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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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Había anochecido. De la profunda zanja sombría, abierta entre las casas, apenas iluminada por los faroles públicos, ascendía el silencio nocturno de Sulaco; el silencio de una ciudad en que sólo transitaban muy pocos carruajes, caballos sin herraduras, gente calzada de sandalias. Las ventanas de la casa Gould arrojaban sus brillantes paralelogramos sobre la de Avellanos. De cuando en cuando se oía ruido de pasos, acompañado del intermitente resplandor de un cigarrillo en la parte baja de los muros; y el aire de la noche, como si se hubiera filtrado por las nieves del Higuerota, refrescaba los rostros de los enamorados.

– "Nosotros, los occidentales -decía Martín Decoud empleando la denominación que a sí propios se daban los provincianos de Sulaco-, hemos vivido siempre separados y de un modo distinto de los demás. Mientras conservemos Cayta, nada puede llegar hasta nosotros. En la prolongada historia de nuestros disturbios no ha habido ejército que franqueara esas montañas. Cualquier revolución en las provincias centrales nos deja enteramente aislados. ¡Vea usted, si no, lo completo que es hoy nuestro aislamiento! La noticia de la expedición de Barrios se cablegrafiará a los Estados Unidos, y sólo por esa vía llegará A Santa Marta, siendo reexpedida por el cable del Atlántico.

"Poseemos las mayores riquezas, la mayor fertilidad, la mayor pureza de sangre en nuestras principales familias, la población más laboriosa. La provincia occidental debe tener gobierno independiente y aparte. El federalismo de otros días se amoldaba muy bien a nuestra situación y modo de ser. La unión, contra la que peleó don Enrique Gould, es la que abrió el camino a la tiranía; y desde entonces el resto de Costaguana pende de nuestros cuellos, como una rueda de molino. El territorio occidental es bastante extenso para constituir una nación capaz de satisfacer las más ambiciosas pretensiones. Además, ¡mire usted esas montañas! La misma Naturaleza nos está gritando: '¡Separaos!'"

Ella hizo un gesto enérgico de protesta, al que siguieron breves momentos de silencio.

– ¡Oh! No se me oculta que la separación es contraria a la doctrina expuesta en la Historia de Cincuenta Años de Desgobierno. Pero yo procuro colocarme en el terreno práctico, y lamento que mi buen sentido le dé a usted siempre motivo para ofenderse. ¿Le ha parecido a usted execrable una aspiración tan sensata?

La interrogada negó con un movimiento de cabeza. No, no le parecía execrable, pero el proyecto hería las convicciones de toda su vida. Su patriotismo era más amplio y no admitía la posibilidad de la separación.

– Pues pudiera muy bien ser el único medio de salvar algunas de sus convicciones -repuso él proféticamente.

Antonia no respondió: parecía fatigada. Los dos jóvenes permanecieron apoyados sobre el antepecho del balcón, uno junto a otro, muy amigablemente, después de agotar el tema político, entregándose a saborear el silencioso sentimiento de su proximidad en una de esas profundas pausas que sobrevienen en el ritmo de la pasión. Al extremo de la calle, contigua a la plaza, las vendedoras del mercado preparaban sus cenas en braseros encendidos, que proyectaban un resplandor rojo sobre el borde de la acera. Un hombre pasó calladamente por el círculo iluminado de un farol, mostrando el triángulo coloreado e invertido de su ribeteado poncho, que caía recto de sus hombros hasta debajo de las rodillas. De la parte del puerto y por la calle que a él conducía se acercaba un desconocido caballero en una montura de andar silencioso y pelo plateado que brillaba a la luz de cada farol bajo de la negra silueta del jinete.

– Aquí tenemos al ilustre capataz de cargadores, que viene muy ufano después de terminar su labor -dijo Decoud a media voz-. El segundo personaje de Sulaco después de Carlos Gould. Pero es un bello sujeto, que se ha dignado admitirme a su amistad.

– ¿De veras? -preguntó Antonia-. Y ¿a propósito de qué?

– Un periodista necesita tener puesto el dedo en el pulso de la multitud, y este hombre es uno de los jefes del populacho. El que escribe para el público debe conocer a los hombres de gran relieve, y el capataz lo es a su modo.

– ¡Ah!, sí -asintió Antonia, pensativa-. Dicen que ese italiano goza de mucho ascendiente.

El jinete había pasado por debajo de ellos; y los anchos lomos de la yegua gris, el brillante y enorme estribo del que salía la gran espuela plateada reflejaron un instante la débil luz del farol más cercano; pero aquel amarillento resplandor tan fugaz fue impotente para desvanecer el misterio de la sombría figura, cuyo rostro quedaba oculto por el gran sombrero.

Decoud y Antonia continuaron inclinados sobre el balcón muy cerca uno de otro, tocándose los codos, con las miradas hundidas en la oscuridad de la calle, y las espaldas vueltas a la brillante iluminación de la sala. Era un tête-à-tête sumamente indecoroso, que en toda la República no se hubiera permitido nadie más que la singular Antonia -la pobre muchacha, huérfana de madre, nunca acompañada por un padre descuidado, ¡que sólo había pensado en hacerla una sabia!

El mismo Decoud comprendió que no podía prometerse una intimidad más completa hasta que, terminada la revolución, se la llevara consigo a Europa, lejos de las interminables guerras civiles, cuya insensatez le parecía más insoportable que su ignominia. Después de un Montero vendría otro, y a éste seguiría la anarquía de un populacho de todos los colores y razas, la barbarie y de nuevo una tiranía necesaria. "América es ingobernable", como había dicho Bolívar con profunda amargura. "Los que han luchado por su independencia han perdido el tiempo lastimosa mente, han machacado en hierro frío." Pero a él no se le daba un ardite de eso -declaró sin rodeos, y aprovechó todas las ocasiones para decir a su amada que, si bien había logrado hacer de él un periodista del partido blanco, pero no un patriota. En primer lugar, la palabra no tenía ningún sentido para toda persona verdaderamente ilustrada, y, como tal, escéptica; y, en segundo lugar, el uso que del vocablo se había hecho en la serie de trastornos de aquel desdichado país le había despojado de toda dignidad. El patriotismo se había utilizado como grito de reclutamiento para la barbarie, como mando de la ilegalidad, del crimen, de la rapacidad, del pillaje.

Decoud se maravillaba del calor puesto en su perorata. No había necesitado bajar el tono, porque desde el principio su conversación había sido un mero murmullo en el silencio de la calle oscura cuyas casas tenían cerrados los postigos desde el oscurecer por temor al aire de la noche, según la costumbre de Sulaco. Únicamente la sala de la casa Gould arrojaba con aire provocador la viva claridad de sus cuatro ventanas, clamoroso grito de luz en la muda oscuridad de la noche. Y el murmullo prosiguió en el pequeño balcón después de una breve pausa.

– Pero estamos trabajando para cambiar todo eso -objetó Antonia-. Tal es precisamente la meta de nuestras aspiraciones; el fin que anhelamos conseguir; nuestra gran causa. Y la palabra "patriotismo", que usted desprecia, ha inspirado también sacrificios, valor, constancia, sufrimientos. Papá, que…

– Machaca en hierro frío -interrumpió Decoud mirando al fondo de la calle, donde sonaban pasos acelerados y fuertes.

– "Su tío de usted, el vicario de la catedral, acaba de entrar por la puerta -observó Decoud-. Esta mañana dijo la misa de tropa en la plaza, en un altar levantado sobre tambores, rodeado de imágenes de santos. Los sacaron, sin duda, a tomar el aire, y los colocaron militarmente en fila en el rellano superior de las escaleras. Parecían una suntuosa escolta dando guardia al vicario general. Presencié la función religiosa desde las ventanas de El Porvenir. Me admira su tío de usted, último representante de la familia Corbelán. Estaba deslumbrador con su casulla bordada de oro, en la que resaltaba una gran cruz de terciopelo carmesí, a lo largo de la espalda. Y durante todo ese tiempo nuestro salvador Barrios permanecía sentado en el Club Amarillo bebiendo ponche junto a una ventana abierta.

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