Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Nostromo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
1 ... 40 41 42 43 44 45 46 47 48 ... 138
Перейти на страницу:

Su animación decayó de pronto, y el leve gesto que hizo con la mano expresó desaliento; pero añadió que, a petición suya, un sargento le había enseñado el nuevo fusil. No se conocía tal arma en sus días de lucha; y si con ella Barrios no era capaz de…

– Sí, sí, seguramente -interrumpió don José, casi temblando de ansiedad-. No tenemos nada que temer. El bueno del señor Viola es hombre de experiencia. Poseemos un fusil de una eficiencia terrible, ¿no es así? Usted, mi querido Martín, ha cumplido admirablemente su misión.

Decoud, echándose atrás con aire tétrico, se puso a mirar al viejo Viola.

– ¡Ah! Sin duda tenemos aquí un hombre de experiencia. Y ¿se puede saber por quién está usted allá en su interior?

La señora de Gould se inclinaba en este momento sobre las niñas. Linda había traído en una bandeja un vaso de agua con pulcritud extrema: y Gisela presentó a su bienhechora un ramo de flores, cogidas a prisa.

– Por el pueblo -contestó con firmeza el garibaldino.

– Por el pueblo estamos todos… en resumidas cuentas.

– Sí -replicó en tono destemplado el viejo- Y entre tanto ese pueblo pelea por ustedes. ¡Ciegos! ¡Esclavos!

En aquel momento un joven del cuerpo de ayudantes, que trabajaban en el trazado de la vía, llamado Scarfe, salió por la puerta del grupo de habitaciones reservadas para los signori inglesi. Había bajado al alojamiento general de un punto de la línea en una máquina sin carga de vagonetas, y acababa de tomar un baño y mudarse de ropa. Era un mozalbete de simpático aspecto y la señora de Gould le dio la bienvenida.

– Es para mi una deliciosa sorpresa el verla a usted, señora de Gould. Llego en este momento. Bien, como de ordinario; pero he llegado tarde a todo, por supuesto. La despedida de las tropas terminó hace unos quince minutos, y según mis noticias, en casa de don Justo López ha habido un gran baile la noche pasada.

– Efectivamente -intervino Decoud en correcto inglés-, los jóvenes patricios han estado bailando antes de marchar a la guerra con el gran Pompeyo.

El joven Scarfe se le quedó mirando atónito.

– No he tenido el honor de conocer a usted…

Pero la señora de Gould se apresuró a hacer la presentación:

– El señor Decoud…, el señor Scarfe.

– ¡Ah! Pero nosotros no vamos a Farsalia -protestó don José con nervioso apresuramiento también en inglés-. Déjese usted de esas bromas, don Martín.

La anhelosa respiración de Antonia denunciaba la turbación que le causaban aquellos temores de derrota envueltos en una alusión histórica.

El joven ingeniero no entendía una palabra.

– ¿Farsalia? ¿Gran Pompeyo? -murmuró vagamente.

– Por fortuna Montero no es un César -continuó Decoud- ni los dos Monteros juntos harían una decente parodia de César. -Se cruzó de brazos y miró al señor Avellanos, que había vuelto a su inmovilidad-. Únicamente usted, don José, es un viejo romano de cuerpo entero -vir Romanus-, elocuente e inflexible.

Desde que oyó pronunciar el nombre de Montero, el joven Scarfe se sintió aguijado del deseo de manifestar ingenuamente su opinión. Y así lo hizo con voz vibrante y fresca. Esperaba que al tal Montero le dieran el golpe de gracia acabando con él de una vez. Holgaba decir lo que sería del ferrocarril si la revolución triunfaba. Probablemente habría que abandonarlo. No sería el primer caso que ocurriera en Costaguana. "Porque, ¿sabe usted?, es una de sus cosas nacionales", añadió haciendo ademán de olfatear, como si la expresión anterior tuviera un olor sospechoso para su profunda experiencia de los asuntos sudamericanos. Y, por supuesto, siguió charlando con animación, había sido para él una fortuna inmensa que a su edad le incluyeran en el personal técnico "de un proyecto tan importante como aquel, ¿sabe usted?" Esto le aseguraba un gran ascendiente por toda la vida entre sus compañeros. "Por consiguiente…, ¡abajo Montero, señora de Gould!" Su cándida jovialidad se desvaneció lentamente ante la unánime seriedad de los rostros vueltos hacia él en el carruaje, únicamente el bueno de don José, cuyo céreo semblante permanecía inmóvil, seguía con la vista fija en la lejanía, como si nada hubiera oído. Scarfe conocía poco a los Avellanos. No daban bailes, y Antonia nunca aparecía en la ventana del piso bajo, según solían hacerlo otras señoritas, acompañadas de mujeres de edad, para pelar la pava con los señores a caballo en la calle. Por lo visto las miradas de tales criollos no decían nada a su corazón. Pero ¿qué le pasaba a la señora de Gould para portarse tan fríamente? "Siga usted, Ignacio", dijo al cochero, y al pobre Scarfe sólo le contestó con una lenta inclinación de cabeza. Para mayor confusión del muchacho, el individuo carirredondo y afrancesado prorrumpió en una carcajada sarcástica. Scarfe se ruborizó hasta lo blanco de los ojos, y volviéndose a Giorgio Viola, que había retrocedido con las niñas, sombrero en mano, le dijo con alguna aspereza:

– Necesito un caballo para dentro de poco.

– Lo tendrá usted, señor. Los hay en abundancia -murmuró el garibaldino, acariciando con sus rudas manos la cabellera de las dos muchachas, una negra con reflejos bronceados, y otra rubia de tinte cobrizo.

La muchedumbre que regresaba de presenciar la partida de las tropas levantaba una gran polvareda en el camino. Los de a caballo fijaron la atención en el grupo.

– Id al lado de vuestra madre -dijo hablando con sus hijas- Se están haciendo mozas al paso que yo me voy haciendo viejo, y no hay nadie…

Miró al joven ingeniero y se quedó cortado como si despertara; luego, cruzando los brazos sobre el pecho, tomó su postura acostumbrada, apoyando la espalda en la jamba de la puerta y la mirada fija en la cima del Higuerota.

En el carruaje, Martín Decoud, revolviéndose en el asiento, como si no lograra postura cómoda, murmuró, aproximándose a Antonia: "Supongo que usted me odia." Y a continuación en voz alta empezó a felicitar a don José porque todos los ingenieros del ferrocarril en construcción eran convencidos riveristas. Sin duda había que felicitarse por el interés de todos aquellos ingenieros.

– Ya ha oído usted a éste mostrar su ilustrada benevolencia. Agrada pensar que la prosperidad de Costaguana sirva de alguna utilidad al mundo.

– Scarfe es muy joven, un chiquillo todavía -observó tranquilamente la señora de Gould.

– Y muy cuerdo para su edad -replicó Decoud- Pero aquí se nos presenta la verdad desnuda saliendo de la boca de ese muchacho. Tiene usted razón, don José. Las riquezas naturales de Costaguana son de importancia para la progresiva Europa, representada por ese mozalbete; ni más ni menos que la de nuestros antepasados españoles lo fue, hace tres siglos, para las demás naciones del antiguo mundo, representadas por los atrevidos filibusteros. Sobre nuestro carácter pesa una maldición esterilizadora: Don Quijote y Sancho Panza, el espíritu caballeresco y el materialismo, sentimientos de visionaria idealidad y un zafio sentido de la moral, violentos esfuerzos por elevarnos a un régimen de justicia y una aceptación sumisa de todas las formas de corrupción. Después de poner en conflagración un continente para conquistar nuestra independencia, vinimos a parar en ser presa rendida de una parodia democrática, víctimas impotentes de granujas y matones, con instituciones de ridícula comedia y leyes de pura farsa, y ¡con un amo como Guzmán Bento! Y a tal extremo ha llegado nuestra abyección, que cuando un hombre como usted ha despertado la conciencia cívica del país, un bárbaro tan estúpido como Montero -¡cielos, un Montero!- nos hace temblar con sus amenazas, y un indio tan sandio y fanfarrón como Barrios es nuestro defensor.

1 ... 40 41 42 43 44 45 46 47 48 ... 138
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)