yo no estuviera embarazada, me iría contigo de crucero y veríamos qué pasa. Dadas las circunstancias -prosiguió, señalándose la barriga-, todo cambia.
El asintió. Inspiró profundamente. Estaba claro que en su mente se agolpaba un sinfín de ideas, de preguntas, de posibilidades.
– No te enfades -repuso por fin-. Pero creo que necesito tiempo para hacerme a la idea.
– No eres el único. Los dos tenemos unos siete meses aproximadamente para eso.
El se levantó y ella supo que se iba.
– Te llamaré -dijo él.
– Claro. -Ya no le miraba. Tenía la vista puesta en la mesa.
– Oye… -El se acercó a ella y le acarició la mejilla-. No estoy huyendo. Sólo te pido un tiempo muerto.
Se volvió hacia él, y no pudo evitar la ironía en su voz:
– ¿Te has quedado sin tabaco?
Tomás sacó un paquete del bolsillo superior de la camisa.
– No.
Leire no dijo nada. Notó que la mano se alejaba de su mejilla y que Tomás retrocedía un paso. Cerró los ojos y lo siguiente que oyó fue la puerta de la calle. Cuando los abrió, él ya no estaba.
Capítulo 31
La flamante sala de espera del Hospital del Mar estaba tan llena como cabía esperar un sábado del mes de julio, y Héctor tardó unos instantes en localizar a la subinspectora Andreu. De hecho, fue ella quien le vio primero y se dirigió a él. Apoyó una mano en su hombro y Héctor se volvió, sobresaltado.
– ¡Martina! ¿Qué ha pasado?
– No lo sé. Parece que alguien entró en su casa y la atacó. Está grave, Héctor. La han llevado a la UCI. No ha recobrado el conocimiento.
– Mierda. -La expresión de su rostro era tan intensa que la subinspectora temió que fuera a perder el control-. Héctor… salgamos un momento. Ahora mismo no hacemos nada aquí y… Tengo que hablar contigo.
Pensó que él se negaría, que exigiría hablar con el doctor, pero lo que hizo fue hacerle la inevitable pregunta que ella había esperado.
– ¿Por qué la encontraste tú?
La subinspectora lo miró fijamente, intentando ver en aquel semblante alterado una señal que le permitiera decidir, saber. No la encontró, de manera que se limitó a responder en voz baja:
– De eso quería hablarte. Vamos fuera.
El sol arrancaba destellos de los retrovisores de los coches. Eran las tres y inedia de la tarde y el termómetro marcaba treinta grados centígrados. Sudoroso, Héctor encendió un cigarrillo y fumó con avidez, pero tenía el estómago revuelto y la nicotina le sabía a rayos. Tiró el resto del pitillo al suelo y lo pisoteó.
– Tranquilízate un poco, Héctor. Por favor.
Él echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo.
– ¿Cómo la encontraste?
– Espera un momento. Hay un par de cosas que debes saber. Tengo novedades en el caso de Ornar. -Esperaba ver alguna reacción en la cara de su compañero, pero lo único que asomó a ella fue interés, ganas de saber-. Héctor, te lo pregunté el miércoles mientras comíamos, pero ahora seamos claros. ¿Viste a Ornar el martes?
– ¿A qué viene esto?
– ¡Contesta, joder! ¿Crees que insistiría si no fuera importante?
La miró con una mezcla de frustración y rabia.
– Te lo digo por última vez. No vi a Ornar el martes. No volví a verlo después de aquel día. ¿Está claro?
– ¿Y qué hiciste el martes por la tarde?
– Nada. Volví a casa.
– ¿No hablaste ni con tu ex ni con tu hijo?
Héctor desvió la mirada.
– ¿Qué coño hiciste?
– Me senté a esperar que alguien se acordara de llamarme. Era mi cumpleaños.
Martina no pudo reprimir una carcajada.
– ¡Joder, Héctor! El tipo duro del mes, el que va repartiendo hostias a los sospechosos, y luego se sienta a llorar en casa porque nadie se acuerda de él…
Él sonrió, a su pesar.
– Los años, que le vuelven a uno sensible.
– Lo peor es que te creo, pero una testigo te vio delante de su casa el martes por la tarde, sobre las ocho y media.
– ¿Qué estás diciendo? -casi gritó él.
– Héctor, me limito a informarte de lo que he averiguado. Ni siquiera tendría por qué hacerlo, así que haz el favor de no levantarme la voz. -Pasó a contarle el testimonio de Rosa, sin omitir un solo detalle, así como los datos obtenidos en la carnicería ese mediodía-. Por eso fui a tu casa. La puerta de la escalera estaba abierta y subí; cuando pasaba por delante del primer piso me fijé en que esa puerta tampoco estaba cerrada y me pareció raro. La empujé y… me encontré con esa pobre mujer en el suelo, inconsciente.
Salgado oyó el relato de su compañera sin interrumpirla ni una sola vez. Mientras la escuchaba, su cerebro intentaba encajar en él las otras piezas: las inquietantes grabaciones de él golpeando a Ornar y de Ruth en la playa. No lo consiguió, pero pensó que Andreu se merecía saberlo. No quería ocultarle nada más, así que se lo contó en cuanto ella hubo terminado. Luego ambos se quedaron callados, meditando, cada uno absorto en sus propias dudas y temores. Héctor reaccionó antes y sacó el móvil. Nervioso, buscó el número de su hijo en la agenda y pulsó la tecla de llamada. Por suerte, Guillermo contestó enseguida esta vez. Salgado habló con él durante un par de minutos, tratando de aparentar normalidad. Luego, sin pensárselo, llamó a Ruth. Una fría voz que anunciaba que el número estaba apagado o fuera de cobertura fue la única respuesta.
Mientras tanto, Martina Andreu le observaba atentamente. Él lo notó, pero se dijo que estaba en su derecho. Había motivos para sus sospechas, y de repente cayó en la cuenta de que, ironías del destino, tendría que esgrimir ante ella el mismo argumento que una hora antes había oído en boca de Savall. Apelar a su amistad, a la confianza, a los años de servicio juntos.