Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » El verano de los juguetes muertos
El verano de los juguetes muertos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 68
Перейти на страницу:

– ¿Qué es lo os voy a agradecer? -repitió Marc, y esa vez con un atisbo de sospecha en la voz.

Gina bajó la cabeza. Un estruendo procedente del exterior los sobresaltó a los tres. Ella soltó un grito.

– ¡Estoy harta de petardos! -Fue hacia la mesa de la buhardilla y se sirvió otro vodka con naranja. Era el tercero de la noche. Con el vaso de plástico en la mano observó a sus amigos, que frente a frente parecían dos pistoleros a punto de disparar.

– Marc -dijo Aleix por fin-, Gina y yo hemos estado hablando.

– ¿De qué?

– Ya lo sabes. -Aleix se calló, y luego se encaminó hacia la mesa para reunirse con Gina. Llegó y se situó a su lado-. No vamos a seguir con esto.

– ¿Qué?

– Piénsalo, Marc -prosiguió Aleix-. Es demasiado arriesgado. Puedes meterte en un lío, puedes hundirnos a todos. Y ni siquiera estás seguro de que vaya a funcionar.

– Funcionó otras veces. -Era el sonsonete de Marc, el estribillo de su canción de los últimos días.

– ¡Joder, tío, esto no es el colegio! Aquí no estamos hablando de gastarle una bromita a una profesora tonta. ¿Es que no lo ves?

Marc no se movía del sitio. Entre él y los otros, la ventana abierta mostraba un pedazo de cielo que, de vez en cuando, se iluminaba con vivos colores de fuego.

– No, no lo veo.

Aleix suspiró.

– Eso lo dices ahora. En unos días nos lo agradecerás.

– ¿ Ah, sí? Creía que eras tú quien tenía algo que agradecerme. ¡Me debes una! Y lo sabes.

– Te estoy haciendo un favor, tío. Te niegas a verlo, pero es así.

Por un instante Marc pareció dudar. Bajó la cabeza, como si se le acabaran los argumentos, como si estuviera cansado de discutir. Gina había permanecido callada durante toda la conversación, y escogió ese momento para dar un paso hacia Marc.

– Aleix tiene razón. No merece la pena…

– ¡Vete a la mierda! -La respuesta la sobresaltó tanto como el petardo-. No entiendo por qué os preocupáis tanto. No tenéis que hacer nada más. Dame el USB y yo me encargo de todo.

Ella se volvió hacia Aleix. Sin saber qué decir, apuró la bebida con tanta avidez que casi se atragantó.

– No hay USB, Marc. Se acabó -dijo él.

Marc miró a Gina, incrédulo. Pero al ver que ella bajaba la cabeza, que no negaba, estalló:

– ¡Eres un hijo de puta! Un auténtico hijo de puta. ¡Lo tenía todo preparado! -Y, en voz más baja, prosiguió-: ¿No os dais cuenta de lo importante que es para mí? ¡Se supone que somos amigos!

– Y lo somos, Marc. Por eso lo hacemos -reiteró Aleix.

– Vaya, ¡qué gran favor! Yo también podría hacerte uno. -La voz de Marc sonaba distinta, agria, como si le saliera del estómago-. Librarte de esa mierda que te está volviendo un imbécil. ¿O te crees que no nos hemos dado cuenta?

Aleix tardó unos segundos en comprender a qué se refería. Los suficientes para que Marc le tomara la delantera y se abalanzara sobre su mochila.

– ¿ Qué coño haces?

– Lo hago por ti, Aleix. Es un favor. -Había sacado las bolsitas, minuciosamente preparadas con las dosis que solía vender, y con una sonrisa triunfal corrió hacia la puerta.

Aleix saltó tras él, pero el otro le empujó y bajó la escalera hacia su dormitorio. Gina, atónita, vio cómo Aleix le seguía, le agarraba del cuello de la camiseta en mitad de la escalera y le obligaba a dar media vuelta. Ella gritó cuando sonó el primer golpe: un revés que le dio a Marc en plena boca. Los dos amigos se quedaron quietos. Marc notó que le sangraba el labio, se pasó la mano por la herida y se la secó en la pechera de la camiseta.

– Tío, lo siento. No quería pegarte… Eh, vamos, dejemos esto.

El rodillazo directo a los testículos le dejó sin aire. Aleix se dobló y apretó los ojos mientras un millar de fuegos artificiales en miniatura le estallaban en la cabeza. Cuando los abrió, Marc había desaparecido. Sólo oyó el ruido de la cisterna del cuarto de baño. Un chorro de agua insolente, definitivo.

«Cabrón», pensó, pero cuando fue a decirlo en voz alta, el dolor de la entrepierna se le hizo insoportable y tuvo que apoyarse en la pared para no caer al suelo.

Oyó la puerta de la calle y supuso que sus padres y su hermano habían salido ya. Saber que tenía la casa sólo para él le proporcionó una sensación de alivio momentáneo, que fue esfumándose poco a poco cuando se percató de que, de aquella reunión de tres amigos que acabaron peleados, dos estaban muertos. Muertos. Aleix no había dedicado tiempo a pensar en la muerte. No tenía por qué hacerlo. A veces recordaba los largos meses de su enfermedad; intentaba evocar si, mientras estaba en la cama del hospital sometido a las torturas de los hombres de blanco, había tenido miedo de morir, y la respuesta era no. Fue después, con el paso de los años, cuando fue realmente consciente de que otros, afectados por la misma enfermedad, no habían logrado sobrevivir. Y al constatarlo se había sentido poderoso, como si la vida ya le hubiera puesto a prueba y él con su fuerza hubiera logrado vencer. Los débiles morían; él, no. El había demostrado que tenía valor. Edu no había parado de decírselo: eres muy valiente, aguanta un poco más, ya está, ya se acaba.

Se levantó de la cama, sin ganas de ducharse. Tenía el cuarto hecho un desastre: ropa por todas partes, zapatillas de deporte desperdigadas por el suelo. Sin querer pensó en el cuarto de Gina, las hileras de peluches en los estantes que ella se había resistido a quitar y que formaban parte del encanto de un espacio que aún conservaba cierto rastro de inocencia. Joder, Gina…

Una luz cié alarma se le encendió en el cerebro. ¿Qué bermudas llevaba puestas el último día que la vio? Rebuscó en los tres pares que tenía tirados de cualquier manera sobre una silla. Suspiró aliviado. Sí, el puto USB estaba ahí. Conectó el USB al ordenador por pura rutina, no porque le apeteciera ver lo que contenía. Eso seguro. De hecho, quería hacer en persona lo que le había pedido a Gina que no hiciera simplemente porque no se fiaba de ella en todo lo que guardaba relación con Marc: borrarlo, que aquellas imágenes desaparecieran para siempre sin dejar rastro.

Cuando la pantalla empezó a mostrar su contenido se quedó estupefacto, y esa irritación tan propia de él en su trato con los demás, la decepción que le embargaba al constatar, una y otra vez, que estaba rodeado de inútiles, se apoderó de su mente. Se reprendió a sí mismo por enojarse con Gina ahora que la pobre ya no estaba, pero… Joder, había que ser tonta para equivocarse de dispositivo y pasarle sus apuntes de historia del arte. El fastidio dio paso a otra alarma, ésta más intensa. «Maldita sea.» El USB seguía en la habitación de Gina, al alcance de sus padres, de la policía; del sudaca ese adusto y de la agente que tenía un buen polvo. Tardó cinco minutos en vestirse y salir corriendo a por la bici. Bueno, pensó con malicia, al final su padre estaría contento.

Capítulo 25

Parado ante la puerta señorial de reja negra que daba paso a la escalera de los Martí, Héctor consultó el reloj. Tenía quince minutos antes de encontrarse con Castro, a la que había llamado al salir de casa de Joana, y se dijo que otro café no le sentaría mal antes de enfrentarse a lo que le esperaba arriba. Al parecer, no era el único que opinaba eso, pues, sólo entrar en la cafetería, vio de reojo que Félix Castells estaba al final de la barra, con el periódico abierto, absorto en su lectura. Era alguien con quien quería hablar a solas, así que no lo dudó un momento. Fue hacia él y le saludó, utilizando el tratamiento eclesiástico casi sin pensarlo.

1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 68
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)