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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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Capítulo IV

Tal vez para cumplir con los deberes de esa misión, hubiera ido a presenciar la partida de las tropas. A no dudarlo, el número siguiente de El Porvenir describiría el acontecimiento; pero su director, recostado sobre el landó, no daba muestras de prestar atención a ninguna cosa. La compañía de infantería, que, alineada de tres en fondo, cerraba el paso al muelle, al venírsele encima la gente, simulaba cargar a la bayoneta con un temeroso chocar de aceros; y entonces la multitud de curiosos retrocedía en masa hasta meterse debajo de los hocicos de los enormes mulos blancos. A pesar del gran gentío, sólo se oía un sordo y prolongado murmullo. Una parda bruma de polvo enturbiaba el ambiente, donde los jinetes, rodeados de pelotones de paisanaje aquí y allá, descollaban sobre los de a pie, de las caderas para arriba, vueltos a mirar en la misma dirección. Casi todos llevaban a la grupa un amigo, que se sostenía asido con ambas manos a los hombros del compañero; y las alas de sus sombreros al tocarse formaban una especie de disco con dos conos de agudo vértice encima, y dos caras debajo. De cuando en cuando un mozo dirigía con voz ronca ciertas palabras a un conocido de las filas, o una mujer gritaba de pronto un ¡Adiós!, seguido de un nombre de pila.

El general Barrios, que por todo uniforme usaba una especie de blusa azul de color desvaído, sujeta al talle por un cinto, y pantalones blancos, muy anchos de arriba y estrechos de abajo, que caían sobre unas extrañas botas rojizas, permanecía con la cabeza descubierta y algo inclinado, apoyándose en un grueso bastón. "¡No! El se había conquistado gloria militar suficiente para saciar a cualquiera", le había repetido a la señora de Gould, intentando a la vez presentar una figura galante. Un bigote raquítico, que apenas merecía tal nombre, compuesto de unos cuantos pelos negrísimos, le sombreaba ligeramente el labio superior; tenía nariz prominente, mandíbula inferior puntiaguda y larga, y un parche de seda negra sobre un ojo. El otro, pequeño y hundido, miraba errante en todas direcciones con vaguedad afable. Los pocos espectadores europeos, hombres todos, que, como es natural, habían ido reuniéndose cerca del carruaje de los Gould, dejaban traslucir en la seriedad de sus rostros la impresión de que el general debía de haber ingerido demando ponche (ponche sueco importado en botellas por Anzani) en el Club Amarillo, antes de encaminarse con su estado mayor al puerto, galopando furiosamente. La señora de Gould se inclinó con gravedad y manifestó su convicción de que al general le aguardaba dentro de breve tiempo una gloria todavía mayor.

– ¡Señora! -replicó aquél con gran vehemencia- ¡Reflexione usted en nombre de Dios! ¿Qué gloria puede haber para un hombre como yo en vencer a ese calvo embustero de bigote pintado?

Pablo Ignacio Barrios, hijo de un alcalde de aldea, general de división, comandante en jefe del distrito militar occidental, no frecuentaba el trato de la alta sociedad de Sulaco. Prefería las reuniones familiares de hombres solos, donde pudiera referir historias de la caza del jaguar; alardear de su destreza para ejecutar con el lazo suertes difíciles, inaccesibles del todo "para los casados," según el dicho de los llaneros; referir incidentes de extraordinarias carreras nocturnas a caballo, encuentros con toros bravíos, luchas con cocodrilos, aventuras en los grandes bosques, travesías de ríos, hinchados por los aguaceros. Y no era pura fanfarronería la que inspiraba los recuerdos del general, sino genuino amor de la vida salvaje que había llevado en sus días juveniles, antes de volver para siempre la espalda a la bordada techumbre de la toldería paterna en los bosques. En sus correrías había llegado hasta Méjico, donde peleó contra los franceses al lado de Juárez (según decía), siendo el único militar de Costaguana que había luchado contra tropas europeas en formal batalla. Este hecho rodeó de gran lustre su nombre, hasta que vino a quedar eclipsado por la ascendente estrella de Montero. Barrios había sido toda su vida un jugador empedernido. Sin el menor empacho traía a cuento la historia, generalmente conocida, de que una vez durante cierta campaña (estando al mando de una brigada), se había jugado los caballos, las pistolas, los arreos y hasta las mismas charreteras en una partida al monte con sus coroneles, la noche antes de la batalla. Por último, envió con escolta su espada (valioso regalo, de empuñadura de oro) a la ciudad más próxima, situada a retaguardia de la posición que ocupaba, para ser empeñada en quinientas pesetas en casa de un comerciante medio dormido y asustado. Al romper el día, no le quedaba un céntimo de aquella cantidad, y entonces se levantó muy tranquilo y dijo estas únicas palabras: "Ahora a pelear hasta morir." Desde aquella fecha adquirió la convicción de que un general puede conducir muy bien sus tropas al combate con un sencillo palo en la mano. "Y así lo he venido haciendo después acá", solía decir.

Andaba siempre abrumado de deudas; aun en los períodos de esplendor, entre sus variadas vicisitudes de general de Costaguana, tenía siempre sus uniformes, galonados de oro, empeñados en casa de algún negociante. Y, al fin, para evitar las incesantes dificultades de vestuario a que le condenaba la ambición de logreros, empezó a mostrar su desdén por el atavío militar, usando unas excéntricas blusas, generalmente muy usadas; costumbre que llegó a ser en él una segunda naturaleza. Pero el partido a que Barrios se uniera no tenía que temer ninguna traición política. Su temple de soldado neto no se avenía con el innoble tráfico de comprar y vender victorias. Un miembro extranjero del cuerpo diplomático de Santa Marta expresó el juicio que había formado de él con estas palabras: "Barrios es un hombre de inmaculada honradez y algún talento para la guerra, mais il manque de tenue." Después del triunfo de los riveristas, obtuvo el mando occidental, que tenía fama de ser lucrativo, sobre todo por manejos de sus acreedores (los comerciantes de Santa Marta, todos grandes políticos), que movieron cielo y tierra en interés propio públicamente, y en privado acosaron al señor Moraga, el poderoso agente de la mina de Santo Tomé, con exageradas lamentaciones, exponiendo que si no salía nombrado el general, "todos saldremos arruinados". En la larga correspondencia del señor Gould padre con su hijo, se hace alguna mención de este nombramiento, de un modo incidental, pero favorable, afirmando que sobre todo se había hecho en atención a la sólida honradez política de Barrios. Nadie ponía en tela de juicio la bravura personal del matador de tigres, como el populacho le llamaba. Con todo eso, se murmuraba que no siempre le sonreía la fortuna en los campos de batalla…, pero la que ahora iba a empeñarse había de ser el principio de una era de paz. Los soldados le querían por su genio sencillo y afable, y esta condición unida a su lealtad hacía que Barrios pareciera una rara y preciosa flor, brotada inesperadamente en el muladar de la corrupción revolucionaria. Cuando el general cabalgaba por las calles durante alguna parada militar, el desdeñoso buen humor, que reflejaba su ojo solitario al espaciar la mirada sobre la muchedumbre, hacía prorrumpir a ésta en estruendosas aclamaciones. Sobre todo las mujeres del populacho sentían una verdadera fascinación al contemplar la típica fisonomía de Barrios con su nariz colgante, barbilla puntiaguda, grueso labio inferior y el negro parche de seda con la venda que le cruzaba al sesgo la frente. Su elevada categoría le procuraba siempre un auditorio de caballeros para el relato de sus aventuras deportivas, que él sabía narrar minuciosamente con sencilla y grave jovialidad. En cuanto al trato con señoras, le hallaba pesado por las restricciones que imponía sin recompensa equivalente, a lo que Barrios podía apreciar. Tal vez no hubiera hablado tres veces con la señora de Gould desde que tomó posesión de su alto mando; pero la había visto cabalgar con frecuencia en compañía del señor administrador, y encantado del desembarazo y destreza con que manejaba el poney, dijo que la señora inglesa tenía en la mano de la brida más talento que todas las mujeres de Sulaco en la cabeza. De ahí que se hubiera sentido impulsado a mostrar la mayor cortesía al despedirse de una mujer que no vacilaba en la silla, además de reunir el predicamento de ser la esposa de un personaje importantísimo para quien, como él, andaba siempre escaso de fondos. Y extremó su obsequiosidad encargando al ayuda de campo que tenía al lado (un capitán bajo y grueso con cara de tártaro) que trajera un cabo con varios números y los mandara ponerse en fila frente al carruaje, para que la multitud en sus oleadas de retroceso no "incomodara a las mulas de la señora" Luego, vuelto al pequeño grupo de silenciosos europeos que estaban mirando a corta distancia, alzó la voz y dijo en tono protector: -Señores, no tengan ustedes aprensión ninguna. Sigan ustedes construyendo tranquilamente su ferrocarril…, sus vías de comunicación, sus telégrafos, sus… Costaguana tiene bastante riqueza para pagarlo todo…, y si así no fuera, yo no estaría aquí. ¡Ja, ja! No den ustedes importancia a esta picardihuela de mi amigo Montero. Dentro de muy poco verán ustedes sus pintados bigotes por entre las barras de una fuerte jaula de madera. ¡Sí, señores! No teman nada. ¡A desenvolver la riqueza del país! ¡A trabajar! ¡A trabajar!

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