Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Le prometí que así sería; pero he de confesar que cuando pensaba en la posibilidad de que Hatsumono volviera a intentar engañarme…, no estaba muy segura de que pudiera defenderme.
– Todavía hay una cosa más -dijo Mameha-. Todo lo que hablamos tú y yo ha de quedar entre nosotras. Nunca le contarás nada a Hatsumono. Aunque sólo hablemos del tiempo, ¿has entendido bien? Cuando Hatsumono te pregunte qué te he dicho, tú debes contestarle: «¡Oh, Hatsumono-san, Mameha nunca dice nada interesante! Lo olvido todo nada más oírlo. ¡Es la persona más aburrida del mundo!».
Le dije a Mameha que había comprendido.
– Hatsumono es bastante lista -continuó ella-. Con que le des la más mínima pista, se hará una composición de lugar. Y te sorprendería ver cómo acierta.
De pronto, Mameha se inclinó hacia mí y me dijo mostrando un gran enfado en la voz:
– ¿De qué estabais hablando ayer cuando os vi en la calle juntas?
– ¡De nada!, señora -respondí yo. Y aunque Mameha siguió clavando en mí una mirada furiosa, yo estaba tan sorprendida que no pude decir nada más.
– ¿Qué quieres decir con nada? ¡Más vale que me respondas, niña estúpida, o te llenaré los oídos de tinta mientras duermes!
Me llevó un ratito darme cuenta de que Mameha estaba intentando imitar a Hatsumono. No era una buena imitación, pero en cuanto reparé en ello dije:
– De verdad te lo digo, Hatsumono-san. Mameha no para de decir tonterías. Nunca recuerdo nada de lo que dice. Sus tonterías me entran por un oído y me salen por el otro. ¿Estás segura de que nos viste ayer juntas en la calle? Porque si hablamos de algo, parece que se ha borrado totalmente de mi memoria…
Mameha continuó imitando a Hatsumono un rato más, y al final me dijo que yo había hecho un buen trabajo. Yo no estaba tan segura como ella. Ser interpelada por Mameha, incluso cuando intentaba actuar como Hatsumono, no era lo mismo que mantener el tipo delante de la propia Hatsumono.
En los dos años que habían transcurrido desde que Mamita había decidido poner punto final a mis clases, había olvidado casi todo lo que había aprendido. Y tampoco es que hubiera aprendido mucho, teniendo como tenía entonces la cabeza ocupada en otras cosas. Por eso, cuando volví a la escuela, tuve la sensación de que empezaba mis clases por primera vez.
Para entonces había cumplido doce años, y era casi tan alta como Mameha. Se podría pensar que el hecho de ser mayor era una ventaja, pero no lo era. La mayoría de las chicas de la escuela habían empezado sus estudios mucho más jóvenes, en algunos casos, incluso, a la edad de tres años y tres días que marcaba la tradición. Las que empezaban así de pronto eran en su mayoría hijas de geishas, y habían sido educadas de tal modo hasta entonces que la danza y la ceremonia del té había formado parte de su vida cotidiana, como para mí bañarme en el estanque, allá en Yoroido.
Ya sé que ya he hablado un poco de lo que era estudiar shamisen con la Señorita Ratón. Pero una geisha ha de estudiar muchas más artes, además del shamisen. De hecho, el prefijo «gei», de geisha, significa «artes», de modo que la palabra «geisha» significa «artesana» o «artista». Mi primera clase de la mañana era de tsutsumi, un tipo de tambor de pequeño tamaño. Te preguntarás de qué le sirve a una geisha saber tocar el tambor. La respuesta es muy sencilla. En los banquetes o cualquier otro tipo de reunión informal de Gion, la geishas bailan acompañadas simplemente del shamisen y, tal vez, una voz. Pero en las representaciones teatrales, como en las Danzas de la Antigua Capital, que tienen lugar todas las primaveras, seis o más shamisen se reúnen con varios tipos de tambor y una flauta japonesa que se llama fue y forman un conjunto. Por eso las geishas deben tener al menos una idea de todos esos instrumentos, aunque, de hecho, se le animará a que se especialice en uno o dos.
Como decía, mi primera clase de la mañana era de tsutsumi, que se toca de rodillas, al igual que el resto de los instrumentos musicales que estudiábamos. El tsutsumi se diferencia de todos los demás tambores en que se sujeta en el hombro y se toca con la mano, a diferencia del okawa, que es más grande y se apoya en el regazo, o el más grande de todos, llamado taiko, que se pone de lado sobre una plataforma y se toca con unos gruesos palos. En distintos momentos los he estudiado todos. Puede parecer que el tambor es un instrumento que hasta los niños saben tocar, pero en realidad una cosa es aporrearlo y otra tocarlo. De hecho, hay varias formas de tocar cada uno de ellos, como por ejemplo, en el caso del gran taiko, la que llamamos uchikomi, que consiste en traer el brazo con el palo al pecho y luego balancearlo hacia atrás y golpear el tambor; u otra que se denomina sarashi, que consiste en golpear con una mano al tiempo que levantamos la otra. Hay también otros métodos, y cada cual produce un sonido diferente, pero sólo tras practicarlos mucho. Además, la orquesta toca siempre cara al público, de modo que todos estos movimientos han de ser elegantes y atractivos, así como sincronizados con los del resto de los miembros de la orquesta. La mitad del trabajo consiste en producir el sonido correcto; y la otra mitad en hacerlo de la manera adecuada.
La siguiente clase de la mañana, después de la de tambor, era de flauta japonesa, tras la cual venía la de shamisen. La manera de estudiar estos instrumentos era más o menos la misma. La profesora tocaba algo primero, y luego nosotras intentábamos repetirlo. A veces sonábamos como una manada de animales del zoo, pero no siempre, pues las profesoras solían empezar con cosas sencillas. Por ejemplo, en mi primera clase de flauta, la profesora tocó una sola nota y después nosotras tratamos de repetirla una por una. Incluso con una sola nota, la profesora tenía mucho que explicar.
– Tú, Tal y Cual, tienes que bajar el pulgar en vez de dejarlo bailando en el aire. Y tú, Menganita, ¿es que apesta tu flauta? Pues entonces, ¿por qué arrugas así la nariz?
Era muy estricta, como la mayoría de las profesoras, y naturalmente teníamos miedo a equivocarnos. No era raro que te arrebatara la flauta y te diera con ella en la espalda.
Después de estas clases, solíamos tener canto. En Japón se suele cantar en las fiestas; y los hombres vienen a Gion sobre todo a hacer fiestas. Todas las chicas, incluso las que carecen de oído y nunca van a cantar delante de otros, tienen que estudiar canto, pues éste les ayuda a comprender la danza. Esto se debe a que se baila al son de unas piezas concretas, a menudo ejecutadas por una cantante que se acompaña con el shamisen.
Hay canciones de muchos tipos -muchos más de los que puedo enumerar-, pero en nuestra clase estudiábamos cinco tipos diferentes. Unas canciones eran baladas populares; otras, trozos de teatro Kabuki que constituían largos poemas narrativos; otras eran breves poemas musicales. Sería absurdo que intentara describir estas canciones. Pero he de decir que aunque a mí me parezcan preciosas, la mayoría de los extranjeros piensan que suenan como gatos estrangulados en el patio de un templo. Es cierto que en el canto tradicional japonés hay un montón de gorjeos y algunos sonidos se hacen tan abajo de la garganta que el sonido acaba saliendo por la nariz en lugar de por la boca. Pero todo es cuestión de costumbre.
En todas estas clases, la música y la danza eran sólo una parte de lo que aprendíamos. Pues incluso la chica que domine todas esas artes, si no ha aprendido urbanidad y modales, no podrá salir bien parada en las fiestas. Esa es una de las razones por las que las profesoras insisten siempre en los buenos modales y porte de sus alumnas, incluso a la hora de ir a los servicios. Cuando estás en clase de shamisen, por ejemplo, te corregirán por hablar mal o por hablar con un acento que no sea el de Kioto, o por caminar encorvada o con andares de estibador. En realidad, la regañina más severa que se puede ganar una alumna probablemente no será por tocar mal o por no conseguir memorizar la letra de una canción, sino más bien por llevar las uñas sucias o no ser respetuosa u otras cosas por el estilo.