Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
Su repentina entrada en el bosque de sauces hizo que las liebres salieran de sus escondrijos, y aunque corrían a su lado, no tardó en distanciarse de ellas. Mientras alcanzaba el final del bosque de sauces, apareció a su izquierda un puente de adoquines un tanto tambaleante que se apoyaba sobre unos puntales de madera. Construido para las carretas de caballos, servía para unir el límite oriental de la aldea con los campos. Temeroso de ser visto, acortó a través de un trozo de campo plagado de zanjas excavadas por los ladrones de la aldea y se dirigió corriendo hacia los bosques donde las moreras y las acacias crecían codo con codo. Las acacias acababan de echar flores y el aire estaba envuelto en su fragancia. Siguió corriendo, aunque tenía la sensación de que las piernas eran pesas de plomo, la vista se le nublaba, la piel le escocía dolorosamente y respiraba de manera entrecortada. Los nudosos troncos de los árboles -la blanca morera y la acacia marrón- formaban una red peligrosa y prácticamente impenetrable. En cuanto el camino se abría, se cerraba por el árbol siguiente, y en uno de sus repentinos bandazos se golpeó contra el suelo.
Gao Ma recuperó la consciencia cuando empezaba a anochecer y su primera sensación fue la de una sed intensa que hizo que le ardiera el vientre, después se percató de las picaduras que tenía por todo el cuerpo: allá donde apretara la piel con su dedo, una terrible bocanada de aire fresco se filtraba por los poros. Tenía los ojos hinchados, hasta el punto de estar prácticamente cerrados, pero hasta que no tocó verdaderamente su piel abultada no recordó vagamente haberse rebozado en la pocilga del maestro de escuela Zhu y haber golpeado con la cabeza una colmena de avispas.
El sol, una rueda roja, se hundía con lentitud por el oeste. Además de ser espectacularmente hermosa, la puesta de sol de principios de verano tenía una extraordinaria dulzura y delicadeza: las hojas negras de las moreras se volvían tan rojas como las rosas; los pétalos de la acacia, de un blanco prístino, emitían un aura envolvente de color verde pálido. La suave brisa de la tarde hacía que las hojas de las moreras y los pétalos de las acacias danzaran y se agitaran, llenando los bosques de un suave murmullo.
Se levantó sujetándose en la rama de una morera, aunque le dolían todas las articulaciones del cuerpo. Las piernas estaban hinchadas, al igual que los pies, y tenía la sensación de que los senos nasales estaban a punto de explotar. Necesitaba con desesperación un poco de agua. Por un instante, se devanó los sesos para determinar si los acontecimientos que habían tenido lugar aquella tarde habían sucedido verdaderamente o si no habían sido más que un mal sueño. Los trozos secos de inmundicias de cerdo que tenía pegados al cuerpo y las relucientes esposas que colgaban de su muñeca izquierda eran la prueba que necesitaba para confirmar, sin lugar a dudas, que era un fugitivo de la justicia. Y sabía cuál era el delito por el que querían arrestarle. Llevaba un mes esperando inquieto a que llegara ese día, y por esa razón había dejado de cerrar la ventana. La debilitadora sed y la dolorosa tirantez de su piel hicieron que le resultara imposible relajarse, así que continuó avanzando por las moreras y las acacias en dirección norte, hacia el lecho seco del río donde, según recordaba. Gao Qunjia y su hijo habían cavado un pozo aquella primavera.
Para evitar pisar sobre las dolorosas enredaderas que crecían en el suelo arenoso, se vio obligado a caminar entre los espinosos juncos, que sólo eran un poco menos punzantes para las plantas de los pies. Los rojos destellos de luz se filtraban a través de las flores de las acacias, las hojas de las moreras se posaban en su desnuda piel y, mientras examinaba su desnudez, especialmente la de sus brazos y su pecho, observó que se había convertido en un amasijo de ampollas de color rojo intenso y le vino a la mente el recuerdo de las orugas venenosas.
La reluciente arena del lecho seco del río le cegó cuando emergió de la arboleda. La bola de fuego crepitaba en su descenso como si cogiera velocidad, tiñendo el cielo hasta hacer que pareciera un jardín de flores celestial. Pero Gao Ma estaba demasiado ocupado examinando la zona y tratando de encontrar una señal de la existencia del pozo. Por fin, entre las interminables arenas rojas y amarillas del lecho del río, alcanzó a ver algunos montículos de tierra de color chocolate y se dirigió hacia ellos.
Agua, agua. Se dejó caer de rodillas y sorbió con avidez el agua como si fuera un caballo sediento. En unos segundos, su boca, su garganta y su estómago compartieron el alivio de la ansiada agua. Pero las paredes de su estómago se retorcieron ante la repentina inundación y pudo escuchar el chisporroteo que emitían sus resecos órganos al ser regados. Después de un minuto de beber con frenesí, levantó la cabeza durante unos diez segundos para recobrar la respiración, luego se volvió a inclinar y comenzó de nuevo, esta vez con más tranquilidad, para poder paladear el sabor y el calor del agua.
El agua era salobre y estaba caliente. Pero enterró su rostro en ella una última vez antes de ponerse lentamente de pie y dejar que se resbalara por su cuello y hombros, y que bajaba luego por el abdomen hasta alcanzar las ampollas que le produjeron las orugas, que se abrieron y soltaron su veneno; una terrible sensación de dolor tensó su recto.
«¡Oh, Dios mío!». Gimió débilmente y bajó la cabeza hasta que su mirada se posó sobre las agrietadas paredes del pozo y sobre un tierno musgo verde que flotaba en la superficie y que servía de hogar a unos bancos de pequeños renacuajos. Tres grandes ranas moteadas croaban en el borde del pozo, con sus opacas bolsas expandiéndose y contrayéndose rítmicamente mientras seis ojos de color esmeralda le miraban con intensidad. Gao Ma dio un respingo. Un eructo seco ascendió por su garganta; tenía la sensación de que cientos de renacuajos se retorcían en el interior de su estómago y de sus intestinos. El agua salió de su boca como si fuera un géiser. Una vez visto lo que podía conseguir del pozo, se dio la vuelta y regresó a los bosques de moreras y acacias, balanceando el cuerpo hacia delante y hacia atrás mientras avanzaba.
Aunque el sol había caído por detrás del horizonte, el cielo todavía no había oscurecido; una bruma espesa se extendió alrededor de una multitud de gusanos de seda mientras levantaban sus cabezas metálicas extrañamente perfiladas y carcomían las plateadas hojas de las moreras, y cada crujido penetraba en el pecho de Gao Ma. Se dejó caer sobre una morera y observó cómo las ondas transparentes de las flores de las acacias asomaban a través de la envolvente bruma; la fragancia se hizo más intensa con el anochecer y un polvo de azafrán ascendió con las corrientes de viento mientras los excrementos de los gusanos de seda, como si fueran limaduras de acero, aterrizaban sobre sus piernas, que se estiraban por delante de su cuerpo.
La luna ascendió en el baldaquín azul intenso del cielo, acompañada de un puñado de estrellas doradas. Las deposiciones de los gusanos de seda cargadas de rocío que caían sobre sus piernas le parecieron los excrementos de las constelaciones celestiales. A menudo, se sentía tentado a ponerse de pie como reacción a un poderoso estímulo, que se disipaba en cuanto trataba de doblar las rodillas. Otras veces, quería quitarse las esposas que tintineaban en su muñeca; pero en cuanto trató de levantar el brazo vio que también era un esfuerzo inútil.
El silencio se rompió por el aleteo de las aves nocturnas. Mientras pasaban volando sobre las puntas de las ramas de las moreras creyó verlas dejar rastros fosforescentes sobre ellas. Pero cuando trató de mirar más de cerca, se dio cuenta de que todo era producto de su imaginación, y no estaba seguro siquiera de que hubiera ave alguna.