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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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No me atreví a preguntarle por qué tenía tanta seguridad en que fuera a ser un varón.

Estuve enferma la mayor parte de mi embarazo, el cual pasé en una suerte de estado de estupefacción, en una nebulosa de días confusos y semanas turbias. Por aquel entonces Magnus estaba fuera la mayoría de los días; para mi alivio, no insistió en tratarme él mismo, sino que encomendó la tarea a un médico mayor, muy parecido al doctor Stevenson. Yo tenía pocas cosas que hacer, salvo descansar cuando estaba cansada, y leer e intentar, por el bien del niño, dominar el temor que me congelaba el corazón. Cuando me encontraba bien, salía a pasear por Regent's Park, a sólo unos cientos de yardas de nuestra casa de Munster Square, con mi doncella Lucy, la única criada que se me permitió contratar.

Lucy es -aunque no podré volver a verla- una muchacha tranquila y dulce; tenía su dormitorio en la habitación de la niñera, junto a la mía, al final del rellano. Se aplicó mucho para mejorar su lectura, y para cuando nació Clara ya leía con mucha soltura. Yo la veía más como una amiga que como una criada, aunque procuré ocultarlo ante el resto de la servidumbre. La casa estaba a cargó del mayordomo de Magnus, Bolton, y de la cocinera, la señora Ryecott; muy a menudo venían y simulaban que me preguntaban algo, y yo les decía que hicieran lo que creyeran más oportuno. Veía en Bolton a un amigo personal de Magnus: era un hombre moreno, enjuto y delgado, siempre vestido de negro. Nos detestamos en cuanto nos vimos, y siempre fui consciente de su desconfianza para conmigo. La señora Ryecott era una mujer adusta de mediana edad, ferviente servidora de Magnus también; y también me parecía una intrusa. Respecto a los demás, Alfred, un muchacho de unos diecisiete años, era el mozo de las cuadras y el recadero, y también estaban las dos criadas, Carrie y Bertha, que vivían atemorizadas por la furia de la señora Ryecott. Ahora todos ellos se encuentran aquí, en la mansión… excepto Lucy, que ha regresado a Hereford para cuidar a su madre, que está muy enferma. Se quedó conmigo hasta el último momento. Yo quería que se fuera directamente a Paddington [46] esta mañana, pero insistió en acompañarme hasta Shoreditch para ayudarme con Clara, y hacer sola el largo camino de regreso.

Creo que sin la compañía de Lucy la soledad de mi embarazo habría sido insoportable. Yo había esperado encontrar nuevos amigos en el círculo de Magnus, pero nuestro distanciamiento y las náuseas de los primeros meses lo hizo imposible. Yo no sabía dónde iba, ni a quién veía, ni qué decía de mí, si es que decía algo, ni nada… Sólo sabía lo que él decidía decirme y yo no tenía modo de saber si lo que me contaba era verdad. Así pues, tenía todo el tiempo del mundo para darle vueltas y más vueltas a sus intenciones. ¿Estaba sólo esperando el nacimiento de su hijo (así se refería siempre al bebé) para encerrarme en un manicomio? Desde luego, podría hacerlo fácilmente, conociendo mi historia. ¿Y si el bebé era una niña, me forzaría de nuevo? También había días en que dudaba de mis propias percepciones (aún dudo en ocasiones): quizá me dejaba sola por consideración hacia mí, y mi aprensión estaba completamente injustificada. Pero… ¿por qué se había casado conmigo? Me deseaba, cierto… pero había muchas mujeres jóvenes más hermosas que yo, mujeres de buena familia y mejor fortuna que habrían sido mucho más complacientes que yo. Entonces temí que mi don (así lo llamaba él) hubiera sido el factor determinante.

Sin embargo, había una certeza de la que no podía desprenderme: que el nacimiento de mi bebé precipitaría cualquier acción que él tuviera la intención de llevar a cabo. Aquella mañana gélida de enero, cuando por vez primera tuve a Clara en mis brazos, me juré protegerla, incluso a costa de nuevas violaciones de Magnus. El doctor y la comadrona se habían ido; yo le había dado el pecho a Clara por primera vez (había decidido no contratar a una ama de cría, por mucho que los conocidos de Magnus pudieran desaprobarlo), y dormí un poco, y pensé que haría bien ordenando a Lucy que fuera a preguntarle a Magnus si quería verla. Pero al parecer Magnus había salido de casa poco después que el doctor, y no supe nada hasta la mañana siguiente, cuando Lucy regresó con un mensaje de Bolton: «El señor envía sus saludos a la señora Wraxford, y lamenta verse obligado a viajar inmediatamente a París por razones urgentes».

Estuvo fuera durante quince días, y entonces caí presa de malos presentimientos que fueron aún más espantosos precisamente por el gozo de tener a Clara junto a mí. Lo único que no me imaginaba era que él continuaría exactamente igual que antes. El día de su regreso estuvo durante unos instantes junto a la cuna de Clara, observándola con una especie de tibio interés, casi como un hombre puede contemplar distraídamente al hijo de un familiar lejano sólo por cortesía. Más adelante se refirió a la niña como «tu hija», y preguntaría por ella durante el desayuno con su habitual cortesía indiferente.

Transcurrió un mes, y tres más; a menudo, por la noche, cuando yo estaba despierta con Clara, esperaba oír sus pasos aproximándose, pero nunca apareció. Muchas veces me dispuse a preguntarle: «¿Qué pretendes hacer conmigo?». Pero la pregunta siempre murió antes de abandonar mis labios: la perfección de sus modales obligaba al asentimiento. Y, sin embargo, el sentimiento de una crisis inminente era tan evidente como el tictac de un reloj…

Me he visto obligada a interrumpir el diario porque Clara se ha movido en sueños. Parece tan maravillosamente tranquila… Sólo saber que debo ser valiente, por ella, impide que el terror me paralice. Si ocurre lo peor, todo el mundo dirá que debería haberla dejado en Londres, pero con Lucy lejos, no pude consentirlo. Y desde la última «visita»… no me atrevo a separarme de ella.

Si alguien leyera esto -alguien que no sea Magnus, que seguramente lo destruiría en cuanto lo viera-, si alguien leyera esto… podría preguntarse por qué, simplemente, no cogí a Clara y huí de inmediato. No soy una prisionera… o no lo era, antes de venir aquí. Pero no tengo dinero… y no tengo adónde ir. Y estoy tan absolutamente distanciada de mi madre y de mi hermana que ni siquiera conozco su dirección. (Supongo que mamá se habrá ido a vivir con Sophie y su marido). E incluso aunque Ada y yo aún mantuviéramos una relación estrecha, ella y George no podrían acogernos: por ley, Clara y yo pertenecemos a Magnus, y podría reclamarnos inmediatamente. Incluso sin las «visitas», mi huida podría considerarse como una prueba de mi locura, porque yo no tengo absolutamente nada de lo que quejarme: Magnus nunca me ha pegado ni me ha maltratado de ningún modo; ni siquiera me ha levantado la voz jamás. Cierto, no se ocupa en absoluto de Clara, pero he oído que muchos hombres actúan así cuando sus esperanzas en un heredero se ven defraudadas. En este sentido, él es un marido modélico, excepto porque su mera presencia me aterroriza.

No debo dar por hecho que soy una prisionera en este lugar. Desde luego, aquí no hay ningún cochecito de niño y Clara ha crecido tanto que yo no puedo tenerla en brazos más de media hora sin que la espalda me duela horriblemente. Pero si Magnus no tomó precauciones contra mi posible huida en Londres, ¿por qué iba a preocuparse si llamo a Alfred y le pido que me lleve a Aldeburgh? La única persona que conozco por aquí es el señor Montague, que admira a Magnus por encima de todo; aunque me confiara a él, lo cual no pienso hacer, me diría que mis sospechas carecen de todo fundamento y me aconsejaría que regresara a la mansión inmediatamente.

Con todo, hay límites a mi libertad. La biblioteca y la vieja galería en la que Cornelius Wraxford desapareció están cerradas, por razones de seguridad, según Bolton: dice que Magnus guarda todas las llaves. Y todas las habitaciones del piso de arriba están cerradas, las escaleras permanecen acordonadas, y todas las puertas del rellano se mantienen cerradas con candado… o eso dice Bolton; por supuesto, no he intentado abrirlas. El suelo de algunas habitaciones está podrido, me explicó. Todo es perfectamente razonable… excepto por ese ligerísimo aire de insolencia de este hombre, por ese aire de carcelero a la espera de órdenes. Las dependencias que ocupará la señora Bryant se encuentran al otro lado de la biblioteca: se trata de un inmensa cámara, con su dormitorio, su vestidor y su salón. Ella dice que las ruinas le resultan románticas, pero… ¿qué puede querer hacer una mujer que viaja con su propio médico en un lugar tan desolado? Ni siquiera puedo imaginarlo.

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[46] Paddington era el nombre común de la estación de ferrocarriles de la compañía Great Western Railway, que cubría los trayectos del suroeste de Inglaterra y Gales

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