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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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Martín Decoud estaba irritado consigo mismo. Todo lo que veía y oía a su alrededor chocaba violentamente con las ideas que él había adquirido en Europa en materia de civilización. Contemplar las revoluciones desde la distancia de un bulevar parisiense no era lo mismo que tocar sus consecuencias. Aquí, sobre el terreno, no cabía desentenderse de la tragedia bufa de tales alteraciones con la expresión: ¡Qué farsa!

La realidad de la acción política le impresionaba más íntimamente y le hería en lo hondo por el hecho de creer Antonia en la causa. La brutalidad de los hechos le sacaban de quicio, y al echarlo de ver, se asombraba de tomar tan en serio cosas que antes miraba como ridículas y despreciables. "Pues, señor -se dijo interiormente-, resulta que soy más costaguanero de lo que pude figurarme."

Pero su escepticismo reaccionó contra la participación política en que le había metido el amor de Antonia, aumentando el desdén antiguo por Costaguana, y, al fin, se calmó diciéndose que en realidad no era un patriota, sino un enamorado.

Las señoras volvieron al salón después de quitarse los sombreros y velos; y el ama de la casa se acomodó en un asiento enano ante la mesita de té. Antonia ocupó su sitio acostumbrado de las horas de recepción, que era el ángulo de un canapé de cuero, donde permaneció en una postura de gracia austera con el abanico en la mano. Decoud, torciendo el curso de su paseo, fue a recostarse sobre el alto respaldo del asiento de la joven.

Por un tiempo le habló al oído en voz baja, inclinándose sobre ella desde atrás, medio sonriendo y con cierta familiaridad que ofrecía disculpas por lo pasado. Antonia tenía el abanico sobre las rodillas, asido negligentemente, y no miró a Decoud, cuyas palabras se hacían cada vez más insistentes y acariciadoras. Al fin el último se aventuró a reír, añadiendo: -No, realmente usted debe perdonarme. A veces tiene uno que ser serio.

Siguió una pausa. Ella volvió un poco la cabeza, y dirigió lentamente hacia Decoud sus ojos azules, aplacados e interrogadores.

– ¿Puede usted creerme serio, cuando cada dos días trato de gran bestia a Montero en El Porvenir". Eso no es una ocupación seria, aunque en realidad ninguna lo es, ni aun debiendo pagar el fracaso con un balazo en el corazón.

La mano de Antonia apretó nerviosamente el abanico.

– Es necesario que el hombre cuerdo deje traslucir alguna razón y sensatez en sus discursos, alguna vislumbre de verdad. Me refiero a la verdad real, que no existe en la política ni en el periodismo. Sencillamente he dicho lo que pensaba, y usted se me enoja. Si usted se dignara reflexionar un poco, vería que he hablado como patriota.

La joven abrió por fin los rojos labios para decir sin acritud:

– Sí, pero usted no toma para nada en cuenta el fin a que se aspira. Hay que servirse de los hombres tales como son. Nadie, a mi juicio, trabaja sin esperar alguna remuneración… a no ser quizá usted, don Martín.

– ¡No lo permita Dios! Es lo último que me agradaría que usted creyera de mí.

Estas palabras fueron pronunciadas con cierto deje de ironía, y Decoud hizo una pausa.

La joven empezó a abanicarse lentamente, sin levantar la mano. Tras, unos minutos de silencio, el enamorado murmuró con apasionamiento:

– ¡Antonia!

La joven sonrió y alargó la mano a estilo inglés a Carlos Gould, que se inclinaba ante ella, mientras Decoud, con los brazos apoyados de plano en el respaldo del sofá, bajaba los ojos murmurando:

– Bonjour!

El señor administrador de la mina Santo Tomé dobló el busto sobre su mujer un momento; y ambos esposos cambiaron breves palabras, de las que solo pudo oírse la frase: "El mayor entusiasmo", pronunciada por la señora de Gould.

– Sí -recomenzó Decoud a media voz-. ¡También él!

– Eso es pura calumnia -replico Antonia con templada severidad.

– Pues pídale usted que sacrifique la mina a la gran causa -musitó Decoud.

Don José hablaba entre tanto en voz alta, y se frotaba alegremente las manos. El aspecto excelente de las tropas y la gran cantidad de fusiles, nuevos y mortíferos en los hombros de aquellos bravos parecían haberlo henchido de una confianza sin límites.

Carlos Gould, altaricón y enjuto ante la mecedora del antiguo diplomático, escuchaba, pero en su semblante no podía descubrirse nada, fuera de una atención benévola y deferente.

Antonia, en este intervalo, se había levantado y, cruzando el salón, se puso a mirar al exterior por una de las tres grandes ventanas que daban la calle. Decoud la siguió. Las maderas estaban abiertas de par en par, y él se apoyó en el espesor del muro. Los largos pliegues de la cortina de damasco, al caer rectos desde la ancha cornisa de bronce, le ocultaban en parte a la vista de los que estaban en la sala. Cruzóse de brazos y miró fijamente el perfil de Antonia.

La gente que volvía del puerto llenaba las aceras de ruido de sandalias y murmullo de voces que subían hasta la ventana. De cuando en cuando, un coche rodaba despacio sobre el desunido enlosado de la calle de la Constitución. No había muchos carruajes particulares en Sulaco; en la hora de mayor concurrencia en la Alameda podían contarse de un vistazo. Los grandes trenes de familia oscilaban en sus altas suspensiones de cuero, ocupados por bellos rostros empolvados, en que brillaban ojos negros, de intensa vivacidad.

Primeramente pasó don Justo López, presidente de la Diputación provincial, acompañado de sus tres encantadoras hijas, vestido de gran etiqueta con levita negra y corbata blanca acartonada, como cuando dirigía los debates desde su elevada tribuna.

Aunque todos alzaron los ojos, Antonia no saludó agitando la mano, como de costumbre, y los del carruaje afectaron no ver a los dos jóvenes costaguaneros de modales europeos, cuyas rarezas se discutían tras las enrejadas ventanas de las primeras familias de Sulaco.

Otro de los trenes fue el de la señora viuda de Garcilaso de Valdés, hermosa y respetable, que ocupaba un carruaje de grandes dimensiones. En este enorme vehículo solía viajar desde la ciudad a su casa de campo y de regreso, rodeada de una escolta de criados, con trajes de cuero y sombreros enormes, armados de carabinas, que llevaban en los arzones de las sillas. Era una mujer de ilustre prosapia, altiva, rica y de nobles sentimientos. Su segundo hijo Jaime acababa de partir a la guerra en el estado mayor de Barrios. El mayor, flemático y vicioso, tenía escandalizado a Sulaco con sus disipaciones y jugaba cantidades enormes en el club. En el asiento delantero iban los dos hermanos más jóvenes, ostentando en los sombreros la amarilla escarapela riverista. También la mencionada señora fingió no ver a Decoud en pública conversación a solas con Antonia, pisoteando todas las prescripciones del decoro y la decencia. ¡Ni siquiera era su novio, que se supiera! Pero aun en ese caso no dejaba de haber gran escándalo. La anciana y noble dama, que gozaba del respeto y de la admiración de las principales familias, se habría asombrado aún más si hubiera oído las palabras que entre sí cambiaban los dos jóvenes.

– ¿Dice usted que pierdo de vista el fin? Yo no he tenido más que un fin en la vida.

Ella hizo un movimiento negativo con la cabeza, casi imperceptible, mientras miraba de hito en hito la casa de su familia, gris, deteriorada, y con las ventanas protegidas con barras de hierro, como una cárcel.

– Y por cierto que sería tan fácil de conseguir -continuó Decoud- ese fin, que a sabiendas, o sin saberlo, he guardado siempre en mi corazón, aun desde el día en que usted me maltrató tan horriblemente una vez en París, ¿se acuerda usted?

El enamorado creyó percibir un esbozo de sonrisa en el ángulo de la boca de Antonia.

– Gastaba usted entonces unas despachaderas terribles; era usted una especie de Carlota Corday en traje de colegiala, una patriota feroz. La supuse a usted capaz de clavar un cuchillo en el corazón de Guzmán Bento.

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