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Tiempo de fuego [Fire Time - es]

Электронная книга - «Tiempo de fuego [Fire Time - es]». Краткое содержание книги:

Anu, la gigante roja, también llamada la Estrella Cruel, El Merodeador, el Sol Demonio, El Vagabundo...se estaba aproximando a Isthar. Como cada mil años, abrasaría la tierra, secaría los ríos, agostaría los cultivos, y mataría.
La parte norte del planeta siempre era la más afectada. Sus habitantes, los bárbaros tassui, habían decidido no volver a ser las víctimas del Tiempo de Fuego y en consecuencia se lanzaron a la conquista de mejores territorios, amenazando acabar con la civilización.
Los miembros de la Asociación y sus legiones pidieron ayuda a los habitantes terrestres de la ciudad de Primavera. Pero la Federación Terrestre tenía su propia guerra en otro lugar y les prohibió que actuarán.
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XVII

Port Rua era un conjunto de barracones legionarios y sus edificios anejos, tales como tiendas, establecimientos de artesanos, tabernas, casas de habitantes permanentes…, todo apilado en calles estrechas y rectas para que una muralla pudiera encerrarlo. En el exterior se extendía una gran cantidad de tiendas y refugios para que la población flotante pudiera permanecer allí, a menos de que fueran atacados. Más lejos se extendían las granjas y los campos de pasto que ayudaban a nutrir a la ciudad. Pero la mayoría de ellos estaban desiertos. Los incursores tassui habían expoliado algunos. Las columnas legionarias hacían salidas al norte y al oeste, tanto para conseguir alimento y caza, como para hostigar a sus enemigos. Desde la cima de aquella montaña donde esperaba con sus guerreros, Arnanak apenas divisaba el asentamiento. Más claramente se destacaba la silueta del río Esali a través del valle marrón tostado hasta que se vertía en la Bahía de Rua, y la gran ensenada al Mar de Ehur. Su telescopio encontró botes que intentaban pescar… sin aventurarse demasiado lejos, para que un buque de guerra nativo no pudiera capturarlos, y los mástiles de buques amarrados al muelle, constituían línea de abastecimientos y de escape para la Zera Victrix.

El cielo parecía blanco matizado sobre los dos soles.

Aunque el viento no los agitaba, la sequedad hacía que sus pellejos y melenas crujieran al menor movimiento. Arnanak y sus sesenta y cuatro machos no llevaban nada más que escudos y armas, cuyas partes metálicas no tocaban, y aún así se sentían consumidos. ¿Qué habría sido de ellos si hubieran tenido que estar completamente armados?

Habían llegado hasta allí a trote corto, levantando porciones de lías muertas y con su estandarte aleteando lentamente. Y también en orden de batalla, las escuadras divididas en grupos: tres soldados de choque provistos de pesadas cotas de malla con un porteador para cargar sus utensilios; cuatro arqueros, cada uno acompañado de su portador de flechas, que llevaban un gran escudo para cubrirse ambos; ocho soldados ligeros, hábiles exploradores o feroces combatientes cuerpo a cuerpo, si se necesitaba; y un trío de catapultas, cada una atendida por un portador, un disparador y un cargador. Esto dejaba el mando a un solo macho, siempre que el número de individuos no fuera excedido.

En aquella ocasión lo había sido, pero Arnanak no estaba enojado. Ya que el miembro extra… ¡Era un humano!

Vestida de blanco, su cabeza se destacaba contra el cielo, como una visión misteriosa. El descontento se extendía entre los tassui, que murmuraban.

—¡Conteneos! —les dijo Arnanak—. Esta es la criatura que yo estaba esperando. Recordad, tales criaturas son mortales. ¿No tengo cautiva a una de ellas?

El recién llegado era más alto y voluminoso que Jill Conway, sin duda un macho. Arnanak se preguntó si una herramienta de muerte no se ocultaría allí entre sus flotantes vestiduras, para destruir a todo su grupo de un disparo. Decidió que no. ¿Cómo podría saber entonces el macho dónde estaba escondida la hembra? No, tenía que haber llegado poco antes en un volador. Anteriormente, el comandante de la Zera había liberado a un par de prisioneros tassui con el mensaje de que quería negociar un acuerdo. Arnanak salió de Ulu ese día, enviando un correo por delante para fijar el lugar y los términos del encuentro. Acababa de llegar y de montar el campamento. Así que no había podido tener información sobre el recién llegado.

Los legionarios se detuvieron a la distancia de dos tiros de lanza. Su estandarte se inclinó tres veces, en signo de paz. Arnanak por su parte tiró la espada al suelo. Los dos líderes avanzaron.

Asombrado, vio que era nada menos que Larreka. Todos lo conocían como el viejo Una Oreja. Arnanak lo había visto varias veces, en sus visitas a Port Rua antes del inicio de la guerra. Así que estaba de vuelta del Sur Sobre el Mar y que arriesgaba su vida en la buena fe de sus enemigos. ¿Por qué no?, decidió el tassui. Yo estoy aquí en persona, y bien puedo ser la clave de la fuerza de mi pueblo más que él del suyo.

—Saludos, poderoso —dijo Larreka en lengua vulgar. Pero no añadió los acostumbrados deseos de suerte.

Arnanak devolvió el saludo en sehalano.

—Que el honor y la felicidad sean tuyos, Comandante, y la camaradería entre nosotros.

Larreka permaneció de pie, quieto, midiendo con sus ojos azul pálido los verdes del otro. Avanzó y ofreció su mano izquierda. Se produjo el apretón de los iniciados en la Tríada, seguido de ciertas frases.

—¿Dónde serviste? —preguntó Larreka.

—Tamburu Strider. Cuerpo de Ingenieros de Combate, la mayor parte del tiempo en las Islas Iren. Pero de eso ya hace mucho.

—Sí, puede ser… Eres el Señor de Ulu, ¿no? Los dioses saben lo que he oído de tí. Y nos hemos encontrado antes. No parece que me reconocieras entonces, con mi casco. Pero yo te reconocería hasta en la Oscuridad Final. Tú te llevaste el humano de mi barco. Yo hice tirar su caja de raciones al tuyo.

Los corazones de Arnanak se detuvieron. ¿Era un capricho, del Sol o de Ascua, o del Merodeador que parecía una fatalidad… o que no significaba nada?

Ya que Larreka permanecía tranquilo. El regresó a su propósito inicial.

—Entonces estaría bien que nos reuniésemos de nuevo, quizás. Disfrutemos de un día de paz, y que tu gente confraternice con la mía. Hemos traído cerveza en señal de hospitalidad.

—Tú y yo y ese humano tenemos trabajo que hacer.

—De acuerdo.

Los guerreros prestaron juramento uno a uno, rompieron la formación, se desarmaron y se mezclaron, los sureños con más prevención que los del norte. En sehalano, Arnanak reconoció la presentación que Larreka hizo de Ian Sparling (y los condujo a su refugio. Una tienda regular, aunque dos de sus lados estaban abiertos al objeto de dejar pasar el aire y facilitar la respiración; situada en un espacio donde crecían hojaespadas azul claro, mecidas por los fuertes vientos, sobrevivían mejor el Tiempo de Fuego que la mayoría de plantas que alimentaban a los mortales.

Bajo la tienda había sombra, alfombras sobre las que descansar, y bolsas de agua. Los ishtarianos se tendieron. El humano se sentó erguido, rodeándose las rodillas con los brazos. Su rostro estaba ojeroso.

—Aquella de tu clase que se nombra a sí misma como Jill Conway está bien —le dijo Arnanak—. No ha sufrido daño, ni pienso hacérselo.

—Eso… es bueno de escuchar —contestó Ian Sparling.

—La apresamos cuando se nos presentó la ocasión, tanto para conseguir una reunión de esta clase como por alguna otra razón. Por nuestra parte, siempre estamos dispuestos a hacer la paz. Pero nadie nos ha hecho ninguna oferta…

—No hemos recibido ninguna proposición. —Le interrumpió Larreka en un tono tan seco como la tierra sobre la que estaban—. Salvo decirnos que las legiones tenían que marcharse y no volver.

—Este es nuestro país —afirmó Arnanak para que el humano lo oyera.

—No todo él —replicó Larreka—. Nuestros asentamientos han estado aquí durante octadas, comprados a sus propietarios, gustosos de la bienvenida a los civilizados comerciantes. Desde entonces, hemos tenido que perseguir a menudo el bandolerismo. ¿Pero quién de tu horda de bárbaros puede reclamar nuestras ciudades?

Arnanak se dirigió a Ian Sparling.

—Nos gustaría poder reunimos con los de tu clase y tratar con ellos. Nunca nos habéis abierto una puerta.

—Hemos enviado exploradores ocasionales aquí. —Dijo el humano.

Habiendo hablado de una gran reunión con Jill Conway, Arnanak prescindió de la suavidad de su tono.

—Pero esto fue antes de que hubiese el propósito de un liderazgo entre sus habitantes. Últimamente hemos tenido problemas.

—Bueno, yo he venido aquí para lograr su liberación. Si realmente deseas la amistad de sus amigos, debes traérmela cuanto antes.

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