El Misterio De Wraxfor Hall
- Автор: Харвуд Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:
Nada supe de su existencia hasta hace unas semanas, cuando una mañana, Magnus me dijo que «la señora Diana Bryant, una paciente mía», nos había invitado a tomar el té en su casa de Grosvenor Street tres días después. Salvo por mis paseos por Regent's Park con Lucy, apenas salía de casa desde el principio de mi embarazo, y Magnus había aceptado todas las invitaciones… él solo. «Estoy seguro de que en tu delicado estado de salud, querida, preferirás quedarte en casa».
Tal había sido su discurso habitual.
– ¿Puedo preguntarte… por qué quieres que me conozca la señora Bryant? -le pregunté, intentando ocultar que mi voz temblaba.
– Bueno, querida… -contestó, afectando sorpresa-, seguramente ya es hora de que comiences a frecuentar la sociedad. La señora Bryant (viuda desde hace años) es una mujer de una considerable riqueza. Sufre una afección coronaria; mi tratamiento ha tenido éxito donde otros han fracasado y se ha convertido en una gran abogada de mis métodos. Estoy seguro de que tendréis muchos asuntos de los que hablar…
Su tono era tan cortés como siempre, pero había un brillo en sus ojos que me desanimó a seguir preguntando.
Aquella semana hizo un calor agobiante -Lucy se vio obligada a encalar el alféizar de las ventanas y sellar con papel de estraza las del cuarto de la niña para evitar el hedor- y el tiempo continuó siendo así hasta el día en que teníamos que visitar a la señora Bryant; entonces, el calor se disipó bajo un espantoso retumbar de truenos y un verdadero diluvio. En cualesquiera otras circunstancias me habría complacido recorrer las calles limpias por la lluvia, pero cuando Magnus se sentó conmigo en el coche, sólo sentí un profundo temor y aprensión.
Me había imaginado a la señora Bryant como una viuda anciana, pero, bien al contrario, era una señora elegante que tal vez rondaría los cuarenta y cinco años; era alta y… escultural, así supuse que los hombres hablarían de ella, y vestía con ropas caras y muy adornadas; también lucía un gran peinado de pelo castaño rojizo, aunque no todo era suyo. Tenía el cutis muy pálido, con un matiz azulado. Yo había escogido deliberadamente un traje gris, de cuello alto, muy sencillo, que no habría avergonzado ni a un cuáquero, y ella me miró de arriba abajo con ostentosa compasión. Tenía una voz grave de contralto, coqueta cuando le hablaba a Magnus, y condescendiente cuando se dirigía a mí.
Sólo había un invitado más: su médico, el doctor Rhys, un galés pequeño y menudo, con ojos muy grandes y prominentes de color azul… casi turquesa, en realidad, que le conferían una expresión de asombro permanente. No parecía que tuviera más de veinticinco años, pero ya estaba casado y tenía un hijo y una niña muy pequeña. Me pareció que estaba un poco avergonzado por su papel… una especie de médico faldero, y estaba claramente esclavizado por Magnus. La señora Bryant se lanzó a un recuento exhaustivo de sus experiencias en manos de la profesión médica: al parecer, Magnus había estado mesmerizándola durante algún tiempo, con la absoluta aprobación del doctor Rhys. A pesar del estudiado desdén de la señora Bryant, no me sentí tan incómoda como había esperado, hasta que me percaté de que el doctor Rhys me estaba estudiando con curiosidad profesional, lanzándole miradas a Magnus, que estaba sentado a mi lado, pero un poco detrás. «Magnus le ha contado lo de mis visitas», pensé, y después me dije: «Los certificados de locura deben firmarlos dos doctores».
Mi taza tiritó sobre el plato que sostenía en la mano. La señora Bryant se interrumpió en mitad de una frase y me preguntó, con gesto de disgusto, si me encontraba indispuesta.
– No -contesté-, sólo un poco… es decir… no, no, en absoluto.
– Me agrada oírlo. Es usted muy afortunada -dijo intencionadamente- Por ser la esposa de un médico tan eminente y por poder disponer de sus servicios a cualquier hora del día.
Me obligué a sonreír y a susurrar algo apropiado. Con la excusa de ir a dejar mi taza, moví la silla un poco para poder ver a Magnus. Tras su afable máscara, pude detectar un brillo de diversión. «Debo conservar la calma», pensé. «No seré un juguete en tus manos…».
Pero la siguiente observación de la señora Bryant me preocupó sobremanera.
– Señora Wraxford, su esposo me ha dicho que se ha convertido en el propietario de Wraxford Hall. Después de tanto tiempo y de tanta demora innecesaria, debe de estar usted encantada.
Cuando acepté casarme con Magnus, le dije que no deseaba volver a ver u oír nada de la mansión, jamás; y desde que se produjo nuestro distanciamiento, en ocasiones me pregunté por qué guardaba silencio sobre aquel asunto cuando sabía que aquello le daba poder para herirme. Entonces se me ocurrió, con una repentina sensación de frío, que todos estaban actuando concertadamente, intentando provocar en mí un ataque histérico que justificara mi internamiento. Las recargadas paredes del salón de la señora Bryant, profusamente adornadas, parecieron cerrarse en torno a mí. Bajé la cabeza, porque no confiaba en poder hablar razonablemente.
– La mansión, desde luego, está en un estado muy precario -dijo Magnus suavemente-. Pero estoy seguro de que algunas habitaciones pueden resultar aún habitables para nuestro… experimento. La señora Wraxford no sabe nada de ello -añadió-. No he querido molestarla con ese asunto hasta que se arregle la propiedad.
Yo deseaba que continuara, pero no lo hizo. Todas las miradas se volvieron hacia mí, como si yo fuera una actriz que hubiera olvidado su papel.
– ¿Un… experimento? -dije, lamentando y odiando aquel temblor en mi voz.
– Sí, querida -dijo Magnus-. Estoy seguro de que recordarás la noche en que nos encontramos por vez primera, cuando apunté que la mansión sería el escenario ideal para una sesión de espiritismo… dirigida bajo estrictos principios científicos. También dije que esa sesión podría confirmar o no, de una vez por todas, la cuestión de la inmortalidad. La señora Bryant tiene mucho interés en el espiritismo y está deseosa de poder participar, así como el doctor Rhys.
– Naturalmente -dijo Godwin Rhys. Lanzó una mirada a la señora Bryant, hizo como que consultaba su reloj y se levantó-. Y ahora, si me disculpan, me temo que debo dejarles… una cita importante… ya saben. Encantado de haberla conocido, señora Wraxford. Espero con impaciencia que podamos volver a encontrarnos de nuevo muy pronto.
Su despedida fue demasiado estudiada y artificiosa como para que yo pudiera encontrar algún consuelo en el hecho de que no hubiera dos médicos en aquel salón. Esperaba que Magnus dijera algo, pero fue la propia señora Bryant quien se dirigió a mí.
– Con tantos prejuicios irreflexivos al respecto, señora Wraxford, ésta es una oportunidad que no podemos ignorar. ¿Sabe usted que mi propio hijo quiso encerrarme en un manicomio simplemente por asistir a las reuniones del señor Harper [47]?
Negué con la cabeza mecánicamente.
– Así que… señora Wraxford -añadió-, estoy segura de que usted comprende nuestras dificultades. Estoy tan d. También a distancia».lamentablemente desilusionada con los médiums (incluido el señor Harper, aunque eso no excusa el monstruoso comportamiento de mi hijo), que casi había desesperado de volver a comunicarme de nuevo con mi querido padre, hasta que su esposo… Oh, es tan alentador encontrar a un hombre de ciencia con una mentalidad tan abierta… Pero vayamos al caso: entiendo, señora Wraxford, que usted es una médium con un don, aunque se niega a ejercitarlo…
[47] Robert Harper, que vivía en el número 62 de Ivydale Road, era uno de los cincuenta o sesenta espiritistas y videntes que ejercían como médiums en Londres en esas fechas. En la tarjeta de este farsante se podía leer: «Exámenes psicométricos para diagnósticos de enfermedades, y tratamiento mediante mesmerismo y sonambulismo. También a distancia»