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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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– ¿La conocía ya, Veyrenc?

– No, si acabo de leerla.

– ¿La entiende?

– No.

– Yo tampoco.

– Se trata de fabricar la vida eterna -dijo Danglard, mohíno-. Es algo que no se consigue en un santiamén.

Media hora después, Adamsberg y sus agentes cargaban las bolsas en el coche, con destino a París. Danglard protestaba por la presencia del parafuegos detrás, sin contar las cuernas de ciervo, que ocupaban todo el asiento.

– Sólo veo una solución -dijo Adamsberg-. Colocamos las cuernas delante, y los dos pasajeros se sientan detrás.

– Sería mejor dejar aquí las cuernas.

– ¿Está de broma, capitán? Lleve usted el coche, es el más alto. Veyrenc y yo iremos detrás, uno a cada lado del parafuegos, nos vendrá muy bien.

Danglard esperó que Veyrenc se hubiera subido al coche para llevar aparte a Adamsberg.

– Está mintiendo, comisario. Nadie puede memorizar un texto así. Nadie.

– Es un superdotado, ya se lo he dicho. Tampoco puede nadie versificar como él.

– Una cosa es inventar y otra recordar. Ha sabido recitar ese maldito texto de cabo a rabo. Miente. Ya conocía la medicación de memoria.

– ¿Para qué, Danglard?

– Ni idea, pero es una receta de condenado, por los siglos de los siglos.

XXX

– Llevaba zapatos azules -anunció Retancourt depositando una bolsa de plástico en la mesa de Adamsberg.

Adamsberg miró la bolsa, luego a la teniente. Llevaba el gato bajo el brazo, y la Bola, feliz, se dejaba transportar como un trapo, con las patas y la cabeza colgando sin reacción. Adamsberg no esperaba un resultado tan rápido. A decir verdad, no esperaba el menor resultado. Pero los zapatos del ángel de la muerte estaban encima de su mesa, gastados, torcidos y azules.

– No hay rastro de betún en las suelas -añadió Retancourt-. Pero es normal, en dos años los ha llevado mucho.

– Cuénteme -dijo Adamsberg trepando al taburete sueco que se había instalado en el despacho.

– La agencia inmobiliaria dejó la casa abandonada, sabiendo que no era vendible. Nadie se encargó de limpiarla después del arresto. Y, sin embargo, la encontré vacía. Ya no hay muebles, ni platos, ni ropa.

– ¿Entonces? ¿Saqueo?

– Sí. En el barrio, todo el mundo sabía que la enfermera no tenía familia y que sus cosas estaban en muy buen estado. Poco a poco se fue organizando el saqueo. He inspeccionado varias viviendas de okupas y un campamento de gitanos. Además de los zapatos, he encontrado una blusa y una manta que le pertenecían.

– ¿Dónde?

– En una caravana.

– ¿Que sigue habitada?

– Sí. Pero no es necesario saber por quién, ¿o sí?

– No.

– He prometido a la señora proporcionarle unos zapatos. No tiene más que éstos y unas zapatillas, y los echa de menos.

Adamsberg balanceó las piernas.

– La enfermera -murmuró- fue cargándose viejos con jeringuilla durante cuarenta años, lo que se dice un auténtico oficio, una tradición incrustada a lo largo de medio siglo de vida. ¿Por qué iba a dedicarse de repente al ocultismo, contratando excavadores a sueldo para desenterrar vírgenes? No lo entiendo, este cambio tan radical no es lógico.

– La enfermera tampoco.

– Sí lo es. Toda locura es rígida, toda locura sigue una trayectoria.

– La experiencia de la prisión pudo hacerla derrapar.

– Eso es lo que dice la forense.

– ¿Por qué dice «vírgenes»?

– Porque Pascaline lo era, igual que Élisabeth. Y supongo que eso tiene su importancia para la profanadora. La enfermera tampoco vivió nunca con un hombre.

– Pero para eso tenía que saber lo de Pascaline y Élisabeth.

– Sí, o sea, tenía que haber pasado tiempo en la Alta Normandía. Las enfermeras reciben más confidencias de las que piden.

– ¿Hay constancia de su presencia allí?

– No, ninguna víctima en el oeste, salvo en Rennes. Pero eso no quiere decir nada. Siempre ha ido de pueblo en ciudad, quedándose unos meses y luego desapareciendo como una sombra.

– ¿Qué es eso? -preguntó Retancourt señalando las dos grandes cuernas de ciervo que ocupaban espacio en el suelo del despacho de Adamsberg.

– Es un trofeo. Una noche, me los dieron, y yo los corté.

– Un diez puntas, no está nada mal -apreció Retancourt-. ¿A santo de qué?

– Porque me pidieron que fuera a verlo, y fui. Pero no estoy seguro de que me hicieran ir por él. Se llama Gran Rufo.

– ¿Quién?

– Él.

– ¿Un cebo para llevarlo hasta el cementerio de Opportune?

– Puede.

Retancourt levantó una de las cuernas, la sopesó y la dejó en su sitio con delicadeza.

– No hay que separarlas -dijo-. ¿Qué más ha recogido por allí?

– Me he enterado de que los cerdos tienen un hueso en el morro.

Retancourt dejó pasar la noticia, poniéndose el gato en el hombro.

– Tiene forma de doble corazón -prosiguió Adamsberg-. Me he enterado de que se pueden curar los vapores con reliquias de santo, ganar la vida eterna por los siglos de los siglos y de que había huesos de carnero entre los de san Jerónimo.

– ¿Y de qué más? -preguntó Retancourt, que esperaba pacientemente las informaciones que le interesaban.

– De que los dos hombres que abrieron la tumba de Pascaline Villemot son probablemente Diala y La Paille. De que Pascaline murió con la cabeza aplastada por una piedra de la iglesia, de que habían matado y emasculado uno de sus gatos tres meses antes y lo habían dejado tal cual delante de su puerta.

Adamsberg levantó de repente una mano, cruzó las piernas detrás del pie del taburete y marcó un número de teléfono.

– ¿Oswald? ¿Sabías que habían dejado el gato de Pascaline ensangrentado delante de su puerta?

– ¿Narciso? Todo el mundo se enteró en Opportune. Era famoso por su peso. Más de once kilos, estuvo a punto de ganar un concurso regional. Pero eso ocurrió el año pasado. Hermance le regaló un gato nuevo. A Hermance le gustan los gatos porque son limpios.

– ¿Sabes si los demás gatos de Pascaline eran machos?

– Todas hembras, bearnés, hijas de Narciso. ¿Importa eso?

Otro ardid de los normandos, había observado Adamsberg, consistía en hacer una pregunta haciendo creer que la respuesta no les interesaba nada. Era lo que acababa de hacer Oswald.

– Me preguntaba por qué el que mató a Narciso se tomó la molestia de emascularlo.

– Quien te haya dicho esto te ha contado una trola. Narciso llevaba tiempo castrado y se pasaba todo el santo día durmiendo. Once kilos no se sacan de la nada.

– ¿Estás seguro?

– Claro. Hermance buscó un gato entero para que las hembras criaran.

Con el ceño fruncido, Adamsberg marcó otro número, mientras Retancourt volvía a coger la bolsa de los zapatos con gesto contrariado. Después de doce horas de difícil búsqueda, había exhumado un vínculo espectacular entre la enfermera y los muertos de La Chapelle, y sin embargo el comisario se iba bruscamente a pasear por ahí, por pequeños senderos.

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