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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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Wraxford Hall

martes, 26 de septiembre de 1868

Ya todo es oscuridad… No sé qué hora es. Clara duerme profundamente en su cuna; tan profundamente que he estado a punto de ir a verla para asegurarme de que respira. Me encuentro horriblemente cansada, pero ya sé que no me dormiré. Mi cabeza zumba como un enjambre de avispas; no puedo pensar y sin embargo debo hacerlo… por ella. Dispongo de tres días antes de que llegue Magnus: tres días en los cuales debo poner por escrito todo lo que ha ocurrido, y prepararme para lo que me temo que ocurrirá.

Al menos he encontrado el escondite perfecto para ocultar este diario. No me atreví a comenzarlo en Londres, por temor a que Magnus pudiera encontrarlo. Si lo llegara a saber… pero eso no ocurrirá. No debo asumir que va a ocurrir lo peor… o perderé toda esperanza.

Comenzaré por describir esta habitación, o más bien estas dos habitaciones, ya que Clara duerme en una pequeña alcoba a la que se accede desde este cuarto… supongo que antaño fue un trastero o un vestidor. Estamos en la primera planta, aproximadamente a medio camino de un pasillo que se quiebra y gira tantas veces que una apenas puede estar segura de dónde se encuentra. Tuve que volver atrás y contar tres veces para convencerme de que hay catorce habitaciones en este corredor. Las escaleras para los criados se encuentran en la parte trasera de la casa, con una puerta que da a la parte principal de la mansión, en la fachada.

En mi habitación, los paños de madera de las paredes se han fregado y hay alfombras nuevas, lo cual resultaría tranquilizador si no sospechara que se ha hecho más por la señora Bryant que por mí. Dado que voy a presidir su sesión de espiritismo, deben guardarse las apariencias… no es que ella vaya a poner un pie aquí. El suelo cruje allá por dondequiera que vaya, y poco importa cuán suavemente camine. La cama es antigua, con dosel de cuatro columnas, pero la tela se ha retirado… sin duda estaba tan vieja que serían prácticamente jirones; al menos la ropa de cama está limpia y seca. Hay un arcón, un aguamanil, un tocador, todo tallado en una madera vieja y oscura. El escritorio que estoy utilizando… De nuevo, no sé si la presencia de este escritorio debo considerarla tranquilizadora o siniestra. ¿Estaba aquí o Magnus ordenó que trajeran un escritorio a esta habitación? Es como si dijera: «Querida… sé exactamente lo que pretendes escribir, así que no imagines que puedes evitar que lo lea».

El escritorio se encuentra bajo la ventana, la cual, durante el día, se abre casi como un precipicio a una descuidada explanada de hierba que se ha segado tan recientemente (lo vi esta mañana) que los tallos tienen un pálido color amarillento o blancuzco. Los árboles que rodean la explanada son tan altos que apenas dejan ver la mitad del cielo. Pero ahora no se ve nada en la ventana, salvo la llama de una vela reflejada bajo la imagen borrosa de mi rostro: tras eso, la oscuridad es absoluta.

Me he preguntado hasta la saciedad si Magnus sometió mi voluntad cuando tuvo éxito en aquella sesión de mesmerismo, o si nubló mi percepción lo suficiente como para conseguir mi consentimiento. Pero si lo hizo, el recuerdo se ha perdido más allá de lo que puedo recordar, y sólo me queda el sentimiento de culpa por haberme casado con él. Sabía que no lo amaba, y debería haberle dicho que había cambiado de opinión, como Ada me rogó que hiciera. Recuerdo su rostro pálido y apesadumbrado el día de la boda; no la he vuelto a ver desde entonces. En mis cartas le digo que soy maravillosamente feliz, y ella hace como que me cree; y por eso nuestras cartas se han ido haciendo cada vez menos frecuentes. Pero no se lo contaré a ella: ya tiene suficientes penas.

¿Cómo pude imaginar que acabaría amándolo como él evidentemente me amaba a mí? Ahora me parece que incluso antes de casarnos ya huía de su roce, pero seguramente no era así… Puede que el deseo convierta a los hombres en seres completamente ciegos… incluso a un hombre tan sutil e inteligente como Magnus. Respecto a la noche de bodas -debo escribirlo-, el acto me resultó inmensamente doloroso, pero mi disgusto pareció excitarle aún más… (¿Habría sido así también con Edward? No lo creo). La violación se repitió la noche siguiente, y la siguiente (apenas tengo recuerdos en absoluto de los días en que no me agredía), e intenté fingir… o convencerme de que me acostumbraría, pero aunque el dolor físico disminuyó con el tiempo, la sensación de violación sólo se incrementó. Como yo había rechazado el viaje de novios, fuimos directamente a su casa en Munster Square. Mi habitación estaba en el segundo piso; la suya se encontraba en el primero, pero durante aquellos primeros días -¿o fueron semanas?- él consideró mi habitación como la suya propia, hasta la mañana en que todo cambió para siempre…

Seguramente bajé a desayunar antes, aunque no recordaba haberme vestido ni haberme recogido el pelo. Sólo recuerdo haber visto a la doncella junto al aparador precisamente cuando Magnus apareció en el umbral de la puerta… Fue exactamente como si hubiera estado sonámbula, y me hubiera encontrado de repente, completamente despierta, ante la mesa del desayuno. La doncella se llamaba Sophie, como mi hermana; era una muchacha de unos dieciséis años, pequeña, tímida y amable. Magnus se acercó a mi lado y me puso la mano en la nuca. No pude evitarlo, y me estremecí violentamente cuando me tocó. Sophie lo vio, se ruborizó, y huyó de la sala.

Aquella mano sobre mi cuello pareció convertirse en piedra. Hubo un momento de absoluta quietud; entonces, apartó la mano y pude mirarlo… aterrorizada. El rostro de Magnus era absolutamente inexpresivo. Durante otra pequeña eternidad permanecimos así. Hizo un leve gesto de afirmación con la cabeza, como si se estuviera confirmando algo a sí mismo, y después -como si se hubiera descorrido un telón rápida y silenciosamente-, volvió a sus gestos habituales, y dijo, como si nada en absoluto hubiera ocurrido:

– Confío en que hayas dormido bien, querida.

Poco después se fue, y no regresó hasta muy tarde. Luego, por la noche, fingió que no había ocurrido nada, y cuando llegó la hora de retirarse, ni siquiera me tocó: sólo inclinó levemente la cabeza y me dio las buenas noches; después, se encerró en su habitación. Estuve despierta, tumbada en la cama, casi toda la noche, temiendo oír el sonido de sus pasos subiendo las escaleras. A la mañana siguiente ocurrió lo mismo. Yo no habría sabido que algo iba mal, excepto porque mi esposo no me volvió a tocar. Sophie se despidió poco después, pero si se vio forzada a hacerlo, desde luego no me lo dijo. Día tras día Magnus continuó actuando como si fuera un marido abnegado cuando estábamos con otras personas o delante del servicio, y me sentí impelida a seguirle el juego, porque no sabía qué otra cosa podía hacer. La mascarada no cesó jamás, ni siquiera cuando nos quedábamos solos, aunque esto nunca solía ocurrir durante mucho tiempo. Él estaba fuera la mayoría de los días, viendo pacientes -o eso me decía-, y por las noches, si habíamos cenado en casa, se excusaba con la mayor cortesía tan pronto como retiraban los platos, y no le volvía a ver hasta que aparecía en la mesa del desayuno.

Si hubiera mostrado alguna emoción -aunque fuera ira-, creo que lo habría comprendido. Quizá me habría humillado y le habría rogado que me perdonara, pero la simple perspectiva de ponerme a sus pies me hacía estremecer, porque ahora estaba aterrorizada por lo que quiera que hubiera tras aquella fachada sonriente. Y pocas semanas después descubrí que estaba embarazada.

Pensé que aquella noticia cambiaría nuestra situación, pero cuando al final reuní el suficiente valor para contárselo -fue una mañana, durante el desayuno, cuando la doncella estaba fuera de la sala-, todo lo que dijo fue:

– Así que voy a tener un hijo… Te felicito, querida. Necesitarás vigilar tu salud: has estado un poco delicada últimamente.

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