El Ruido de las Cosas al Caer
- Автор: Vásquez Juan Gabriel
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:
«¿Y ha vuelto desde esa época? Porque yo no, no he vuelto nunca. El sitio está que se cae a pedazos, por lo que sé. Pero podemos ir de todas formas, ver qué hay, ver de qué nos acordamos. ¿Le suena la idea?»
Pronto estábamos avanzando por la vía a Medellín a la hora de más calor, moviéndonos por la cinta de asfalto igual que lo habían hecho Ricardo Laverde y Elena Fritts veintinueve años atrás, y haciéndolo, además, en el mismo Nissan color hueso en que lo habían hecho ellos. En un país donde es corriente encontrar en las calles modelos de los años sesenta -un Renault 4, un Fiat aquí y allá, camiones Chevrolet que pueden ser incluso quince años más viejos-, la supervivencia del campero no era ni milagrosa ni extraordinaria, como éste se veían cientos en las calles. Pero cualquiera puede ver que aquél no era cualquier campero Nissan, sino el primer gran regalo que Ricardo Laverde le había hecho a su mujer con el dinero de los vuelos, el dinero de la marihuana. Veintinueve años antes ellos dos habían recorrido el valle del Magdalena como ahora lo hacíamos nosotros, se habían besado en este asiento, en esta cabina habían hablado de tener hijos. Y ahora su hija y yo ocupábamos los mismos lugares y acaso sentíamos el mismo calor húmedo y el mismo alivio al acelerar y dejar que el aire circulara por el vehículo, así tuviéramos que levantar la voz para entendernos. Era levantar la voz o morirnos de calor con las ventanas cerradas, y preferimos lo primero.
«Todavía existe este campero», dije en ese tono esforzado, parecido al de un actor en un teatro demasiado grande.
«Cómo le parece», dijo Maya. Luego levantó una mano y señaló el cielo. «Mire, los aviones militares.»
Me llegó el ruido de los aviones que pasaban sobre nuestras cabezas, pero al asomarme para verlos me encontré solamente con una bandada de gallinazos que volaban en círculos sobre el fondo del cielo. «Yo trato de no pensar en papá cuando los veo», dijo Maya, «pero no puedo». Otra formación volvió a pasar, y esta vez sí que alcancé a verlos: las sombras grises cruzando el cielo, las propulsiones sacudiendo el aire.
«Él quería ser heredero de eso», dijo Maya. «El nieto del héroe.»
La vía se llenó de repente de muchachitos uniformados y armados con fusiles que les colgaban sobre el pecho como animales dormidos. Antes de entrar al puente sobre el Magdalena reducimos tanto la velocidad y pasamos tan cerca de los militares que el espejo lateral del campero casi rozaba el cañón de los fusiles. Eran niños, niños sudorosos y asustados cuya misión, la vigilancia de la base militar, parecía a todas luces quedarles tan grande como sus cascos y sus uniformes y aquellas botas de cuero rígido demasiado cerradas para este trópico cruel.
Al pasar junto a la valla que rodeaba la base, una estructura cubierta de una tela verde y coronada por un intrincado laberinto de alambre de púas, vi un letrero de fondo verde y letras blancas, Prohibido tomar fotografías, y uno más de letras negras sobre fondo blanco: Derechos humanos, responsabilidad de todos. Del otro lado de la valla se alcanzaba a ver una carretera pavimentada por donde circulaban camiones militares; más allá, expuesto como una reliquia en un museo, un Canadair Sabré hacía equilibrio sobre una suerte de pedestal. En mi memoria está asociada la imagen de ese avión, que tanto gustaba a Ricardo Laverde, con la pregunta de Maya: «¿Dónde estaba usted cuando mataron a Lara Bonilla?».
La gente de mi generación hace estas cosas: nos preguntamos cómo eran nuestras vidas al momento de aquellos sucesos, casi todos ocurridos durante los años ochenta, que las definieron o las desviaron sin que pudiéramos siquiera darnos cuenta de lo que nos estaba sucediendo. Siempre he creído que así, comprobando que no estamos solos, neutralizamos las consecuencias de haber crecido durante esa década, o paliamos la sensación de vulnerabilidad que siempre nos ha acompañado. Y esas conversaciones suelen comenzar con Lara Bonilla, ministro de Justicia.
Había sido el primer enemigo público del narcotráfico, y el más poderoso entre los legales; la modalidad del sicario en moto, por la cual un adolescente se acerca al carro donde viaja la víctima y le vacía una Mini Uzi sin siquiera reducir la velocidad, comenzó con su asesinato.
«Estaba en mi cuarto, haciendo una tarea de Química», dije. «¿Usted?»
«Yo estaba enferma», dijo Maya. «Apendicitis, imagínese, me acababan de operar.»
«¿Eso les da a los niños?»
«Una crueldad, pero sí. Y me acuerdo del revuelo en la clínica, las enfermeras entrando y saliendo, era como estar en una película de guerra. Porque habían matado a Lara Bonilla y todo el mundo sabía quién había sido, pero nadie sabía que eso podía pasar.»
«Era algo nuevo», dije. «Me acuerdo de mi papá en el comedor. Las manos en la cabeza, los codos sobre la mesa. No comió nada. Tampoco dijo nada. Era algo nuevo.»
«Sí, ese día nos acostamos cambiados», dijo Maya. «Un país distinto, ¿no? Por lo menos yo lo recuerdo así, mamá tenía miedo, yo la veía y le veía el miedo. Claro, ella sabía un montón de cosas que yo no.» Maya se quedó callada un instante.
«¿Y cuando Galán?»
«Eso fue por la noche. Era un viernes de mitad de año. Estaba… Bueno, estaba con una amiga.»
«Ah, muy bonito», dijo Maya con una sonrisa ladeada. «Usted pasándola bueno mientras el país se desmorona. ¿Estaba en Bogotá?»
«Sí.»
«¿Y era su novia?»
«No. Bueno, iba a ser. O eso creía yo.»
«Huy, un amor fallido», se rió Maya.
«Por lo menos pasamos la noche juntos. Aunque fuera por obligación.»
«Los amantes del toque de queda», dijo Maya. «Buen título, ¿no cree?»
Me gustó verla así, repentinamente alegre, me gustaron las líneas apenas perceptibles que se formaban en sus ojos cuando sonreía. Delante de nosotros había aparecido un camión cargado de tanques de leche, grandes cilindros metálicos como bombas sin estallar sobre los cuales iban acaballados tres adolescentes de torso desnudo. Vernos les causó una risa inexplicable. Saludaron a Maya, le mandaron besos con la mano, y ella metió segunda y cambió de carril para pasarlos. Al hacerlo les devolvió el beso. Fue un acto burlón y lúdico, pero hubo algo en sus labios cerrándose de manera histriónica (y en el ademán entero de estrella de cine) que llenó el momento de una sensualidad inesperada, o por lo menos así me lo pareció.
A mi lado de la carretera, en una especie de pantano que se abría entre los matorrales, se bañaban dos búfalos de agua, sus cueros mojados destellando bajo el sol, sus melenas pegadas a la cara.
«¿Y el día del avión de Avianca?», dije yo entonces.
«Ah, el famoso avión», dijo Maya. «Ahí sí que se acabó de joder todo.»
Muerto el candidato Galán, sus banderas políticas, y entre ellas la lucha contra el narcotráfico, fueron heredadas por un jovencísimo político de provincias: César Gaviria. En su intento por sacar del cuadro a Gaviria, Pablo Escobar hizo poner una bomba en un vuelo civil que cubriría -que hubiera cubierto- la ruta Bogotá Cali. Gaviria, sin embargo, ni siquiera llegó a subir.
La bomba estalló poco después del despegue, y los restos del avión desintegrado -incluidos tres pasajeros que al parecer no mató la bomba, sino el impacto – cayeron sobre Soacha, el mismo lugar donde había caído, abaleado en su tarima de madera, el candidato Galán. Pero no creo que esta casualidad signifique nada.
«Ahí supimos», dijo Maya, «que la guerra también era contra nosotros. O lo confirmamos, por lo menos. Más allá de toda duda.
Hubo otras bombas en lugares públicos, claro, pero nos parecían accidentes, no sé si a usted le haya pasado igual. Bueno, tampoco estoy segura de que accidentes sea la palabra correcta. Cosas que les pasan a los que tienen mala suerte. Lo del avión fue distinto. Era en el fondo lo mismo, pero por alguna razón me pareció distinto, a muchos nos pareció distinto, como si cambiaran las reglas del juego. Yo había entrado a la universidad ese año. Agronomía, iba a estudiar Agronomía, supongo que ya tenía claro lo de recuperar la casa de La Dorada. El hecho es que comencé la universidad. Y me tomó todo el año darme cuenta».