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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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El rey se agachó a recoger su lanza y se la ofreció a Nafai.

—¿Qué pasa si la acepto? —preguntó Nafai.

—No sé —dijo Oykib—. No creas que todo esto me viene presentado con un glosario y notas al pie.

Nafai aceptó la lanza. El rey se quitó el collar de huesos y se lo ofreció.

—No me gustan los huesos de esa cosa —dijo Nafai, vacilando.

—A mí tampoco —estuvo de acuerdo Oykib—. Creo que es hora de exigir nuevamente la devolución de Zhivya.

—¿Por qué crees eso?

—Porque no me gusta cómo está rezando para que aceptes el collar. Está desesperado porque lo aceptes, pero no creo que sea porque te ama.

—Bien —dijo Nafai—. Dile que quiero a la niña.

Oykib se interpuso entre Nafai y el rey, impidiendo la entrega del collar. El rey se balanceó sobre los cuartos traseros, con aire de… ¿qué? ¿Furia? Eso le pareció a Oykib. Hizo el gesto que representaba a la niña, luego le gritó al rey a la cara:

—¡Tráenos a Zhivya o todos moriréis, feos bastardos de piel rosada!

—Ya que ellos no te entienden —dijo Chveya—, ¿no podrías usar un lenguaje que luego no tuviéramos que explicar a los niños?

—Están tratando de comunicar furia —dijo Nafai—. ¿Da resultado?

—Da resultado —dijo Chveya—. Estáis dominando la situación. Pero no os tienen simpatía.

—Me rompes el corazón —bromeó Nafai.

—Rompe la lanza —le indicó Oykib.

—¿Qué? —se sorprendió Nafai.

—Eso es lo que él teme, mientras sostiene el hacha. Teme que rompas la lanza.

Nafai rompió el mango de la lanza sobre las rodillas. El crujido de la madera vibró en el aire.

El rey cavador cogió el hacha con ambas manos y trató de partir el mango. No pudo. Era demasiado grueso y estaba bien templado.

—Haz algo más que él no pueda hacer —dijo Oykib—. Tiene que fallar dos veces.

Nafai recogió la punta de la lanza. Usándola como cuchillo, se abrió un tajo en el vientre. La sangre salpicó el rostro del rey cavador, y Oykib vio horrorizado que Nafai se había cortado el músculo y expuesto las tripas. En pocos instantes el manto de capitán sanó la herida, que se cerró sin dejar cicatriz ante los ojos de los cavadores.

El rey cavador cogió la hoja del hacha, como si pensara en imitarlo.

—No quiero que se mate —dijo Nafai—. No tengo poder para curarlo.

—No te preocupes —dijo Oykib—. Has hecho lo correcto. El rey de guerra no puede verter su propia sangre por su pueblo. No me preguntes por qué, sé que es el dilema que él trata de resolver.

Chveya intervino.

—Viene alguien más.

Alzaron la vista y vieron que el ejército de cavadores adoptaba una actitud expectante.

—No es el rey de sangre —dijo Oykib—. Es la madre.

—¿La reina?

—Creo que es la pareja del rey de guerra, sí —dijo Oykib—. Pero es algo más que eso. Todos la llaman «la madre».

—¿Qué, tienen una rata rema? —dijo Chveya—. ¿Como una abeja reina o una hormiga reina?

—Son mamíferos —le recordó Oykib—. Creo que es un título religioso. Como el de rey de sangre y el de rey de guerra. —Procuró repetir el sonido que había oído con la mente—. Emeezem.

—¿Qué es eso?

—Su nombre. Es el nombre que pronuncian. Y su título es ovovoi.

Repite el nombre —pidió Nafai—. Tengo que decirlo bien a la primera.

—Emeezem —dijo Oykib—. Aunque no lo sé con certeza.

Nafai levantó la barbilla y ladró el nombre de la reina como un pregonero en un mercado.

—¡Emeezem!

Todos los cavadores callaron. Una figura salió de la arboleda y se aproximó lentamente a Nafai.

Era una hembra, sin duda, pero lo más sorprendente era que era más velluda que la mayoría de los machos. No llevaba objetos de adorno, cuyo propósito cumplían perfectamente los dibujos grises de su vello. Su aspecto era majestuoso, pero también frágil.

—Está rogando al dios que la perdone. Ella no sabía lo que planeaban esos machos estúpidos.

—Quiero la niña —declaró Nafai.

—Lo sabe. Sus mujeres la están buscando —dijo Oykib. De pronto notó que la reina forzaba la vista—. Acerca el farol al rostro de Nafai, Chveya.

Chveya acercó el farol, y la reina se tapó la cabeza y se encorvó cayendo al suelo.

—Ahora puede morir feliz —dijo Oykib—, porque al fin ha visto tu rostro en persona.

—¿Mi rostro? —preguntó Nafai.

—Eso parece decir —respondió Oykib—. Eres tú el que tiene línea directa con el Alma Suprema. A mí me cuesta bastante entender todo esto.

—No te pongas difícil —dijo Nafai—. El Alma Suprema no oye las cosas que estás oyendo. Tu contacto con el Guardián es mejor que el del Alma Suprema.

Oykib sintió un curioso calor en el cuerpo. Orgullo y temor, una extraña mezcla. El Alma Suprema me necesita para ayudar en esto. Ése era el motivo de su orgullo. Pero su temor era mayor. Si cometo un error, aquí no hay nadie que pueda corregirme.

Emeezem se levantó del suelo.

—Ha aguardado toda su vida para verte —dijo Oykib, tratando de interpretar las imágenes que le inundaban la mente, imágenes de la infancia de la reina, de lugares oscuros y subterráneos—. Ella cree que tú la hiciste reina. Porque la aceptaste.

—¿Cuándo habré hecho yo eso?

—Cuando ella era pequeña —dijo Oykib—. No lo entiendo, pero los recuerdos de su infancia te incluyen a ti.

—El vínculo que la une a ti es increíblemente fuerte —dijo Chveya—. Más fuerte que el vínculo que la une a su esposo. Es realmente asombroso, Padre.

—Te ruega que perdones la vida de su esposo. El tampoco sabía nada sobre el secuestro. El culpable fue el hijo del rey de sangre.

Emeezem silbó y escupió una fiera orden dirigida al esposo. El se puso de pie y repitió esas palabras. Poco después un macho de pone orgulloso salió de las filas, arrojando su arma con gesto altanero. Fue a plantarse frente a Nafai, pero no se inclinó ni demostró ningún respeto.

Emeezem y el rey de guerra le impartieron órdenes, pero él no parecía dispuesto a obedecer.

La reina se volvió hacia Nafai y soltó una retahíla que parecía ser una terrible invectiva.

—Te ruega que mates a Fusum —dijo Oykib—. Es el nombre del joven… él tramó todo esto, aunque todos habían recibido órdenes de no causarnos daño alguno.

—No voy a matarle —dijo Nafai.

—Tienes que hacer algo —replicó Oykib—. Éste es el más culpable. El rey de guerra no se atrevía a tocarlo porque es el hijo del rey de sangre, y por eso te entregó a los cuatro secuestradores. Pero tú eres un dios, Nyef. Tienes que hacerle algo o… no sé. El caos. El colapso del universo. Por lo menos, algo bastante desagradable.

—Detesto esta situación —dijo Nafai—. ¿Y si lo cojo prisionero?

—¿Y lo encierras en nuestra segura prisión? — preguntó Chveya—. Menos mal que lo primero que construimos fue una cárcel.

—Prisionero no, entonces. ¿Rehén?

—Derríbalo —dijo Oykib—. Están aterrados porque titubeas.

—Sólo quiero que me devuelvan a Zhivya —dijo Nafai—. No quiero ningún cadáver.

Volemak avanzó y se plantó junto a Nafai.

—Inclínate ante mí —le dijo—. O cualquier cosa que sea un equivalente para ellos.

—Entonces ponte a cuatro patas y besa el vientre de Padre —le indicó Oykib.

—No lo dirás en serio —exclamó Nafai—. El rey de guerra no me ha demostrado su respeto así.

—El rey de guerra ofrecía su persona como un sacrificio indigno. Tú saludas a Padre como tu padre y rey.

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