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El Ruido de las Cosas al Caer

Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:

El ruido de las cosas al caer ha sido calificado como un negro balance de una época de terror y violencia, en una capital colombiana descrita como un territorio literario lleno de significaciones. El novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.
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Porque mantener a Aura y a Leticia alejadas de Las Acacias, alejadas de Maya Fritts y su relato y sus documentos, alejadas por lo tanto de la verdad sobre Ricardo Laverde, era proteger su pureza, o más bien evitar su contaminación, la contaminación que yo había sufrido una tarde de 1996 y cuyas causas apenas comenzaba a comprender ahora, cuya intensidad insospechada comenzaba a emerger ahora como emerge del cielo un objeto que cae. Mi vida contaminada era mía solamente, mi familia estaba a salvo todavía: a salvo de la peste de mi país, de su atribulada historia reciente: a salvo de todo aquello que me había dado caza a mí como a tantos de mi generación (y también de otras, sí, pero sobre todo de la mía, la generación que nació con los aviones, con los vuelos llenos de bolsas y las bolsas de marihuana, la generación que nació con la Guerra contra las Drogas y conoció después las consecuencias).

Este mundo que había vuelto a la vida en las palabras y los documentos de Maya Fritts podía quedarse aquí, pensé, podía quedarse en Las Acacias, podía quedarse en La Dorada, podía quedarse en el valle del Magdalena, podía quedarse a cuatro horas por tierra de Bogotá, lejos del apartamento donde mi esposa y mi hija me esperaban, quizás con algo de inquietud, sí, quizás con expresiones preocupadas en los rostros, pero puras, incontaminadas, libres de nuestra particular historia colombiana, y no sería yo un buen padre ni un buen marido si llevara esa historia hasta ellas, o si les permitiera entrar en esta historia, entrar de cualquier forma en Las Acacias y en la vida de Maya Fritts, entrar en contacto con Ricardo Laverde.

Aura había tenido la extraña fortuna de estar ausente durante los años difíciles, de haber crecido en Santo Domingo y México y Santiago de Chile: ¿no era mi obligación preservar esa fortuna, velar por que nada arruinara esa especie de exención que la azarosa vida de sus padres le había concedido? La iba a proteger, pensé, a ella y a mi niña, las estaba protegiendo. Eso era lo correcto, pensé, y lo hice con verdadera convicción, con un celo casi religioso.

«No, ¿verdad?», dijo Maya. «Es una de esas cosas que no se comparten, todo el mundo me lo ha dicho. En fin. El caso es que ella hizo eso por mí. Se inventó a papá, se lo inventó enterito.»

«¿Por ejemplo?»

«Bueno», dijo Maya, «por ejemplo su muerte».

Y así, con la luz blanca del valle del Magdalena dándome en la cara, supe del día en que Elaine o Elena Fritts le explicó a la niña lo que le había sucedido a su padre.

Durante el último año, el padre y la hija habían hablado mucho de la muerte: una tarde, Maya se había topado con el sacrificio de una vaca Holstein, y casi de inmediato comenzó a hacer preguntas. Ricardo había resuelto el asunto con cinco palabras: «Se le acabaron los años». A todos se les acababan los años, explicó: a los animales, a las personas, a todos. ¿A los armadillos?, preguntó Maya. Sí, le dijo Ricardo, a los armadillos también. ¿Al abuelo Julio?, preguntó Maya. Sí, al abuelo Julio también, le dijo Ricardo. Así que una tarde cualquiera de finales de 1976, cuando ya las preguntas de la niña sobre la ausencia de su padre comenzaban a volverse insoportables, Elena Fritts sentó a Maya en sus rodillas y le dijo:

«A papá se le acabaron los años».

«No sé por qué escogió ese momento, no sé si se cansó de esperar algo, no sé nada», me dijo Maya. «Tal vez le llegó una noticia de Estados Unidos. De los abogados o de mi papá.»

«¿No se sabe?»

«No hay cartas de esa época, mi madre las quemó todas. Lo que le digo es lo que me imagino: le llegó una noticia. De mi papá. De los abogados. Y decidió que ahí le cambiaba la vida, o que se le acababa la vida con mi papá y comenzaba otra distinta.»

Le explicó que Ricardo se había perdido en el cielo. A los pilotos les pasaba eso de vez en cuando, le explicó: era raro, pero ocurría. El cielo era muy grande y el mar era muy grande también y un avión era una cosa muy pequeña y los aviones que manejaba papá eran los más pequeños de todos, y el mundo estaba lleno de aviones como ésos, aviones pequeños y blancos que despegaban y volaban un rato sobre la tierra y luego salían a volar sobre el mar, y llegaban a estar lejos, muy lejos, lejos de todo, completamente solos, sin nadie que les diga por dónde se llega otra vez a la tierra. Y a veces pasaba algo, y se perdían. Los pilotos se desorientaban y se perdían. Se les olvidaba dónde quedaba adelante y dónde quedaba atrás, o se confundían y empezaban a volar en círculos sin saber dónde estaba atrás y dónde adelante, dónde la izquierda y dónde la derecha, hasta que el avión se quedaba sin gasolina y se caía al mar, se caía desde el cielo como una niña que se tira a una piscina. Y se hundía sin ruido ni estrépito, se hundía sin ser visto porque en esos lugares no hay vida, y allí, en el fondo del mar, a los pilotos se les acababan los años.

«¿Por qué no salen nadando?», dijo Maya. Y Elena Fritts:

«Porque el mar es muy hondo». Y Maya:

«¿Pero ahí está papá?». Y Elena Fritts:

«Sí, ahí está papá. Está en el fondo del mar. Se cayó el avión, papá se quedó dormido y se le acabaron los años».

Maya Fritts nunca cuestionó esa versión de los hechos. Ésa fue la última Navidad que pasaron en Villa Elena, la última vez que Elaine tuvo que mandar a cortar un arbusto amarillento para adornarlo con quebradizas bolas de colores que fascinaban a la niña, con renos y trineos y falsos bastones de azúcar capaces de doblar las ramas con su peso.

En enero de 1977 pasaron varias cosas: a Elaine le llegó una carta de sus abuelos contando que por primera vez en la historia había nevado en Miami; el presidente Jimmy Cárter perdonó a los evasores de Vietnam; y Mike Barbieri -a quien Elaine siempre había considerado en secreto parte de esos evasores- apareció muerto de un tiro en la nuca en el río La Miel, el cuerpo desnudo tirado boca abajo en la ribera, el agua de la corriente jugando con el pelo largo, la barba mojada y enrojecida por la sangre.

Los campesinos que lo encontraron buscaron a Elaine incluso antes de buscar a las autoridades: ella era la otra gringa de la región. Elaine tuvo que estar presente en las primeras diligencias judiciales, tuvo que ir a un juzgado municipal de ventanas abiertas y ventiladores que desordenaban los expedientes para decir que sí, lo conocía, y que no, no sabía quién había podido matarlo. Al día siguiente empacó el Nissan con todo lo que cupo, la ropa suya y la de la niña, las maletas llenas de dinero y un armadillo con el nombre de un gringo asesinado, y se fue a Bogotá.

«Doce años, Antonio», me dijo Maya Fritts. «Doce años viví con mi madre, las dos solas, prácticamente escondidas. No sólo me quitó a papá, también a mis abuelos. No volvimos a verlos. Ellos sólo vinieron de visita un par de veces, y siempre la cosa acabó en pelea, yo no entendía por qué. Pero venían otras personas. Era un apartamento pequeñito, quedaba en La Perseverancia. Venía mucha gente a visitarnos, la casa siempre estaba llena de gringos, gente de los Peace Corps, gente de la Embajada. ¿Que si mamá hablaba con ellos de la droga, de lo que estaba pasando con la droga? No sé, no hubiera podido enterarme de algo así. Es perfectamente posible que hablaran de cocaína. O de los voluntarios que habían enseñado a los campesinos a tratar la pasta igual que les habían enseñado antes las técnicas para cultivar mejor la marihuana. Pero el negocio todavía no era lo que fue después. ¿Cómo me hubiera enterado yo? Un niño no se da cuenta de estas cosas.»

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