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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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El reducido grupo de ingenieros oyó esta exhortación sin proferir una palabra, y después de agitar la mano despidiéndose de ellos con aire autoritario, habló a la señora de Gould en los siguientes términos:

– Eso es lo que debemos hacer, según dice don José. ¡Ser emprendedores! ¡Trabajar! ¡Enriquecernos! A mi me toca meter a Montero en una jaula, y, cuando este asuntillo esté terminado, entonces se cumplirán los deseos de don José, y llegaremos a ser ricos, todos sin excepción, como tantos ingleses, porque el dinero es el que salva a un país, y…

Pero en este momento un joven oficial, de uniforme flamante, llegando apresurado del muelle, interrumpió la interpretación que el general estaba haciendo de las aspiraciones del señor Avellanos. El general hizo un movimiento de impaciencia; el otro siguió hablándole insistentemente con aire de respeto. Los caballos del estado mayor estaban ya embarcados, la lancha de vapor aguardaba al general en la escalera del embarcadero; y Barrios en vista de ello, tras una fiera mirada de su ojo único, empezó a despedirse. Don José se levantó y pronunció mecánicamente una frase apropiada a las circunstancias. Hallábase quebrantado por la agitación de sus vehementes sentimientos de esperanza y temor, y parecía economizar las últimas chispas de su fogosa elocuencia para los esfuerzos oratorios, que habían de tener eco en la lejana Europa. La grave Antonia, firmemente apretados los rojos labios, volvía la cara a un lado al abrigo del levantado abanico, y Decoud, no obstante sentir sobre él los ojos de la joven, persistía en mirar a lo lejos, apoyado en el codo con aire de la más completa indiferencia. La señora de Gould ocultaba heroicamente su desencanto ante la presencia de hombres y sucesos, que tan mal se avenían con sus convencionalismos de raza; desencanto tan hondo, que no hallaba términos adecuados en que confesarle a su mismo esposo. Ahora comprendía mejor su muda reserva. Las verdaderas confidencias íntimas entre ambos consortes se efectuaban, no al quedar solos en casa, sino en público, cuando al encontrarse rápidamente sus miradas, comentaban con ellas algún nuevo sesgo de los acontecimientos. Emilia había aprendido en la escuela de Carlos a encerrarse en un silencio incondicional, único posible, ya que tantas cosas, a su juicio, repulsivas, absurdas y grotescas, debían ser aceptadas como normales en aquel país para realizar sus propósitos. Indudablemente la grave y severa Antonia mostraba mayor madurez y una calma imperturbable; pero en cambio, no acertaba a reconciliar sus repentinos desfallecimientos con una afable movilidad de expresión.

La señora de Gould dio un adiós sonriente a Barrios, hizo una venia a los europeos diciéndoles en tono afectuoso: "Espero verles a ustedes pronto en casa", y luego añadió, nerviosamente vuelta a Decoud: "Suba usted, don Martín." Los europeos contestaron descubriéndose, y Decoud abrió la portezuela del carruaje, mientras murmuraba para sí en francés: "Le sort en est jeté." Estas palabras le causaron a la dueña del landó una especie de exasperación. Parecía incomprensible que una persona tan inteligente como el señor Decoud no cayera en la cuenta de que ella y su esposo habían comprometido hacía largo tiempo en aquel juego desesperado el bienestar y las esperanzas de su vida. Para ellos la suerte estaba echada desde muy atrás, desde que se habían resuelto a emprender la explotación de la mina.

A lo lejos sonaron aclamaciones, voces de mando, y un redoble de tambores que saludaba la partida del general. Algo parecido a un leve síncope asaltó a la señora de Gould, y miró inexpresivamente al tranquilo semblante de Antonia, preguntándose qué sería de su querido Carlos si aquel hombre absurdo fracasaba.

– A la casa, Ignacio -gritó, vuelta a la inmóvil y ancha espalda del cochero, que cogió las riendas sin prisa, murmurando entre dientes:

– Si, sí, niña. Sí, a la casa.

El carruaje rodó silencioso en el blando camino. Las sombras se prolongaban sobre el polvoriento llano, que presentaba aquí y allá oscuras masas de arbustos, montones de tierra excavada, construcciones achatadas de madera con cubiertas de chapa de hierro acanalada, pertenecientes a la Compañía del Ferrocarril; y la hilera rala de postes de telégrafos se alejaba oblicuamente de la ciudad, llevando un solo alambre, casi invisible, al interior del gran campo, a modo de vibrante tentáculo de aquel progreso, que aguardaba a la puerta un momento de paz para penetrar y arrollarse al fatigado corazón del país.

La ventana del café del Albergo d'Italia Una aparecía ocupada por las tostadas y barbudas caras de los ferroviarios. Pero en el extremo opuesto de la casa, el departamento de los signori inglesi, el viejo Giorgio, de pie a la puerta con una de sus hijas a cada lado, descubría su peluda cabeza, blanca como la nieve del Higuerota. La señora de Gould mandó parar el carruaje. Rara vez dejaba de hablar a su protegé; pero, además, la excitación, el calor y el polvo le habían dado sed. Pidió un vaso de agua. Giorgio envió por él a las niñas y se acercó expresando viva satisfacción en su arrugado rostro. No gozaba con frecuencia la ocasión de ver a su bienhechora, que, por ser inglesa, añadía un nuevo título a su estimación. En breves palabras excusó la ausencia de su esposa: era un mal día para ella; los accesos de opresión que sentía (y se golpeó el pecho) no le permitían moverse de la silla.

Decoud, acurrucado en el rincón de su asiento, observaba con aire tétrico al viejo revolucionario y de pronto le disparó a quema ropa:

– Bien, y ¿qué piensa usted de las fuerzas que acaban de salir?

El veterano, mirándole con cierta curiosidad, manifestó cortésmente que la tropa había marchado muy bien. El tuerto Barrios y sus oficiales habían hecho maravillas con los reclutas en poco tiempo. "Esos indios, cazados ayer, como quien dice, han evolucionado a paso redoblado como bersaglieri." Además parecían bien alimentados y tenían uniformes completos. "¡Uniformes!" repitió con una incipiente sonrisa de lástima. Sus ojos penetrantes y fijos reflejaron una sombría reminiscencia. No había ocurrido lo mismo en su tiempo, cuando los hombres amantes de la libertad peleaban contra la tiranía en los bosques del Brasil, o en los llanos del Uruguay, matando a medias el hambre con carne de vaca casi cruda y sin sal, mal vestidos y con un cuchillo atado a un palo por todo armamento. "Pero, así y todo, solíamos derrotar a los opresores", concluyó con arrogancia.

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