El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– Luego tendré que abrir la ventana -dijo Savall-. O Elena me echará la bronca de siempre.
– ¿Qué recuerdas de ese caso? -insistió Salgado.
– Poca cosa, Héctor. Poca cosa. -En sus ojos se apreciaba que, aunque no fueran muchos, los recuerdos no eran nada agradables-. ¿A qué viene esto ahora? ¿Tiene algo que ver con lo que le sucedió al hijo de Joana?
– No lo sé. Quizá tú puedas decírmelo.
– Le recuerdo. A Marc. Era sólo un crío y estaba muy impresionado. Conmocionado.
– La encontró él, ¿verdad?
Savall asintió, sin preguntar cómo lo sabía.
– Eso me dijeron. -Meneó la cabeza-. Los niños no deberían ver cosas así.
– No. Ni tampoco deberían morir ahogados.
El comisario miró a Héctor de reojo, y su semblante, que unos segundos antes denotaba incomodidad, aprensión incluso, manifestó entonces una dura impaciencia.
– No me gusta ese tono. ¿Por qué no preguntas lo que quieres saber?
«Porque no sé muy bien qué preguntar», pensó Héctor.
– Lluís, hace años que nos conocemos. No eres sólo mi jefe, te has portado conmigo como un amigo. Pero ahora mismo tengo que saber si hubo algo raro en el caso de esa niña. Algo que ahora, trece años después, pueda suponer una amenaza para alguien.
– No sé si te entiendo.
Héctor apagó el cigarrillo.
– Sí me entiendes. -Tomó aire antes de seguir-. Sabes perfectamente de qué te hablo. Hay detalles que tuvieron que salir a la luz en esa investigación: Iris no comía, se había escapado de esa casa dos días antes, mostraba una conducta insolente y había cambiado mucho en el último año. Su madre no podía dominarla. ¿Todo eso no te hizo pensar en algo?
– Estás hablando de hace muchos años, Héctor.
– Los abusos a menores no son cosa de ahora, Lluís. Han existido siempre. Y se han tapado durante muchos años.
– Espero que no estés insinuando lo que creo.
– No insinúo nada. Me limito a preguntar.
– No había ninguna prueba de eso.
– ¿Ah, no? ¿Su conducta no te pareció prueba suficiente? ¿O acaso os fiasteis de lo que os dijo el padre Castells? Un sacerdote de buena familia, ¿por qué dudar de alguien así?
– ¡Basta! No te tolero que me hables así.
– Te lo diré de otro modo, entonces. ¿La muerte de Iris Alonso fue un accidente?
– Lo creas o no, sí. -Savall le miró a los ojos, intentando imprimir toda su autoridad a esa afirmación.
Héctor no tenía más remedio que aceptarla, pero no estaba dispuesto a rendirse fácilmente.
– ¿Y las muñecas? ¿Qué hacían esas muñecas flotando en el agua?
– ¡He dicho que basta! -Hubo una pausa, tan cargada de amenazas como de interrogantes-. Si quieres revisar el caso, encontrarás el expediente. No hay nada que ocultar.
– Me gustaría creerte.
Savall le observó con severidad.
– No tengo por qué darte ninguna explicación. Esa niña se ahogó en la piscina. Fue un accidente. Es algo terrible, pero sucede todos los veranos.
– ¿De verdad no tienes nada más que añadir?
Savall negó con la cabeza y Héctor se levantó de la butaca. Iba a despedirse, pero el comisario tomó la palabra de nuevo.
– Héctor. Has dicho que somos amigos. Como tal, ¿puedo pedirte que aceptes mi palabra sobre este asunto? Podría exigirte que dejes este caso, pero prefiero confiar en tu amistad. Yo he demostrado mi aprecio hacia ti. Quizá es la hora de que hagas lo mismo.
– ¿Me estás pidiendo un favor? Si es así, dilo claro. Dilo y entonces sabré a qué atenerme.
Savall tenía la vista clavada en el suelo.
– La justicia es un espejo de dos caras. -Alzó la cara despacio y siguió hablando-: Por un lado refleja a los muertos y por el otro a los vivos. ¿Cuál de los dos grupos te parece más importante?
Héctor meneó la cabeza. De pie, frente a su superior, contempló a aquel hombre que le había echado una mano en los momentos difíciles e intentó buscar en su interior el agradecimiento que le debía, la confianza que siempre le había inspirado.
– La justicia es un concepto difuso, Lluís, en eso estamos de acuerdo. Por eso prefiero hablar de verdad. Verdad hay una sola, para los vivos y para los muertos. Y eso es lo único que vine a buscar, pero veo que no lo voy conseguir.
Parado ante el ascensor, Héctor se dio cuenta de que salía de esa casa con mal sabor de boca y se planteó seriamente volver a llamar a la puerta, entrar y empezar aquella conversación de nuevo. Estaba ya con una mano en el timbre de la puerta cuando sonó el móvil y sus prioridades cambiaron de inmediato. Era Martina Andreu y llamaba para informarle de que su casera, Carmen, había sufrido una agresión en su domicilio. El ascensor se había ido, pero él ya no lo esperó; bajó corriendo y tomó un taxi hacia el Hospital del Mar.
Capítulo 30
Si a los hombres se les conquistaba por el estómago, estaba claro que los cuatro platos que había comprado Leire en un establecimiento de comidas preparadas no iban a conseguir que Tomás cayera rendido a sus pies. Mientras le veía masticar con desgana las croquetas recalentadas, Leire casi se apiadó de él. Había contestado al teléfono con una voz cavernosa que indicaba que las copas con los colegas se habían prolongado hasta la madrugada y había accedido a regañadientes a ir a su casa a comer algo. Ahora se esforzaba en parecer despierto y hambriento, sin adivinar que el postre que le esperaba iba a ser más difícil de tragar que todo lo anterior.
– ¿Qué tal anoche? -preguntó Tomás, mientras dudaba entre si coger otra croqueta o una empanadilla brillante de aceite. Optó por beber agua.
– Bastante duro. Una chica muerta. En la bañera de su casa.
– ¿Suicidio?
– Aún no lo sabemos -dijo ella en un tono que pretendía zanjar el tema-. Oye, siento haberte despertado antes… pero tenemos que hablar.
– Vaya… Eso suena a mal rollo. -Le sonrió. Apartó el plato de la mesa con cara de asco-. No tengo mucha hambre.
Ella sí, pero daba lo mismo. No conseguiría probar bocado hasta que se hubiera sacado de encima el peso que la agobiaba. Por última vez recordó el consejo de María. ¿Qué ganaba con decírselo? Podía cortar con él, ahí y en ese instante, decirle que había conocido a otro, y ese chico seguiría con su vida tranquilamente, ignorante de que ella esperaba un hijo suyo. Se buscaría a un ligue con quien ir de crucero y olvidaría con rapidez esa media docena de polvos salvajes. Quizá volvería a llamarla algún día, pero ella no respondería al teléfono. Se le escapó un suspiro. ¿Por qué diablos tenía que ser tan sincera? Nunca había podido mentir, ni por ella ni por nadie. Las mentiras se le ocurrían, pero cuando llegaba el momento de decirlas, algo en su interior las reconvertía en la verdad. Y, al fin y al cabo, se repitió, ella no pretendía pedirle nada: ni dinero, ni responsabilidades. El niño había sido engendrado por los dos, pero ella y sólo ella había decidido que el embarazo siguiera adelante. Él podía largarse y no iría a buscarlo. Esa idea, la posibilidad factible de que eso sucediera, le dolió un poco más de lo que estaba dispuesta a admitir. Se percató entonces de que él le decía algo y volvió a la realidad.
– … dejémoslo estar. Ya sé que te agobian los compromisos, me lo dejaste muy claro. Pero pensé que sería divertido.
– ¿El qué?
– Lo del barco. -La miró extrañado y sonrió-. ¡Creía que el resacoso era yo!
– Claro que sería divertido.
Él abrió los brazos, con gesto de rendición.
– No hay quien os entienda. Pensé que te había agobiado la idea de pasar diez días conmigo… Que te habías sentido presionada o algo así.
– Estoy embarazada.
Él tardó unos segundos en procesar la información. Y unos segundos más en intuir que, si se lo decía, era porque probablemente él tenía algo que ver en eso.
– ¿Em… barazada?