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El Ruido de las Cosas al Caer

Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:

El ruido de las cosas al caer ha sido calificado como un negro balance de una época de terror y violencia, en una capital colombiana descrita como un territorio literario lleno de significaciones. El novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.
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Se decía que Ricardo fue el primero en notar que algo andaba mal. Se decía que trató de regresar a la cabina, pero debió de entender que el esfuerzo era inútil, pues nunca podría poner el Cessna en movimiento a tiempo para escapar. De manera que echó a correr por la pista hacia los bosques que la rodeaban, perseguido por dos agentes y tres pastores alemanes que acabaron por darle caza treinta metros bosque adentro.

Ya había perdido en el momento de lanzarse a correr, era evidente que ya había perdido, y por eso nadie se explicó lo que sucedió enseguida. Es posible pensar que fue por miedo, una reacción a la vulnerabilidad del momento, a los gritos amenazantes de los agentes y a sus propias armas empuñadas, o quizás por desconsuelo o por rabia o por impotencia. Desde luego, Ricardo no pudo pensar que disparar un tiro suelto lo ayudaría en algo, pero eso fue lo que hizo, echando mano de una Taurus calibre.22 que había comenzado a cargar en enero: fue un tiro suelto y solo un tiro, disparado hacia atrás sin esfuerzos por apuntar ni voluntad de herir a nadie, con tan mala suerte que la bala atravesó la mano derecha de uno de los agentes, y esa misma mano enyesada bastaría después, durante el juicio por tráfico de drogas, para agravar la pena, aunque se tratara de una primera ofensa.

Ricardo soltó la Taurus al entrar al bosque y lanzó un grito, dicen que lanzó un grito, pero los que lo oyeron no entendieron lo que dijo. Cuando lo encontraron los perros y el segundo agente, que venían un poco rezagados, Ricardo estaba tirado en un charco fresco con un tobillo roto, las manos negras de tierra, las ropas estropeadas con resina de pino y la cara desfigurada por la tristeza.

VI. Arriba, arriba, arriba

La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedemos enseguida. El desengaño viene más pronto o más tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho. Cuando llega lo recibimos sin demasiada sorpresa, pues nadie que viva lo suficiente puede sorprenderse de que su biografía haya sido moldeada por eventos lejanos, por voluntades ajenas, con poca o ninguna participación de sus propias decisiones.

Esos largos procesos que acabarán por toparse con nuestra vida -a veces para darle el empujón que necesitaba, a veces para hacer estallar en pedazos nuestros planes más espléndidos- suelen estar ocultos como corrientes subterráneas, como meticulosos desplazamientos de las capas tectónicas, y cuando por fin se da el terremoto invocamos las palabras que hemos aprendido a usar para tranquilizarnos, accidente, casualidad, a veces destino.

Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectarán, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas. Lidiar con sus efectos es todo lo que puedo hacer: reparar los daños, sacar el mayor provecho de los beneficios. Lo sabemos, lo sabemos bien; y sin embargo siempre da algo de pavor cuando alguien nos revela esa cadena que nos ha convertido en lo que somos, siempre desconcierta constatar, cuando es otra persona quien nos trae la revelación, el poco o ningún control que tenemos sobre nuestra experiencia.

Eso fue lo que me sucedió a mí en el curso de aquella segunda tarde en Las Acacias, la propiedad antiguamente conocida como Villa Elena, cuyo nombre dejó de convenirle un buen día y hubo de ser reemplazado con urgencia. Eso fue lo que me sucedió durante aquella noche de sábado en que Maya y yo estuvimos hablando de los documentos de la caja de mimbre, de cada carta y cada foto, de cada telegrama y cada factura.

La conversación me enseñó todo lo que los documentos no confesaban, o más bien organizó el contenido de los documentos, le dio un orden y un sentido y rellenó algunos de sus vacíos, aunque no todos, con las historias que Maya había heredado de su madre en los años que vivieron juntas. Y también, claro, con las historias que su madre había inventado.

«¿Inventado?», dije yo.

«Huy, sí», dijo Maya. «Empezando por papá. Ella se lo inventó entero, o mejor dicho, él fue una invención de ella. Una novela, ¿me entiende?, una novela de carne y hueso, la novela de mamá. Lo hizo por mí, claro, o para mí.»

«Quiere decir que usted no sabía la verdad», dije. «Que Elaine no se la dijo.»

«Le habrá parecido que así era mejor. Y tal vez tenía razón, Antonio. Yo no tengo hijos, no me imagino lo que es tener hijos. No sé lo que puede uno llegar a hacer por ellos. No me alcanzo a imaginar. ¿Usted tiene hijos, Antonio?»

Eso me preguntó Maya. Era la mañana del domingo, ese día que los cristianos llaman de Pascua y en el cual se celebra o se conmemora la resurrección de Jesús de Nazaret, que había sido crucificado dos días antes (más o menos a la misma hora en que yo comenzaba mi primera conversación con la hija de Ricardo Laverde) y que a partir de ahora comenzaría a aparecerse a los vivos: a su madre, a los apóstoles y a ciertas mujeres bien escogidas por sus méritos. «¿Usted tiene hijos, Antonio?» Habíamos desayunado temprano: mucho café, mucho jugo de naranjas frescas, muchas tajadas de papaya y de piña y de zapote, y una arepa con calentado que me metí a la boca demasiado caliente y me dejó una ampolla que volvía a la vida cada vez que me frotaba la lengua con los dientes.

No hacía calor todavía, pero el mundo era un lugar oloroso a vegetación, húmedo y colorido, y allí, en la mesa de la terraza, rodeados por helechos colgantes, hablando a pocos metros de un tronco en el cual crecían unas bromelias, me sentí bien, pensé que me sentaba bien ese Domingo de Pascua. «¿Usted tiene hijos, Antonio?» Pensé en Aura y en Leticia, o más bien pensé en Aura llevando a Leticia a la iglesia más cercana y enseñándole el cirio que representa la luz de Cristo. Aprovechará mi ausencia para hacerlo: a pesar de varios intentos, yo nunca pude recuperar la fe que había tenido de niño, ni mucho menos la dedicación con que en mi familia se seguían los rituales de estos días, desde la ceniza en la frente del primer día de la Cuaresma hasta la Ascensión (que yo me imaginaba en los términos de una ilustración de enciclopedia, un cuadro lleno de ángeles que nunca he vuelto a encontrar). Y nunca había querido, por lo tanto, que mi hija creciera en esa tradición que me resultaba extraña. ¿Dónde estarás, Aura?, pensé. ¿Dónde estará mi familia?

Levanté la mirada, me dejé deslumbrar por la claridad del cielo, sentí una punzada en los ojos. Maya me miraba, esperaba, no había olvidado la pregunta.

«No», dije, «no tengo. Debe ser muy raro, eso de los hijos. Tampoco me alcanzo a imaginar».

No sé por qué lo hice. Tal vez porque ya era muy tarde para hablar de esa familia que me esperaba en Bogotá, ésas son cosas que se dicen en los primeros momentos de una relación, cuando uno se presenta y entrega al otro dos o tres trozos de información para dar la ilusión de la intimidad. Uno se presenta: la palabra debe venir de allí, no de pronunciar el propio nombre y escuchar el nombre del otro y estrechar una mano, no de besar una o dos mejillas o hacer una venia, sino de esos primeros minutos en que ciertas informaciones insustanciales, ciertas generalidades sin importancia, dan al otro la sensación de que nos conoce, de que ya no somos extraños. Uno habla de su nacionalidad; uno habla de su profesión, lo que hace para ganar dinero, porque la manera de ganar dinero es elocuente, nos define, nos estructura; uno habla de su familia.

Pues bien, ese momento había pasado ya con Maya, y comenzar a hablar de mi mujer y mi hija dos días después de haber llegado a Las Acacias hubiera levantado sospechas innecesarias o requerido largas explicaciones o justificaciones imbéciles, o simplemente parecería raro, y todo al final no tendría consecuencia ninguna: Maya perdería la confianza que hasta ahora había sentido, o yo perdería el terreno ganado hasta ahora, y ella dejaría de hablar y el pasado de Ricardo Laverde sería pasado nuevamente, volvería a esconderse en la memoria de otros. Yo no podía permitírmelo. O quizás había otra razón.

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