El Misterio De Wraxfor Hall
- Автор: Харвуд Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:
– ¿Cree que habría habido alguna diferencia si lo hubiera hecho? -me preguntó, como si fuera un eco de Ada.
– Quizá no… pero podría ser. Usted dijo que si un joven de su idéntica descripción muriera, ello probaría que soy clarividente…
– «Daría a entender», más que «probaría», señorita Unwin. Pero… sí: creo que usted es lo suficientemente valiente como para afrontar el hecho de que probablemente lo es.
– No -dije con vehemencia-. No lo soy… quiero decir que no soy valiente. Después de esto, ¿cómo puedo vivir con una persona por la que sienta cariño o a la que ame? Es una cosa diabólica, una enfermedad abominable y maligna. Dejaría que me cortaran una mano por librarme de eso… -y rompí a llorar.
Si hubiera intentado consolarme, creo que me habría apartado de él, pero no lo hizo; permaneció a mi lado, en silencio, sin moverse ni mirarme, hasta que me hube recobrado.
– Señorita Unwin -dijo finalmente-, si usted me permitiera intentarlo una vez más… si me permitiera mesmerizarla, y así, espero, prevenir que pueda volver a ocurrir, me sentiría profundamente honrado. Por el momento, me hospedo en The Ship, por el asunto de la propiedad, ya sabe, y no tengo compromisos urgentes en Londres. Estoy enteramente a su disposición.
Pensé de nuevo en su generosidad para con Edward, y en mi propia ingratitud al ocultarme de él aquel otro día, y después de un breve titubeo, acepté. Dijo que me visitaría al día siguiente, hizo una reverencia y se alejó apresuradamente… Y allí me quedé, preguntándome si él también había venido a visitar la tumba de Edward y por qué se encontraba en Chalford cuando su abogado -en ese momento, presumiblemente, el socio del señor Montague- estaba a diez millas de allí, en Aldeburgh.
La tarde siguiente, a las dos, Magnus Wraxford entró de nuevo en el pequeño salón que daba a la parte delantera de la rectoría. En el exterior hacía un día desagradable y sombrío. Yo había dormido muy mal y pasé la mañana yendo de un lado a otro por toda la casa, intentando prepararme para su llegada. Ada sabía ahora exactamente por qué había venido el doctor y yo me sentí más tranquila sabiendo que mi amiga se encontraba en la habitación contigua, leyendo en el comedor; así, le dije al doctor que estaba dispuesta a comenzar cuanto antes. Pero el temor regresó a mi pecho cuando él corrió las cortinas. Intenté concentrarme en la moneda que oscilaba frente a mí, intenté sentir que el sueño me dominaba, pero nuevamente fui víctima de la ilusión óptica y de nuevo advertí que Magnus Wraxford se había transformado en un rostro sin cuerpo, con llamas de vela en vez de ojos, y con una mano cortada oscilando sobre la mesa. Intenté imaginar la mano de Ada sobre la mía, pero sabiendo que ella se encontraba al otro lado de la pared, eso me resultó de todo punto imposible. Mis ojos se negaban a cerrarse; de pronto me encontré escuchando un extraño tono muy bajo en su voz, muy vibrante, en vez de las palabras que estaba canturreando. Una brisa helada rozó mi mejilla. La vela tembló y casi se apagó, de modo que los miembros sin cuerpo que había frente a mí se retorcieron y se estremecieron, y los ojos resplandecieron momentáneamente.
«No puedo continuar», pensé. Y entonces oí a Edward, que decía: «Ese hombre tiene unos ojos extraordinarios… Si yo fuera pintor de retratos, con seguridad desearía tenerlo como modelo». A menudo, cuando intentaba evocar el rostro de Edward, sus rasgos sólo aparecían en mi memoria como una figura de contornos borrosos; y en otras ocasiones aparecía espontáneamente, tan claro y nítido en mi mente como si lo tuviera sentado a mi lado. Ésta fue una de esas ocasiones. Podía oír perfectamente la melodía de su voz: su cara se me presentó, iluminada con la alegría y la esperanza, y, sin embargo, no sentí temor; podía notar su presencia allí, en aquel momento, junto a mí, en aquella habitación oscura. Permanecí vagamente consciente mirando la brillante moneda y los rasgos de Magnus Wraxford flotando tras ella, pero Edward me llamaba desde la clara luz del día, diciendo palabras que yo sabía que eran palabras de consuelo, palabras que me esforzaba en escuchar pero que no podía distinguir, y su presencia permaneció conmigo hasta que, sin ninguna transición perceptible, me encontré en medio de una luz grisácea, con el punzante olor de una vela apagada en mi nariz, y Magnus Wraxford mirándome desde arriba. A través de las cortinas abiertas pude ver la niebla retorciéndose en volutas junto a los cristales de la ventana.
– Lo siento -dije-. Lo intenté…
– Desde luego, señorita Unwin, pero… francamente, nunca he visto nada semejante. Parece como si fuera a caer en un trance profundo, pero entonces… no responde a ninguna de mis sugestiones. Me parece que ni siquiera las escucha…
– Me temo que no -dije-. He tenido un sueño… al menos creo que ha sido un sueño… con Edward. Me estaba hablando, pero no podía entender lo que decía.
– Comprendo. -Había un tono de frustración en su voz, pero no podía culparle por ello: decididamente, no estaba acostumbrado a fracasar-. Entonces… quizá realmente se haya quedado dormida, aunque no lo parecía…
– Lo siento mucho, de verdad, señor -repetí-. Siento mucho haberle hecho perder tanto tiempo…
– No, en absoluto -dijo, recuperando su buen humor con una triste sonrisa-. Sólo estoy avergonzado por mi propia incompetencia. ¿Podríamos intentarlo de nuevo mañana?
– Señor, no creo que… -comencé a decir, pero él rechazó mis protestas, declinó la oferta de tomar el té con nosotros y se fue antes de que yo pudiera recordarle que estaba invitado a cenar.
Aquella noche hablé de aquel problema con Ada y George.
– Estoy segura -dije- de que si el doctor le permitiera a Ada sentarse conmigo, yo caería rápidamente en trance, pero él dice que podría interferir en mi concentración.
– Comprendo -dijo George-. No hubiera pensado jamás que una tercera persona pudiera constituir un obstáculo, pero yo no sé nada de la ciencia del mesmerismo… Para hablar francamente: ¿temes que esté abusando de tu confianza?
– Tal vez… aunque no siento exactamente eso. No sé qué es exactamente lo que me desconcierta.
– A mí me parece -dijo Ada un tanto titubeante- que si sus intenciones no fueran honorables, insistiría en verte en otro lugar. Estaría corriendo un gran riesgo aquí…
– Sí, tienes razón… -dije.
– Me pregunto si serán sus ojos -dijo George- o el modo en que su mirada refleja la luz… Estoy seguro de que eso es lo que hace de él un buen mesmerista, pero resulta un tanto inquietante.
– Debe de ser eso -dije, y decidí que no permitiría que mi inquietud resultara un obstáculo en adelante.
Sin embargo, mi desasosiego volvió a hacerse patente en la siguiente sesión, cuando la habitación se oscureció y Magnus Wraxford adoptó de nuevo la apariencia de una cabeza cortada y una mano oscilando sobre la llama de una vela. «No debo temerle», me dije muy seriamente, y me percaté de que si entrecerraba levemente los ojos, podía enfocar con más precisión la reluciente moneda, y me di cuenta de que si me concentraba en respirar profunda y regularmente, poco a poco conseguía apartar mi atención de los perturbadores tonos graves de su voz, de modo que parecía como si yo me estuviera ordenando a mí misma que me relajara, que tuviera sueño, que me durmiera, cada vez más y más profundamente… hasta que desperté a la luz del día y pude ver cómo se deshacía la espiral de humo de la vela apagada, y no pude recordar nada tras mi «No debo temerle».
Por un momento pensé que había vuelto a fracasar, pero entonces vi que me estaba sonriendo; todos sus gestos, e incluso su apariencia, parecían sutilmente distintos.
– Muy bien, señorita Unwin: ha permanecido usted en trance durante más de veinte minutos.
– Y… ¿cree usted que ya estoy curada?
– No puedo garantizarlo, me temo. Pero… sí: soy muy optimista y, por supuesto, usted sabe que puede requerirme siempre que lo desee.