El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– ¡Estupendo!
– Trata del uso indebido de cierta información médica sacada de bases de datos.
Hank hizo una mueca.
– No es precisamente la clase de asunto que trabajo, Berry, pero sigue.
Berrington gruñó para sus adentros: Hank no parecía estar de talante receptivo. Sacó a relucir todo su encanto y tiró adelante:
– Creo que si es un asunto de los que entran en tu terreno, porque eres capaz de ver el potencial que contiene, cosa que se le escaparía a un reportero corriente.
– Está bien, probemos.
– Primero, no estamos manteniendo esta conversación.
– Eso es un poco más prometedor.
– Segundo, puedes preguntarte por qué te estoy proporcionando la historia, pero no formularás ninguna pregunta de labios afuera.
– Cada vez mejor -dijo Hank, pero no hizo ninguna promesa.
Berrington decidió no seguir andándose por las ramas.
– En el departamento de psicología de la Universidad Jones Falls hay una joven investigadora llamada doctora Jean Ferrami. En la búsqueda de sujetos idóneos para su estudio, explora grandes bases de datos médicos sin permiso de las personas cuyos historiales figuran en los archivos.
Hank se pellizcó la colorada nariz.
– ¿Es un asunto sobre ordenadores o sobre ética científica?
– No lo sé, el periodista eres tú.
El entusiasmo de Hank brillaba por su ausencia.
– No es lo que se dice una gran exclusiva sensacional.
«No empieces a hacerte el remolón, hijo de mala madre.» Berrington tocó el brazo de Hank en gesto amistoso.
– Hazme un favor, pregunta por ahí -dijo en tono persuasivo-. Ve a ver al presidente de la universidad, se llama Maurice Obell. Telefonea a la doctora Ferrami. Diles que se trata de un gran reportaje y veremos cómo responden. Creo que tendrás unas reacciones interesantes.
– No sé, no sé.
– Te prometo, Hank, que no perderás el tiempo.
«¡Di que sí, so cabrón, di que sí!»
– Está bien -accedió Hank, tras un breve titubeo.
Berrington trató de disimular su complacencia tras una expresión grave, pero no pudo evitar que en sus labios apareciera un leve sonrisita de triunfo.
Hank la captó y por su rostro cruzó un fruncimiento de recelo.
– No estarás utilizándome, ¿eh, Berry? ¿Estás tratando de valerte de mí para asustar a alguien, quizá?
Berrington sonrió jovialmente y pasó el brazo por los hombros del reportero.
– Confía en mí, Hank -dijo.
20
Jeannie compró un estuche de tres bragas blancas de algodón en un centro comercial de Walgren, en las afueras de Richmond. Se puso unas en los servicios de mujeres del Burger King contiguo. Se encontró entonces mucho mejor.
Era extraño lo indefensa que se había sentido sin aquella prenda íntima. Apenas podía pensar en otra cosa. Sin embargo, durante la época en que estuvo enamorada de Will Temple le encantaba ir de un lado para otro sin bragas. Le hacía sentirse eróticamente provocativa todo el día. Sentada en la biblioteca, trabajando en el laboratorio o simplemente mientras caminaba por la calle solía fantasear pensando en que Will iba a aparecer de pronto, de forma inopinada, enfebrecido por la pasión, y que le diría: «No disponemos de mucho tiempo, pero tengo que poseerte, ahora mismo, aquí mismo», y ella estaría dispuesta para él. Pero al no haber ningún hombre en su vida, necesitaba llevar ropa interior lo mismo que necesitaba llevar zapatos.
De nuevo convenientemente vestida, volvió al coche. Lisa condujo hasta el aeropuerto de Richmond-Williamsburg, donde devolvieron el automóvil de alquiler y cogieron el avión de regreso a Baltimore.
La clave del misterio debía de residir en el hospital donde nacieron Dennis y Steve, musitó Jeannie mientras despegaban. De una manera o de otra, dos gemelos idénticos habían acabado alumbrados por madres distintas. Era un argumento propio de cuento fantástico, pero algo así tenía que haber sucedido.
Repasó los papeles que llevaba en la cartera y comprobó los datos relativos al nacimiento de los dos sujetos. La fecha de nacimiento de Steve era el 25 de agosto. Con horror descubrió que la de Dennis era el 7 de septiembre, casi dos semanas después.
– Debe de haber un error -dijo-. No sé por qué no se me ocurrió cotejarlas antes. Mostró a Lisa los contradictorios documentos.
– Podemos hacer una doble verificación -repuso Lisa.
– ¿Se pregunta en alguno de los formularios en que hospital nació el sujeto?
Lisa emitió una amarga risita.
– Creo que esa es una pregunta que no incluimos en los impresos.
– En estos casos, sin duda fue en un hospital militar. El coronel Logan está en el ejército y cabe imaginar que «el comandante» era soldado en la época en que Dennis vino al mundo.
– Lo comprobaremos.
Lisa no compartía la impaciencia de Jeannie. Para ella no se trataba más que de otro proyecto de investigación. Para Jeannie, sin embargo, lo era todo.
– Quisiera hacer una llamada ahora -exclamó impaciente-. ¿Lleva teléfono este avión?
Lisa enarcó las cejas.
– ¿Estás pensando en llamar a la madre de Steve?
Jeannie percibió una nota de reproche en la voz de Lisa.
– Sí. ¿Por qué no debería hacerlo?
– ¿Sabe ella que Steve está en la cárcel?
– Buen tanto. Lo ignoro. Maldita sea. No voy a ser yo quien le de la mala noticia.
– Es posible que Steve haya telefoneado ya a su casa.
– Tal vez me acerque a la cárcel a ver a Steve. Eso está permitido, ¿no?
– Supongo que sí. Pero tendrán un horario de visitas, como los hospitales.
– Me presentaré allí, a ver si hay suerte. De cualquier modo, siempre puedo llamar a los Pinker. -Hizo una seña a la azafata que se acercaba por el pasillo-. ¿Hay teléfono en el avión?
– No, lo siento.
– Mala suerte.
La azafata sonrió.
– ¿No te acuerdas de mí, Jeannie?
Jeannie la miró a la cara por primera vez y la reconoció inmediatamente.
– ¡Penny Watermeadow! -exclamó. Penny se había doctorado en lengua inglesa en Minnesota el mismo curso que Jeannie-. ¿Qué tal te va?
– Formidable. ¿Y tú qué haces?
– Estoy en la Jones Falls, enzarzada en un programa de investigación con algunos problemas. Tenía entendido que buscabas un trabajo académico.
– Lo buscaba, pero no lo encontré.
Jeannie se sintió un poco incómoda por el hecho de haber conseguido algo que su amiga no logró.
– Mal asunto.
– Ahora me alegro. Disfruto con este trabajo y pagan mejor que en la mayoría de las universidades.
Jeannie no la creyó. Le impresionaba desagradablemente ver a toda una doctora en lengua inglesa trabajando de azafata.
– Siempre creí que serías una profesora estupenda.
– Estuve dando clases una temporada en un instituto de enseñanza media. Hasta que me pegó un navajazo un alumno que discrepaba conmigo respecto a Macbeth. Me pregunté por qué lo hacía, por qué arriesgaba la vida por meter a Shakespeare en la cabeza de unos chicos que no veían la hora de volver a las calles para seguir con sus atracos y sacar dinero con el que comprarse crack.
Jeannie recordó el nombre del marido de Penny.
– ¿Cómo esta Danny?
– Se las arregla de maravilla, ahora es director de ventas. Lo que significa que tiene que viajar un montón, pero le compensa.
– Bien, que alegría volver a verte. ¿Tu base está en Baltimore?
– En Washington, D.C.
– Dame tu número de teléfono. Te llamaré.
Jeannie le paso un bolígrafo y Penny anotó su número de teléfono en una de las carpetas de Jeannie.
– Almorzaremos juntas -dijo Penny-. Será divertido.
– Apuesta a que sí.
Penny siguió adelante.
– Parece lista -comentó Lisa.
– Es muy inteligente. Estoy horrorizada. Ser azafata no tiene nada de malo, pero en el caso de Penny es como tirar por la ventana veinticinco años de estudios.