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El Ruido de las Cosas al Caer

Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:

El ruido de las cosas al caer ha sido calificado como un negro balance de una época de terror y violencia, en una capital colombiana descrita como un territorio literario lleno de significaciones. El novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.
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«¿De qué?»

«Del miedo. O mejor, de que esta cosa que me daba en el estómago, los mareos de vez en cuando, la irritación, no eran los síntomas típicos del primíparo, sino puro miedo. Y mamá también tenía miedo, claro, tal vez hasta más que yo. Y luego vino lo demás, los otros atentados, las otras bombas. Que si la del DAS con sus cien muertos. Que si la del centro comercial equis con sus quince. Que si la del centro comercial zeta con los que fuera. Una época especial, ¿no? No saber cuándo le va a tocar a uno. Preocuparse si alguien que tenía que llegar no llega. Saber dónde está el teléfono público más cercano para avisar que uno está bien. Si no hay teléfonos públicos, saber que en cualquier casa le prestan a uno el teléfono, que uno no tiene sino que llamar a la puerta. Vivir así, pendiente de la posibilidad de que se nos hayan muerto los otros, pendiente de tranquilizar a los otros para que no crean que uno está entre los muertos. Vivíamos en casas particulares, ¿se acuerda? Evitábamos los lugares públicos. Casas de amigos, de amigos de amigos, casas de conocidos remotos, cualquier casa era preferible a un lugar público. Bueno, no sé si entiende lo que le estoy diciendo. Igual en nuestra casa se vivió de otra manera. Éramos dos mujeres, qué quiere que le diga. Igual para usted no fue así.»

«Fue exactamente así», dije.

Ella giró la cabeza para mirarme. «¿Cierto?»

«Cierto.»

«Entonces usted me entiende», dijo Maya.

Y yo le dije unas palabras cuyo alcance no alcancé a determinar:

«Le entiendo perfectamente».

El paisaje se repitió a nuestro alrededor, la sabana verde y las montañas al fondo, grises como en un cuadro de Ariza. Mi brazo se alargó sobre el espaldar del asiento, que en estos modelos es grueso y no se interrumpe, de manera que uno se siente como en una visita de enamorados.

Con los cambios del viento y los bamboleos del Nissan, a veces el pelo de Maya me rozaba la mano, rozaba la piel de mi mano, y el roce me gustó y lo busqué de ahí en adelante.

Abandonamos la recta de las haciendas ganaderas con sus abrevaderos con techo y sus ejércitos de vacas recostadas a los troncos de las acacias. Pasamos por el río Negrito, una corriente de aguas oscuras y riberas sucias en la cual destellaban nubes de espuma, los restos de la contaminación acumulada por pueblos y pueblos donde se vacían los desperdicios en las mismas aguas en que se lava la ropa.

Al llegar al peaje y detenerse el Nissan, la ausencia repentina del aire circulante elevó la temperatura de la cabina, y sentí -en las axilas, pero también en la nariz y debajo de los ojos- que empezaba a sudar. Y fue al arrancar de nuevo, al acercarnos a otro puente sobre el Magdalena, que Maya empezó a contarme de su madre, de lo que pasó con su madre a finales de 1989.

Yo miraba el río más allá de las barandas amarillas del puente, miraba las islitas arenosas que pronto, cuando llegara la temporada de lluvias, quedarían cubiertas por el agua marrón, y mientras tanto Maya me hablaba de la tarde en que llegó de la facultad y encontró a Elena Fritts en el baño, casi dormida de la borrachera y aferrada a la taza del inodoro como si la taza fuera a marcharse en cualquier momento. «Mi niña», le decía a Maya, «llegó mi niña. Mi niña ya es grande. Mi niña es una niña grande».

Maya la levantó como pudo y la llevó a la cama y se quedó con ella, viéndola dormir y tocándole la frente de vez en cuando; le hizo un agua aromática a las dos de la mañana; le puso una botella de agua junto a la mesa de noche y le trajo dos mejórales para que se le pasara el dolor de cabeza; y al final de la noche la escuchó decir que no podía más, que lo había intentado y no podía más, que Maya era ya una mujer adulta y podía tomar sus propias decisiones así como ella había tomado la suya. Y seis días después se subía a un avión y regresaba a la casa de Jacksonville, Florida, Estados Unidos, la misma casa de la cual había salido veinte años atrás con una sola idea en la cabeza: ser voluntaria de los Cuerpos de Paz en Colombia. Tener una experiencia enriquecedora, dejar su huella, poner su granito de arena. Todas esas cosas.

«Le cambiaron el país», dijo Maya. «Ella llegó a un sitio y veinte años después ya no lo reconocía. Hay una carta que siempre me ha fascinado, es de finales del 69, una de las primeras. Dice mi madre que Bogotá es una ciudad aburrida. Que no sabe si pueda vivir mucho tiempo en un sitio donde nunca pasa nada.»

«Donde nunca pasa nada.»

«Sí», dijo Maya. «Donde nunca pasa nada.»

«Jacksonville», dije yo. «¿Dónde queda eso?»

«Arriba de Miami, muy arriba. Yo sé porque la he visto en mapas, no porque haya ido. Yo ni conozco Estados Unidos.»

«¿Por qué no se quiso ir con ella?»

«No sé, yo tenía dieciocho años», me dijo Maya. «A esa edad la vida es nueva, uno acaba de descubrirla. No quería separarme de mis amigos, había comenzado a salir con alguien… Curioso, porque se fue mamá y ahí mismo me di cuenta de que Bogotá no era para mí. Una cosa llevó a la otra, como se dice en las películas, y aquí me tiene, Antonio. Aquí me tiene. Veintiocho años, solterita y a la orden, las partes del cuerpo bien puestas todavía, y viviendo sola con mis abejas. Aquí me tiene. Muerta del calor y llevando a un desconocido a ver el zoológico de un mafioso muerto.»

«Un desconocido», repetí.

Maya se encogió de hombros y dijo algo que no quería decir nada: «Bueno, no, pero en fin.»

Cuando llegamos a la Hacienda Nápoles el cielo había comenzado a nublarse y un bochorno molesto apareció en el aire. Pronto llovería. El nombre de la propiedad aparecía pintado en letras descascaradas sobre el portal blanco de dimensiones innecesarias -una tractomula habría podido pasar por allí-, y sobre el travesaño, en delicado equilibrio, estaba una avioneta pequeña, blanca y azul como el portaclass="underline" era la Piper que Escobar usó durante sus primeros años y a la cual, solía decir, debía su riqueza. Pasar por debajo de esa avioneta, leer la matrícula inscrita en la parte inferior de las alas, fue como entrar en un mundo sin tiempo. Y sin embargo, el tiempo estaba presente. Para ser más precisos: había hecho estragos. Desde 1993, cuando Escobar fue muerto a tiros sobre un tejado de Medellín, la propiedad había entrado en una decadencia vertiginosa, y eso, sobre todo, fue lo que vimos Maya y yo mientras el Nissan avanzaba por el sendero pavimentado entre campos sembrados con limoneros. No había ganado pastando en esos prados, lo cual, entre otras cosas, explicaba que el pasto estuviera tan crecido. La maleza devoraba las estacas de madera. En eso me estaba fijando, en las estacas de madera, cuando vi los primeros dinosaurios.

Eran lo que más me había gustado en mi primera y remota visita. Escobar los había mandado construir para los niños, un tiranosaurio y un brontosaurio de tamaño natural, un mamut de apariencia bonachona (gris y barbudo como un abuelo cansado) y hasta un pterodáctilo que flotaba sobre el agua del estanque con una anacrónica serpiente entre las garras. Ahora los cuerpos se caían a pedazos, y había algo muy triste y acaso impúdico en la visión de las estructuras de cemento y hierro que iban quedando al aire. El estanque mismo se había convertido en un charco sin vida, o por lo menos así se veía desde el sendero.

Después de dejar el Nissan en una explanada de tierra descuidada, frente a una cerca de alambres que en otro tiempo pudieron estar electrificados, Maya y yo comenzamos a caminar por los mismos lugares que habíamos recorrido en carro años atrás, siendo niños o casi adolescentes que todavía no comprendían muy bien a qué se dedicaba el dueño de todo esto ni por qué sus padres les prohibían una diversión tan inocente.

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