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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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El duque sintió su mirada sobre su rostro, pero no la miró, porque sabía sin mirarla lo que estaba pasando por su mente… Que ella estaría llegando a la conclusión, correctamente, de que él estaba jugando un largo juego.

No solo la quería bajo su cuerpo, no solo quería aliviar su dolorosa erección en la suave carne que acababa de explorar y reclamar como suya. La quería en su cama, dispuesta y deseosa. No porque hubiera abrumado sus sentidos hasta el punto de que sabía lo que estaba haciendo. La quería ver extendida sobre sus sábanas, quería que extendiera sus brazos, que separara sus largas piernas, y que lo recibiera en su cuerpo.

Conscientemente. Con conocimiento total de sus acciones, y de sus repercusiones.

Deseaba aquello (su completa, absoluta, inequívoca y deseosa rendición) más de lo que necesitaba un alivio temporal. Tomarla ahora no le proporcionaría ese premio.

Era un estratega, un hombre de tácticas, sobre todo, incluso en aquel ruedo.

Cuando terminó de abotonarle el vestido, la miró a la cara, y descubrió que tenía el ceño fruncido. Estaba seguro de que, cuando llegara la mañana, ella habría calculado su táctica.

Había sido parte de su familia desde que tenía seis años; ahora tenía veintinueve. No había posibilidad de que, en los últimos años, no hubiera tenido algún amante, seguramente, animada por su propia madre.

Lo que significaba que el interludio que acababan de compartir debería haber despertado de nuevo su pasión.

Las mujeres, incluso aquellas con necesidades sexuales tan fuertes como las suyas propias, podían aguantar mucho más tiempo que los hombres sin alivio. Casi como si pudieran hacer que sus pasiones hibernaran.

Pero una vez que volvían a despertar, una vez que la liberación sexual pendía de nuevo ante sus sentidos…

Lo único que tenía que hacer era subir la presión, y ella acudiría a él por voluntad propia.

Guiar y planear el interludio que seguiría le permitió retroceder, escoltarla (aún aturdida y asombrada) desde su habitación a través del pasillo hasta la puerta de su dormitorio.

La abrió y dio un paso atrás.

Minerva se detuvo y lo miró a los ojos.

– No vas a entrar.

Sus labios se curvaron, pero inclinó su cabeza.

– Como desees. Nada más lejos de mi intención que forzarte.

Minerva sintió que sus mejillas ardían. En lo que acababa de pasar, aunque él podría haber sido el instigador, ella había sido igualmente participante. Pero de ninguna manera iba a discutir con la vena cortés que lo había poseído. Tan arrogantemente como pudo, inclinó la cabeza.

– Buenas noches.

– Hasta la próxima vez.

El oscuro murmullo la alcanzó mientras atravesaba la puerta. Se giró y miró atrás. Con decisión, declaró:

– No habrá una próxima vez.

Su suave y oscura risa se deslizó como un pecado sobre su enrojecida piel.

– Buenas noches, Minerva -La miró a los ojos. -Que duermas bien.

Con esto, se alejó, camino de sus aposentos.

Minerva cerró la puerta, y apoyó la espalda contra ella.

Durante un minuto dejó que las sensaciones que él le había proporcionado se reprodujeran de nuevo en su mente.

Sintió de nuevo su poder.

Que el cielo la ayudara… ¿Cómo iba a mantenerse firme ante él?

Más aún, ¿cómo iba a mantenerse firme ante ella misma?

CAPÍTULO 09

A pesar de las frustraciones físicas de aquella noche, Royce estaba en un humor ecuánime mientras, a la mañana siguiente, repasaba su correspondencia con Handley en el estudio.

Aunque no tenía experiencia seduciendo a damas inseguras o poco dispuestas, su ama de llaves, gracias a Dios, no era ni lo uno ni lo otro. Convencerla de que se metiera en su cama no exigiría palabras dulces, zalamerías o largas miradas, no tenía que jugar con su sensibilidad; la noche anterior había sido simplemente el hombre, el antiguo señor que ella ya sabía que era, y había tenido éxito. Sorprendentemente.

Puede que no terminara en su cama, pero apostaría el ducado a que lo había pensado. A que lo había considerado.

Su camino adelante estaba ahora claro como el cristal, y una vez que hubiera disfrutado de su cama a conciencia, una vez que ella fuera suya hasta la profundidad de su alma, él la informaría de que iba a ser su duquesa. Podría encuadrar su oferta como una pedida de mano, pero se mantenía firme en que, por entonces, no sería una pregunta real; sobre todo, no en su mente.

Cuanto más meditaba sobre su plan, más le gustaba; con una mujer como ella, cuantas más cuerdas tuviera enlazándola a él antes de mencionar matrimonio, mejor; menos posibilidades habría de que pusiera alguna objeción. Las grandes damas quizá estaban seguras de que cualquiera de las damas de su lista aceptaría su oferta sin dudar, pero el nombre de Minerva no estaba en su lista, y (a pesar de haber comentado lo contrario) él no era tan presumido, tan arrogante, como para dar su consentimiento como cosa segura, ni siquiera ahora.

Pero no tenía intención de dejar que se negara.

– Esto es todo lo que tenemos que hacer hoy -Handley, un tranquilo y decidido hombre, un huérfano que fue recomendado a Royce por el director de la Winchester Grammar School, que había demostrado a continuación ser merecedor de la considerable confianza que Royce depositaba en él, recogió las distintas cartas, notas y documentos con los que había estado trabajando. Miró a Royce. -Me pediste que te recordara lo de Hamilton y la casa de Cleveland Row.

– Ah, sí -Tenía que decidir qué hacer con su casa de la ciudad ahora que había heredado la mansión familiar de Grosvenor Square. -Dile a Jeffers que llame a la señorita Chesterton. Y será mejor que te quedes. Tendré que enviar cartas e instrucciones al sur, sin duda.

Después de enviar a Jeffers a que buscara a Minerva, Handley volvió a la silla de respaldo recto que prefería, ubicada en un extremo del escritorio de Royce.

Minerva entró. Al ver a Handley, le dedicó una sonrisa, y después miró a Royce.

Nadie hubiera visto algo inusual en aquella mirada, pero Royce sabía que ella se sentía cautelosa, atenta a cualquier señal de agresión sexual de su parte.

Royce le devolvió la mirada, y le señaló que tomara asiento en su silla habitual.

– Tenemos que discutir el asunto del servicio de la mansión Wolverstone, y el mejor modo de unir al servicio de mi casa de Londres con el personal del ducado.

Minerva se sentó, y notó que Handley, acomodado en su silla, con una hoja nueva de papel encima de su montón y un lápiz en la mano, estaba escuchando atentamente. Se giró hacia Royce.

– Mencionaste a un mayordomo.

Asintió.

– Hamilton. Lleva conmigo dieciséis años, y no me gustaría perderlo.

– ¿Qué edad tiene?

Royce miró a Handley, levantando una ceja.

– ¿Cuarenta y cinco?

Handley asintió.

– Más o menos.

– En ese caso…

Minerva les proporcionó información sobre las propiedades Wolverstone existentes, mientras Royce, con las observaciones adicionales de Handley, le daba una visión general del pequeño grupo de criados que había acumulado durante sus años de exilio. Dado que no tenía deseos de conservar la casa de Cleveland Row, Minerva le sugirió que la mayor parte del servicio se enviara a la casa Wolverstone.

– Una vez que te cases y tomes tu lugar entre los Lores, tú y tu esposa os entretendréis mucho más allí de lo que ha sido el caso en la última década… necesitarás ese servicio extra.

– Así es -Los labios de Royce se curvaron como si algo lo divirtiera, pero entonces vio que ella lo notaba, y echó un vistazo a sus notas. -Eso solo nos deja el destino de Hamilton sin resolver. Me siento inclinado a asignarlo a la mansión Wolverstone como asistente para el viejo Bridgehorpe. Con el tiempo se quedaría aquí, pero hasta que Bridgehorpe esté listo para retirarse, dependiendo de lo mucho que necesite viajar entre las distintas propiedades, podría usar a Hamilton como mayordomo personal.

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