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El Ruido de las Cosas al Caer

Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:

El ruido de las cosas al caer ha sido calificado como un negro balance de una época de terror y violencia, en una capital colombiana descrita como un territorio literario lleno de significaciones. El novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.
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«Mi montura preferida. Este modelo ya no lo hacen, Elena Fritts, esa criatura va a ser una reliquia antes de que nos demos cuenta».

Le habló también de la soledad que sentía cuando estaba en el aire, y de lo distinto que era un avión lleno de carga de un avión vacío: «El aire se enfría, hay más ruido, uno se siente más solo. Aunque haya alguien. Sí, aunque haya alguien». Le habló de lo inmenso que es el Caribe y del miedo que da perderse, el miedo que da la mera idea de perderse en una cosa tan grande como el mar, incluso a alguien que, como él. no se pierde jamás. Le habló de la desviación que debía tomar al acercarse a Cuba -«Para que no me tumben a bala pensando que soy gringo», dijo-, y de lo familiar, lo curiosamente familiar, que le resultaba todo a partir de ahí, como si regresara a su casa en lugar de estar a punto de aterrizar en Nassau.

«¿En Nassau?», dijo Elaine. «¿En las Bahamas?»

Sí, dijo Ricardo, la única Nassau que hay, y siguió diciendo que allí, en el aeropuerto, ante los controladores que veían sin ver (su visión y su memoria convenientemente modificadas por unos cuantos miles de dólares), lo esperaba una pickup Chevrolet del color de las aceitunas y un gringo fortachón, igualito a Joe Frazier, que lo llevaba a un hotel donde el único lujo era la ausencia de preguntas.

La llegada ocurría invariablemente los viernes. Después de pasar dos noches allí -dos noches cuya función era no levantar sospechas, convertir a Ricardo en un millonario más que llega a pasar el fin de semana con amigos o amantes-, después de dos noches de vivir encerrado en un hotel sin gracia, tomando ron y comiendo arroces con pescado, Ricardo volvía al aeropuerto, volvía a admirarse de la ceguera de los controladores, pedía permiso para despegar hacia Miami como cualquier millonario que regresa a casa con su amante, y en minutos estaba en el aire, pero no en dirección a Miami, sino dando un rodeo y entrando por las playas de Beaufort y sobrevolando un diseño de ríos dispersos como las venas en un diagrama de anatomía.

Después era cuestión de cambiar la carga por los dólares y volver a salir y tomar rumbo al sur, rumbo a la costa Caribe de Colombia, rumbo a Barranquilla y las aguas grises de Bocas de Ceniza y la serpiente marrón que se mueve sobre el fondo verde, rumbo al pueblo del interior, ese pueblo puesto allí, entre dos cordilleras, puesto en el amplio valle como un dado que se le ha caído al jugador, ese pueblo de clima insoportable donde el aire caliente le quema a uno las narices, donde los bichos son capaces de romper un mosquitero a mordiscos, y adonde Ricardo llega con el corazón en la mano, porque en ese pueblo lo esperan las dos personas que más quiere en el mundo.

«Pero las dos personas no están en ese pueblo», dijo Elaine. «Están aquí, en Bogotá.»

«Pero no por mucho tiempo.»

«Están francamente muertas de frío. Están en una casa que no es la suya.»

«Pero no por mucho tiempo», dijo Ricardo.

Cuatro días después llegó a recogerlas. Aparcó el Nissan en frente de la verja y del murito de ladrillo, se bajó de prisa como si estuviera interrumpiendo el tráfico y abrió para Elaine la puerta del campero. Ella, que llevaba a Maya envuelta en pañolones blancos y con la cara cubierta para que no le entrara un viento, pasó de largo.

«No, adelante no», dijo. «Las mujeres vamos atrás.»

Y así, sentada en uno de los asientos replegables con la niña en brazos y los pies apoyados en el otro asiento, mirando a Ricardo desde atrás (los vellos de su nuca, debajo de la línea del pelo bien cortado, eran como las patas triangulares de una mesa), recorrió el camino a La Dorada.

Sólo se detuvieron una vez, a medio camino, en un restaurante de carretera donde tres mesas vacías los miraban desde una terraza de cemento pulido. Elaine entró a un baño y se encontró con un óvalo abierto en el suelo y dos huellas que le señalaban dónde poner los pies; orinó acuclillada, agarrándose la falda con ambas manos y sintiendo el olor de su propia orina; y allí se dio cuenta, no sin cierto sobresalto, de que era la primera vez desde el parto que no había más mujeres alrededor. Estaba sola en un mundo de hombres, Maya y ella estaban solas, y nunca antes lo había pensado, llevaba más de dos años en Colombia y no lo había pensado nunca.

Cuando bajaron al valle del Magdalena y estalló el calor, Ricardo abrió ambas ventanas y la conversación dejó de ser posible, así que fue en silencio que recorrieron la recta hacia La Dorada. Aparecieron las llanuras a ambos lados, los farallones como hipopótamos acostados, las vacas pastando, los gallinazos trazando círculos en el aire y viendo y oliendo algo que Elaine no olía ni veía. Sintió que una gota de sudor, luego otra, le bajaban por el flanco y morían en su cintura todavía gruesa; Maya también había comenzado a sudar, así que le quitó las mantas y acarició con un dedo los muslos rollizos, los pliegues de la carne pálida, y se quedó un instante mirando esos ojos grises que no la miraban, o bien que miraban todo con la misma desatención alarmada.

Cuando levantó la vista de nuevo vio un paisaje que no reconoció. ¿Habían pasado la entrada al pueblo sin que se diera cuenta? ¿Tenía que hacer algo Ricardo antes de llegar a casa? Lo llamó desde atrás: «¿Dónde estamos, qué pasa?». Pero él no le contestó, o el ruido no permitió que escuchara la pregunta.

Habían abandonado la carretera principal y ahora se internaban entre los pastizales, siguiendo una trocha abierta por el paso mismo de los carros, metiéndose entre árboles que no dejaban pasar la luz, bordeando un terreno marcado por cercas: estacas de madera -algunas tan inclinadas que casi tocaban el suelo-, alambres de púas que, cuando estaban templados, servían de percha a pájaros de colores. «¿A dónde vamos?», dijo Elaine, «la niña tiene calor, quiero darle un baño».

Entonces el Nissan se detuvo y, en ausencia del viento, se sintió en la cabina el golpe inmediato del trópico.

«¿Ricardo?», dijo ella.

Él se bajó sin mirarla, le dio la vuelta al campero, le abrió la puerta. «Baja», le dijo.

«¿Para qué? ¿Dónde estamos, Ricardo? Yo tengo que llegar a casa, tengo sed. la niña también.»

«Baja un segundo.»

«Y tengo ganas de hacer pipí.»

«No nos demoramos», dijo él. «Baja, por favor.»

Ella obedeció. Ricardo le alargó la mano, pero entonces se dio cuenta de que Elaine tenía las manos ocupadas. Entonces le puso la mano en la espalda (Elaine sintió el sudor que le mojaba ya la camisa) y la condujo al borde de la trocha, donde la cerca se convertía en un marco de madera, un cuadrado hecho de troncos finos que hacía las veces de puerta. Con gran dificultad Ricardo levantó la estructura para hacerla girar.

«Entra», le dijo a Elaine.

«¿A dónde?», preguntó ella. «¿A este potrero?»

«No es un potrero, es una casa. Es nuestra casa. Lo que pasa es que no la hemos construido todavía.» «No entiendo.»

«Son seis hectáreas, hay salida al río. Pagué la mitad ya y la otra mitad se paga en seis meses. Comenzamos a construir cuando tú sepas.»

«¿Cuando sepa qué?»

«Cómo quieres que sea tu casa.»

Elaine trató de mirar tan lejos como pudiera y se dio cuenta de que sólo la sombra gris de la cordillera le cortaba la vista. El terreno, su terreno, estaba ligeramente inclinado, y allá, detrás de los árboles, comenzaba a bajar como una colina hacia el valle abierto, hacia la ribera del Magdalena.

«No puede ser», dijo. Sintió calor en la frente y en las mejillas y supo que un rubor le había subido a la cara. Vio el cielo sin nubes. Cerró los ojos, respiró hondo; sintió, o creyó sentir, un soplo de viento en la cara. Se acercó a Ricardo y lo besó. Brevemente, porque Maya había comenzado a llorar.

La nueva casa tenía paredes blancas como el cielo del mediodía y una terraza de suelo liso y baldosines claros, tan limpios que uno podía ver una fila de hormigas bordeando la pared.

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