La chica de sus sueños
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:
– ¿Y la contabilidad?
– No existía.
– ¿Qué pasó?
– Fue acusado de fraude, multado y dejado en libertad.
– ¿Y?
– Y, al parecer, se trasladó a Venecia.
– En efecto -dijo Brunetti, y entonces decidió-: Haga el favor de llamar a la Guardia di Finanza. Pregunte por el capitán Zeccardi. Cuéntele todo eso y diga que quizá le interese investigar las actividades de Mutti.
– ¿Eso es todo, comisario?
– Sí -dijo Brunetti y entonces, recordando, rectificó-: No. Diga al capitán que con esto quiero agradecerle el paseo por la laguna. Él lo entenderá.
Durante la cena, Brunetti estuvo menos hablador de lo habitual en él, pero nadie pareció notarlo, enfrascados como estaban todos en un debate acerca de la guerra que parecía estar librándose en las calles de Nápoles.
– Hoy han disparado a dos -dijo Raffi, alargando el brazo hacia la fuente de los ruote con melanzane y ricotta-. Aquello es el Salvaje Oeste. Sales de casa para ir a la esquina a por un litro de leche y zacchetè! te vuelan la cabeza.
Con el tono de voz que usaba para calmar los arrebatos juveniles, Paola dijo:
– Imagino que, siendo Nápoles, lo más probable es que vayan a la esquina a por un litro de cocaína. -Sin cambiar de tono, preguntó-: ¿Más pasta, Chiara?
– No serán todos así, ¿verdad? -preguntó Chiara a su padre, asintiendo en respuesta al ofrecimiento de su madre.
– No -respondió Brunetti, asumiendo su papel de autoridad en materia policial-. Tu madre exagera, una vez más.
– Dicen los profesores que la policía y el Gobierno luchan contra la Mafia -dijo Chiara con una entonación que sonó a Brunetti a lección aprendida de memoria.
– ¿Y cuánto hace que luchan? -dijo Paola con una voz engañosamente serena-. Pregúntaselo al profesor la próxima vez que diga semejante estupidez -concluyó, procurando, como siempre, fomentar la confianza de sus hijos en el profesorado y también en el Gobierno. Brunetti fue a protestar, pero ella no le dio tiempo-: ¿Qué otra guerra hay en Europa que dure desde hace más de sesenta años? La tenemos ahí desde que terminó la auténtica, cuando los norteamericanos nos trajeron de vuelta a la Mafia, para ayudar a combatir -aquí su voz adquirió el tono melifluo que utilizaba al mencionar las obras de misericordia que más la repugnaban- el comunismo internacional. Así, en lugar del riesgo de que los comunistas pudieran entrar en el Gobierno después de la guerra, tuvimos a la Mafia, y seguiremos teniéndola colgada del cuello para siempre.
En su condición de miembro de las fuerzas del orden, Brunetti debía refutar esta afirmación y sostener que, bajo el enérgico liderazgo del Gobierno actual, la policía y otros órganos del Estado avanzaban a grandes pasos en su lucha contra la Mafia. Pero sólo preguntó qué había de postre.
CAPÍTULO 24
Durante los dos días siguientes, Brunetti estuvo muy atareado redactando un informe sobre las tendencias de la delincuencia en el Véneto, cuyos datos utilizaría Patta en una conferencia que debía pronunciar en Roma dentro de dos meses. En lugar de endosar el trabajo de documentación a la signorina Elettra o a los hombres del departamento, Brunetti decidió hacerlo personalmente, y pasaba varias horas al día examinando archivos de la policía de todo el Véneto y cotejándolos con las cifras disponibles de otras provincias y países.
Repasando las estadísticas, tropezaba a menudo con estas cuatro palabras: zíngaros, romaníes, sinti, nómadas, grupos a los que pertenecían la mayoría de las personas arrestadas por determinados delitos. Robo, hurto, escalo: una y otra vez, los arrestados eran nómadas. A pesar de que no se hacía informe de los arrestos de menores, no era necesario ser un experto en los arcanos de la policía para leer entre líneas de las frecuentes justificaciones dadas para el uso de vehículos policiales en viajes al continente: «devolver menor a sus tutores», «acompañar menores a sus padres». Brunetti leyó un informe que aludía a un joven multirreincidente, que afirmaba tener sólo trece años, para evitar ser arrestado. A falta de documentos que acreditaran su edad, el juez ordenó que se le hicieran radiografías de todo el cuerpo, a fin de determinar su edad por el estado de los huesos.
Durante siglos, los nómadas habían conseguido mantenerse al margen de la sociedad, cualquiera que fuera el país en el que vivían. Siempre se habían ganado la vida haciendo de tratantes y adiestradores de caballos, hojalateros y hasta montadores de gemas, oficios que actualmente habían pasado a la historia. Pero ellos seguían viviendo de lo que llamaban gadje, porque, a sus ojos, el robo no era una actividad muy distinta del comercio. Durante la última guerra, su alienación les costó cara, y fueron asesinados en masa.
A medida que Brunetti recogía estadísticas de otras regiones, se iba definiendo un perfil. Escalo, robo, hurto: en estos casos, los miembros de los grupos nómadas eran arrestados en un número y con una frecuencia desproporcionados. Pero también había casos que denotaban la existencia de redes de prostitución -en Roma, se había dado uno especialmente abyecto-, en las que miembros de los clanes alquilaban menores a pederastas. Brunetti recordó el informe de la autopsia de la niña.
Por más que trataba de examinar la estadística del crimen objetivamente y en líneas generales, aquel caso concreto seguía inquietándolo, y la cara de la pequeña Ariana, tanto en carne y hueso como en las fotos que había dejado en el peldaño de la caravana, se le presentaba de improviso, sobre todo, en sueños. Sustrayéndose al insistente recuerdo, Brunetti se concentró en la tarea de tabular comparaciones del número de delitos, pero, al llegar al apartado de robo de vehículos, para el que no supo hallar un equivalente en Venecia, decidió abandonar la tarea por el momento.
«Vea si se puede hacer algo por la madre», le había dicho Patta. Brunetti no sabía qué se puede hacer por la madre de una niña de once años que ha muerto ahogada, y suponía que el vicequestore tampoco tendría ni idea. Pero Patta había dado la orden, y Brunetti la cumpliría.
El coche que lo llevaba esta vez pertenecía a la Squadra Mobile, pero también el conductor reconoció el nombre del campamento cuando Brunetti le dijo adónde quería ir.
– Sería más práctico poner una línea de autobuses, comisario -dijo el hombre, en el dialecto que había oído hablar a Brunetti. Aparentaba cuarenta y tantos años, tenía la tez clara y el gesto franco y relajado.
– ¿Y eso? -preguntó Brunetti.
– Vamos tan a menudo que somos como un servicio de taxis para sus críos.
– ¿Tanto van? -preguntó Brunetti observando que hoy los árboles estaban más cargados de flor y el verde era más intenso, más seguro de sí-. Mala cosa parece.
– No es asunto mío decir si está bien o mal, señor. Pero, con el tiempo, se te hace extraño.
– ¿Por qué?
– Es como si para ellos la ley fuera diferente que para los demás. -Aventuró una mirada de soslayo y, al ver que el comisario escuchaba con interés, prosiguió-: Yo tengo dos hijos, de seis y nueve años. ¿Imagina lo que ocurriría si me negara a dejarles ir a la escuela y si me los trajeran a casa por haberlos pillado robando? ¿Y eso seis veces? ¿Diez?
– ¿Qué sería diferente? -preguntó Brunetti, aunque se hacía una idea bastante aproximada.
– Para empezar, yo los aviaría bien -dijo el conductor con una sonrisa que indicaba que por «aviarlos» él entendía una bronca y un mes sin televisión-. Y luego me quedaría sin trabajo. Eso, seguro. O se me haría tan difícil seguir que tendría que dejarlo.
A Brunetti le pareció que el hombre exageraba, pero entonces recordó casos en los que el arresto del hijo de un policía había perjudicado gravemente la carrera del padre.